Las deudas públicas encienden una alarma global

La venta masiva de bonos públicos está encendiendo una alarma en los mercados. Las tasas de interés a 30 años alcanzaron máximos de las últimas dos décadas en varias economías, entre ellas Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Japón y Francia. No es un fenómeno aislado: refleja una preocupación creciente por el endeudamiento de los gobiernos y su capacidad para corregirlo.
La suba de tasas encarece el financiamiento público, agrava los desequilibrios fiscales y desalienta la inversión. Así se configura un círculo vicioso: una deuda mayor exige más pagos de intereses, mientras el menor crecimiento dificulta sostenerla. Los inversores temen que, ante la falta de reformas, los gobiernos recurran a la inflación, las devaluaciones o las reestructuraciones para reducir el valor de sus obligaciones. Más aun, la suba de tasas eleva las tasas de descuento que se utilizan para valuar activos, por lo que puede terminar afectando los precios de las acciones y de las propiedades. Sin embargo, existen pocas alternativas para diversificar los riesgos.
La deuda pública mundial ronda los 115 billones de dólares, equivalentes al 95,3% del PBI global, y se estima que superará el 100% hacia 2030. Más que su magnitud, preocupa su trayectoria. El fenómeno es generalizado, aunque las economías avanzadas están más endeudadas que las emergentes. Japón encabeza la lista, con una deuda equivalente al 235% de su PBI; Rusia se ubica en el otro extremo entre los países grandes, con el 17%.
En términos absolutos, Estados Unidos es el mayor deudor público: unos 40 billones de dólares, cerca del 34% del total mundial. La dimensión de su economía atenúa esa comparación, pero no elimina el problema de fondo: sus cuentas fiscales siguen acumulando desequilibrios.
La relación entre deuda y PBI depende del déficit, del crecimiento nominal de la economía y del nivel de endeudamiento inicial. No alcanza con que el PBI crezca: debe hacerlo a un ritmo suficiente para compensar la acumulación de deuda. A escala mundial, el déficit consolidado del sector público pasó del 3,5% del PBI en 2019 a una estimación del 5,2% para 2026.
En Estados Unidos, ese déficit fue del 6,8% del PBI en 2025 y se estima que llegará al 7,5% en 2026. Con un crecimiento real del 2,1% anual y sin una reducción del desequilibrio fiscal, aumenta la presión sobre la deuda y la tentación de licuarla mediante una mayor inflación. El problema es que ninguno de los dos grandes partidos plantea una corrección suficiente. Esa falta de respuesta alimenta la inquietud de los acreedores, cuyas ventas pueden extender la tensión a otros mercados.
Sin embargo, el volumen de deuda no basta para medir la vulnerabilidad de un país. También importa quiénes son sus acreedores y cuál es su posición frente al resto del mundo. Una economía puede tener un Estado muy endeudado y, al mismo tiempo, un sector privado con importantes activos externos.
La participación de extranjeros entre los tenedores de deuda pública varía mucho: alcanza el 56% en Francia, el 49% en Alemania, el 33% en el Reino Unido, el 24% en Estados Unidos, el 14% en Japón y el 6% en China. Esa composición ayuda a entender por qué niveles similares de deuda pueden representar riesgos diferentes.
Una mirada más completa la ofrece la Posición de Inversión Internacional Neta, también llamada patrimonio externo neto: la diferencia entre los activos que los residentes poseen en el exterior y sus pasivos frente a no residentes. Esta medición incluye tanto al sector público como al privado.
En relación con su PBI, Andorra, Hong Kong y Noruega figuran entre los mayores acreedores netos, con activos netos equivalentes a entre cuatro y cinco veces y media el tamaño de sus economías. En el extremo opuesto, Grecia y Estados Unidos se destacan entre los deudores netos.
La Argentina ilustra la importancia de esta distinción. El sector público es deudor neto, mientras que el privado es acreedor. Según las estadísticas oficiales, el país tiene un patrimonio externo neto positivo equivalente al 8% del PBI. Si se incorporaran las tenencias de divisas no registradas, ese saldo sería mucho mayor.
Estados Unidos presenta una situación distinta: tanto el sector público como el privado son deudores netos. Sus pasivos externos netos se acercan al 90% del PBI. El papel del dólar como moneda de uso mundial ayuda a explicar esa posición, pero no alcanza para justificar su deterioro. Hacia 1980, el país era acreedor neto por unos 300.000 millones de dólares; pasó a ser deudor en 1989 y hoy su saldo negativo ronda los 25 billones.
El envejecimiento de la población añade presión sobre las cuentas públicas. El gasto previsional promedia el 8% del PBI en los países de la OCDE y llega al 16% en Italia. Sin reformas que permitan afrontar esa carga, los desequilibrios tenderán a persistir.
La venta de bonos no es, entonces, un episodio desconectado de la economía real. Es una advertencia sobre la capacidad de los gobiernos para sostener sus compromisos. Postergar las reformas no evita sus costos: los traslada al futuro y, mediante tasas más altas y menor crecimiento, empieza a cobrarlos en el presente.
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