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Sunday, November 1, 2026

Voces para una democracia afónica

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¿Qué significa vivir en una sociedad justa? ¿Qué nos debemos unos a otros como conciudadanos? ¿Cuál debe ser el papel del dinero y de los mercados en una buena sociedad? ¿Cómo podemos orientar las nuevas tecnologías, como la IA, para que sirvan al bien público y no sólo al interés privado? ¿Qué significa buscar el bien común? Para el filósofo estadounidense Michael J. Sandel estas son las preguntas que deben orientar la vida en una sociedad democrática, y la participación de los ciudadanos en la búsqueda de las respuestas haría que la democracia sea mucho más que votar cada una determinada cantidad de años. Sandel, que enfoca su pensamiento en la política y la moral, es profesor en Harvard y se trata de un filósofo estrella, a cuyas clases abiertas en la universidad suelen concurrir hasta 14 mil personas. Autor de obras esenciales, como Lo que el dinero no puede comprar, Justicia: ¿hacemos lo que debemos? y La tiranía del mérito, en su libro El descontento democrático, de 1996, anticipaba cómo la indiferencia ante estos interrogantes va generando el caldo de cultivo para el malestar, las revueltas y el surgimiento de los populismos autoritarios que ensombrecen hoy al mundo.

Michael J. Sandel; filósofo estadounidenseCarlos R. Alvarez - GETTY

Sandel piensa que la democracia exige persuasión, argumentación y debate por encima de las diferencias naturales en todo conjunto humano. Y advierte que las redes sociales no contribuyen a eso, porque “nos encierran en nuestras opiniones preexistentes, no promueven el compromiso, el debate y el aprendizaje más allá de los desacuerdos”. Antes que la confrontación de ideas esas redes alientan el insulto, la descalificación, la agresión hacia el que piensa diferente. Y cabe agregar a lo que dice el filósofo que de esto no se privan ni los presidentes, que deberían ser los más responsables en el uso de esa herramienta.

Apunta Sandel que sin una educación capaz de cultivar en los ciudadanos la capacidad de argumentar, deliberar y razonar juntos más allá de los desacuerdos, para lo cual es fundamental el papel de los medios de comunicación, se hace difícil entender el mundo, comprender qué es verdadero y qué es falso, y desarrollar el pensamiento crítico que proteja contra la manipulación mental

Apunta Sandel que sin una educación capaz de cultivar en los ciudadanos la capacidad de argumentar, deliberar y razonar juntos más allá de los desacuerdos, para lo cual es fundamental el papel de los medios de comunicación, se hace difícil entender el mundo, comprender qué es verdadero y qué es falso, y desarrollar el pensamiento crítico que proteja contra la manipulación mental. Eso no parece estar ocurriendo, y merece un llamado de atención. “A menos que dediquemos seriamente atención a este problema, la próxima generación de ciudadanos perderá interés en la línea que separa lo falso de lo real” vaticina el filósofo. “Será una generación a la que no le importe esa distinción, pensará que la política consiste en enfrentarse a gritos, en competir por reivindicaciones que pueden ser ciertas o no. Y se limitarán a votar, si es que votan, sin prestar atención al contenido del argumento y sin juzgarlo ni evaluarlo. Este es el verdadero peligro, no solo que cada vez sea más difícil distinguir lo que es real de lo que es falso, sino que eso deje de importarnos”.

Quizás ya estemos ahí. En un mundo atravesado por una ambigüedad en la cual todo da lo mismo, el bien común es una frase vacía, y el propio ombligo es más importante que el entorno. Un mundo-archipiélago, en el que cada persona es una isla incomunicada con las demás, aun cuando estén todas conectadas tecnológicamente. Michael J. Sandel propone como salir de esa penumbra. “Una democracia sana requiere ciudadanos que puedan razonar juntos sobre el bien común, que puedan aprender a debatir y discutir con civismo y respeto mutuo a pesar de sus diferencias”, reflexiona. Así se revierte, de acuerdo con su mirada, el descontento y la sensación hoy generalizada entre los ciudadanos del planeta de que su voz no importa realmente, “de que no tenemos importamos a la hora de dar forma a las fuerzas que gobiernan nuestra vida colectiva. Y tener voz, poder participar, es el núcleo del ideal democrático”. Es allí donde nacen las respuestas a las preguntas que el propio Sandel plantea en el inicio.

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