De ganar a Bahamontes a fabricar bicicletas olímpicas: la increíble historia de Perucha
Los libros de historia del ciclismo están repletos de grandes gestas, historias de vencedores que alcanzaron la gloria después de superar la adversidad. Pero los mejores relatos, los más fieles a la realidad, son los protagonizados por antihéroes. Aquellos cuentos donde no siempre ganan los buenos. Historias como la de Higinio Domingo Perucha (Chamartín de la Rosa, Madrid, 1935).
El Perucha es un maestro matricero y el artesano más reputado de los bajos de Madrid. Pero antes de todo esto fue un pionero, un hombre valiente, capaz de cruzar fronteras pedaleando para salir de la España más deprimida. En una tarde fría y plomiza, Perucha nos recibe al calor de su taller, un local en el barrio obrero de La Ventilla al que sigue bajando todos los días a sus 90 años. Enfundado en su mono azul con un parche que reza ‘Lucifer’, Domingo salta atrás en el tiempo para comenzar su relato, rodeado de maquinaria analógica, cuadros de bicicletas de acero y fotografías decoloradas con tonos sepia.

“Yo trabajaba en Getafe y me compré una bicicleta para ir y volver todos los días. La comunicación en transporte público era muy mala y todo esto era campo. Un día vi a un ciclista que se había clasificado para los Juegos Olímpicos. Iba muy bien vestido con su chándal y me puse a rueda. Yo tenía solo 16 años. Terminamos dando la vuelta entera a Madrid, 180 km. Le di una paliza y no me volvió a ganar jamás”, así comienza la relación de nuestro protagonista con el ciclismo semi profesional, una serendipia, un encuentro fortuito.
Perucha empieza a correr sus primeras carreras de larga distancia en Madrid, y las gana todas. El siguiente paso son las pruebas por etapas fuera de las fronteras de la capital. Para hacernos una idea de lo que era ser ciclista en aquella España de los 50 sumida en la posguerra, nos quedamos con su debut en una carrera de este tipo, una Vuelta a Mallorca. “Aquello fue un desastre. Nos fuimos de Madrid a Valencia en bicicleta. Gané la carrera y para poder pagar el ferry de vuelta tuve que empeñar la ensaladera que me dieron como trofeo”.

La vida de Perucha se dirigía en dirección a donde le llevara la bicicleta. Después de aquella carrera se quedó en Valencia, porque no tenía dinero para volver. Siguió ganando, entre otras carreras, la Vuelta a Llíria. Su talento como escalador era tal que incluso apostaba platos de paella a que era capaz de subir en bicicleta cerros tan pronunciados que los ciclistas locales eran incapaces de superar. Después vinieron más carreras por etapas por toda España: Zaragoza, Galicia, País Vasco.
Compitió contra los mejores de la época. “Cuando vino Bahamontes de ganar el Tour de Francia, corrimos en Toledo la carrera del Corpus Cristi. Le gané y no me lo perdonó jamás, aunque fuimos amigos toda la vida”.
EL TOUR Y EL ROBO DE SU VIDA
Ya sea por necesidad económica, por aspiraciones deportivas o por saciar su espíritu aventurero, Perucha partió rumbo a París, por supuesto, en bicicleta. Su objetivo, el Tour de Francia. En aquella época Domingo corría como independiente, no como profesional. A este tipo de corredores se les permitía participar en exhibiciones junto al pelotón profesional y disputar las llegadas al sprint.

En su primera participación en el Tour, uno de los sprinters impactó con un fotógrafo en la meta, acabando con su vida. Fue el día de la República de 1958 y Perucha lo recuerda perfectamente.
Después de Francia, marchó a Bélgica y de ahí a Suiza. En bicicleta. Se asentó en el Lago Costanza y había podido ahorrar un poco de dinero tras su periplo compitiendo en Francia. Para alguien itinerante como él, los bancos no existían. Guardaba sus ahorros en el interior del manillar de la bici, su bien más preciado.

Un día, dando una vuelta, vio una taberna con un letrero que rezaba ‘se habla español’. Dejó la bicicleta en la puerta, entró a tomar un café, y al salir le habían robado la bicicleta. Domingo quizá no lo sabía, pero ese día le cambió la vida. Sin dinero ni bicicleta, tuvo que dejar la competición y quedarse a trabajar en Suiza como matricero.
Con el tiempo, pudo hacerse con una bicicleta y trató competir de nuevo “pero ya no era el mismo”, confiesa. En ese periodo conoció a su mujer y tuvieron a su primer hijo, Óscar. Ambos decidieron formar la familia en España, primero en Valencia y después en su Chamartín de la Rosa natal.
SE AGRANDA LA LEYENDA
La vida de Perucha da un giro sorprendente. Con todo el conocimiento adquirido como tornero y matricero en Ginebra, comienza a fabricar cuadros de bicicleta. Su forma de concebir el ciclismo es a través de la competición y, como tal, sus bicicletas, con su propio nombre en el tubo diagonal, estaban diseñadas para correr. Primero maleando el acero y después en aluminio. Fue la primera persona en elaborar cuadros de aluminio Alan en España, trayendo los tubos personalmente desde Italia. Reparaba marcos de aluminio e incluso tuvo su primera toma de contacto con la fibra de carbono en los años 70, a través de un cuadro Vitus con tubos de fibra y racores de aluminio.

Su nombre ganó rápidamente en popularidad y contactó con él la ONCE. Firmó un contrato para fabricar tándems para ciclismo adaptado y comenzó fabricando dos tándems para cada federación territorial. Poco después saltó al equipo nacional y de ahí a las olimpiadas. La llegada de Perucha supuso una evolución sin precedentes en el ciclismo adaptado.
El deporte pasó de recreativo a competitivo. “Me dieron un tándem de Francia y aquello no había quien lo moviera. Fabriqué uno en aluminio y le quité 12 kilos de peso. La ventaja era enorme, lo ganaban todo. Además, los anteriores no estaban hechos para competir y yo los hice con medidas de bicicletas de competición. Ganaron tres Juegos Paralímpicos consecutivos, dos Campeonatos de Europa y varios de España. Los americanos querían que les hiciese sus tándems, pero yo no tengo una gran fábrica, yo hacía las bicis para mi gente”.
CAÍDA Y RESISTENCIA
El éxito olímpico catapultó la fama de Perucha, quien se convirtió en una figura relevante en el mundillo. Era el mecánico de ciclistas de la talla de Marino Lejarreta o Anselmo Fuerte y sus hijos se abrían paso en la competición. Pero como decíamos, esta no es una historia de ganadores, sino de antihéroes de barrio, con éxitos y fracasos.
En 1991 el Ayuntamiento de Madrid le comunicó la intención expropiar su vivienda, además del local que servía como taller y sede del club ciclista que lleva su nombre. El gobierno municipal se benefició de un vacío en la documentación de su propiedad, heredada de sus padres, y finalmente en 2003 se ejecutó el desalojo.

Perucha, resiliente, decidió okupar uno de los locales vacíos en el, por entonces, emergente barrio de La Ventilla. Como símbolo de resistencia e inspirado en Verano Azul y el célebre barco de Chanquete, Perucha fabricó un velero de 12 metros de eslora a partir de material reciclado. Si alguien pretende echar a Perucha del local, tendrá que encontrar la forma de sacar el enorme buque que ocupa buena parte del espacio.
En la actualidad el taller de Perucha sigue siendo un centro de formación muy activo, y el propio Domingo repara todo tipo de bicicletas, patinetes o incluso sillas de ruedas para vecinos sin pedir nada a cambio. El auge del ciclismo urbano, las bicicletas fixies y el deseo de tener un modelo exclusivo ha atraído a muchos jóvenes a su taller.

Paco, uno de sus ‘discípulos’ más aventajados, ha abierto su propio taller de fabricación artesanal en Inglaterra, con notable éxito. Solo unas semanas antes de nuestra visita se había marchado una joven, procedente de Canadá, que quiso aprender el oficio de Perucha.
Además, su taller se ha convertido en símbolo de resistencia social y movilización solidaria. Diferentes asociaciones se han unido para prestar su apoyo a la causa e incluso han diseñado juegos de mesa con motivos del propio Perucha para recaudar fondos y pagar el litigio hasta lograr evitar un nuevo, y quizá definitivo, desalojo.
Pase lo que pase, el barrio no olvidará el legado de una de las figuras más ilustres del ciclismo nacional. La vida de un pionero sin fronteras.
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