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Sunday, October 18, 2026

Nicolás Lange, escritor: “La Florencia del Renacimiento reunió la máxima belleza y el máximo horror”

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Comenzó a vocear el alfabeto. El hombre estaba condenado, en pocos instantes iba a ser ejecutado, y cuando le dieron la oportunidad de decir sus últimas palabras comenzó a recitar: A, B, C, D… La primera vez se equivocó; la segunda no pudo terminar porque se encendió el fuego y las llamas comenzaron a consumir su cuerpo. Un hombre condenado a la hoguera por amar a otro hombre. Esa escena estremecedora ocurrió en la Florencia del siglo XV y el escritor Nicolás Lange se encontró con ella en los archivos históricos de la ciudad.

–Yo me pregunté: ¿qué ocurre ahí? En vez de decirles “son todos unos imbéciles, me están quemando” e insultar a la gente, él solamente declaró el abecedario. Comenzó a declarar aquello que iba a perder: el lenguaje.

Dramaturgo y poeta nacido en Puerto Montt, formado en la Universidad de Chile, Nicolás Lange vivió cuatro años en Florencia, donde conoció este capítulo sombrío de la historia: en 1432, en el momento de esplendor de la ciudad, cuando Leonardo y Botticelli trabajaban en sus talleres, las autoridades crearon los Ufficiale di Notte, los Oficiales de la Noche, una suerte de tribunal civil encargado de investigar y perseguir las relaciones sexuales entre hombres.

Esa contradicción entre belleza y horror, entre libertad creativa y represión, intrigó a Lange. A partir de una investigación documental escribió su primera novela, La oficina de la noche. Un relato basado en los hechos reales pero guiado por la imaginación: la relación de amor entre el pintor Salai (que toma el nombre del ayudante de Leonardo) y L, un joven vinculado precisamente a los perseguidores. Salai es atrevido y valiente; L, en cambio, es temeroso y está obsesionado con sobrevivir. Uno se expone al peligro; el otro prefiere esconderse.

Escrita con una prosa de gran intensidad, a menudo de resonancias poéticas, la novela contrasta la violencia y la brutalidad sobre los cuerpos con la ternura, la pasión y el deseo. El proyecto dio origen a una obra de teatro, que presentó en Zürich y que estrenará en el próximo Santiago a Mil.

–Fui a los archivos de la biblioteca y descubrí que Florencia había sido la primera capital homosexual de Europa. Fue un siglo de mucho arte: Da Vinci, Botticelli, el mecenazgo, todo lo que entendemos por Renacimiento. Ese gran fulgor del humanismo fue interrumpido por este régimen impulsado por el fraile Savonarola, que al mismo tiempo puede ser un reflejo de muchos líderes actuales.

Tras la caída de los Médici, Savonarola se hizo del poder en Florencia, instauró un régimen teocrático y desató una batalla contra el pecado, la vanidad, el vicio y agudizó la persecución de los homesexuales.

De cierto modo, dice, “la novela habla de cómo pasamos de un siglo de luz a otro, y de cómo las cosas que ocurrieron antes vuelven a ocurrir, en una especie de bucle”.

Lector de Gabriela Mistral y James Baldwin, de Faulkner y Florencia Richards, La oficina de la noche es la primera novela de Nicolás Lange, autor del libro de cuentos Caminamos porque amamos algo y de la obra Hunt the Dog Hunt the Boy Hunt the other Boy too.

Publicada por el sello Random House, la novela fue incorporada a la colección Mapa de Lenguas y tendrá distribución en toda Latinoamérica. Desde Amsterdam, donde culmina un máster en dirección, el escritor comenta:

–La Florencia del Renacimiento reunió la máxima belleza y el máximo horror. Y lo único que puede unirlos es una historia de amor.

Para el autor, hay ciertos paralelismos entre la época que describe y la actual: “Un cambio de época requiere mucha violencia. Y ahora estamos viendo un cambio de época. Cuando hablamos del pasado, es lo único que me hace sentido para hablar de hoy. No voy al futuro a buscar las respuestas ni al presente: voy al pasado. Todas las respuestas a cómo podemos sobrevivir, para mí, están allí”.

La escena del condenado que recita el alfabeto fue clave, dice: “Eso fue la piedra angular de la novela. Cómo alguien maldice una ciudad con el lenguaje, cómo alguien menciona todos los sonidos que va a perder, todas las cosas que va a abandonar y que van a quedar siempre presentes. Es una maldición del lenguaje”.

El narrador describe con detalle la destrucción física del cuerpo. ¿Buscaba impactar al lector?

Creo que hay algo proporcional en cómo se describe el cuerpo en las escenas de amor y de sexo, y cómo se describe en las escenas de tortura. Quiero que sea la misma descripción acabada. Las escenas de máxima ternura y amor están descritas con el mismo detalle biológico, de huesos y músculos, que las escenas de tortura y violencia. Y eso da una sensación muy extraña.

¿Cómo trabajó la relación entre archivo y ficción?

Para mí, la ficción es el reino. La ficción es el futuro y la ficción tiene la respuesta. Actualmente se habla mucho del archivo, pero no sé cuánto trabaja realmente la gente con él. En este caso trabajé con el archivo, leí muchísimo, pero al final de lo que quiero hablar es del amor. Suena banal, pero quiero que cualquier persona pueda entenderlo. Quiero que esta sea una obra para los ciudadanos. El archivo debe ser transmitido de una manera que llegue a las personas.

El autor subraya la intención comunicativa de su novela y de algún modo la relaciona con su historia, con sus orígenes familiares.

–Creo que la poesía, la literatura y el lenguaje pertenecen al pueblo y a los ciudadanos. Son una forma de hacer ciudadanía. Porque también fue lo que me salvó cuando era pequeño. Mi padre es tapicero, mi madre es secretaria. Todo lo que hice fue gracias al estudio y a las becas. Vengo de Puerto Montt. Todo el acceso que tuve al mundo fue a través de los autores y de los profesores que me iniciaron en la posibilidad de entender las cosas de manera compleja. No quiero infravalorar a la audiencia. No estoy haciendo pedagogía. Estoy poniendo complejidad para la gente.

Hoy hay un odio a la intelectualidad y a la complejidad. Queremos cosas muy simples, masticadas.

¿Ha recibido críticas por sus obras, de ser demasiado intelectuales?

Sí. Se ha dicho mucho que manejo un lenguaje intelectual, que mis obras son difíciles. No creo que mi obra sea difícil; creo que se abre a posibilidades. Y creo que vivimos una época de antiintelectualismo brutal.

¿En qué lo nota?

En que la gente no está aceptando la complejidad. Es como si la odiara. Hoy hay un odio a la intelectualidad y a la complejidad. Queremos cosas muy simples, masticadas. Queremos mensajes directos en todos los sentidos: este es el bueno y este es el malo. Es como si la gente fuera intolerante a la complejidad y no pudiera digerirla. Y creo que, para entender este mundo, tenemos que ser capaces de procesar pensamientos e ideas complejas.

La Oficina de la noche tiene un cuidado especial por el lenguaje: un lenguaje de imágenes y metáforas. ¿Cómo trabajó esa dimensión poética?

Vengo del teatro, de la representación. Entonces, la mayor parte de los textos que escribía los decía en voz alta y los iba corrigiendo mientras hablaba. Cuando escribo, hablo. Quería que todos los textos dichos en la novela sean textos que podrían haberse dicho en un bar, borracho, a las tres de la mañana, con esa sinceridad, con ese estilo de poesía y con esa pérdida del miedo.

Era un tribunal florentino que funcionó durante 70 años. Estaba integrado por ciudadanos de más de 50 años, que tenían que ser casados. Podían cazar actos de sodomía durante la noche.

La Oficina de la Noche existió realmente. ¿Cómo funcionaba?

Era un tribunal florentino que funcionó durante 70 años. Estaba integrado por ciudadanos de más de 50 años, que tenían que ser casados. Podían cazar actos de sodomía durante la noche. La gente denunciaba y ellos perseguían a los acusados y los quemaban.

Lo curioso es que, antes de su instalación, las relaciones entre hombres eran frecuentes y existía tolerancia social.

Más que tolerancia, estaba dado por hecho. Llegaron a utilizar “florentino” como sinónimo de homosexual. Es una locura. Yo encuentro que Florencia es totalmente homosexual hasta el día de hoy. Todas las referencias, toda esa oda al cuerpo masculino.

La represión comienza con Savonarola y la hoguera de las vanidades.

Savonarola manda a quemar todos los espejos, los libros, las pinturas, todos los accesorios que puedan tener algún color o que puedan representar la vanidad. Y eso tiene mucho que ver con lo que vemos ahora. Cómo se manifiesta el fascismo como régimen: las cosas pierden color, pierden distinción, todo se vuelve plano.

Estamos en una época de sobrevigilancia. Entonces, para las personas queer y homosexuales, ¿cómo se hace? ¿Hay que salir a las calles, hay que optar por la visibilidad?

“Esconderse, escribir y rezar”, dice L, el protagonista. Es un personaje atemorizado, en contraste con su amante.

El protagonista no es alguien valiente. Quería escapar de eso. Lo que hace es sobrevivir. Es cobarde. Dice: “Prefiero vivir una vida escondida a morir por esto”. Es paranoico, hipocondríaco y sobrevive al siglo. Salai es alguien hermoso, atrevido y valiente, pero no sobrevivió al siglo: murió. No estoy intentando hacer una moraleja. Uno sobrevive y el otro muere. Pero es una pregunta para estos tiempos. Estamos en una época de sobrevigilancia. Entonces, para las personas queer y homosexuales, ¿cómo se hace? ¿Hay que salir a las calles, hay que optar por la visibilidad? ¿O es un momento en que hay que esconderse y defenderse, o encontrar otros mecanismos de visibilidad? Para mí es interesante la pregunta que se hacen ellos: ¿es necesario estar a la luz, morir o sobrevivir? Y es una pregunta abierta.

En medio de esta represión, el amor entre L y Salai se vuelve una transgresión y también un refugio. ¿Cómo lo ve?

Para mí, el amor es lo único que puede resistir. Es la única energía que supera tiempos y siglos. Yo, una persona homosexual que nació en 1994, leo el testamento de Da Vinci, donde dice: “Dejo la mitad de mi jardín a Salai (su ayudante y amante)”, que significa “pequeño diablo”. En español sería como decir: “Dejo la mitad de mi jardín a mi pequeño diablo”. Es impresionante cómo el amor trasciende siglos y siglos.

Primera persona

¿Cómo lo interpela esa historia, en apariencia tan lejana a su biografía?

Una de las cosas que más me importan en la vida es el amor. Como dice Slavoj Žižek: si alguien puede nombrar las razones que tiene para enamorarse de otra persona, no está enamorado. El amor nace y golpea. Creo que el amor también es un lugar desde donde derrotar el fascismo y el fanatismo. Hay un punto de encuentro entre todas las personas. Por eso es una historia de amor. No es necesariamente una historia de amor homosexual. Es una historia de amor en medio de un siglo horroroso, con la que cualquier persona puede sentirse identificada.

Mi obra es un manifiesto contra la autoficción y contra la primera persona, contra la narrativa documental. Creo que eso es la muerte.

¿También hay algo de tu propia historia amorosa en el origen de esta novela?

Sí. Llegué a Italia porque estaba enamorado. Estuve casado durante cuatro años. Entonces, también estaba viviendo una historia de amor en Italia. Aprendí a hablar italiano por amor. Ya me divorcié y todo, pero el libro sigue. El libro nace de un contexto de amor, del cual estoy muy orgulloso como materialización. El personaje principal no soy yo, obviamente. Encontraría aburridísimo hacerlo solamente sobre mí. Creo que debemos abrirnos a narraciones universales y a cosas que nos superen.

En los últimos años, una parte importante de la narrativa ha estado vinculada a la autoficción. ¿Usted toma distancia de ella?

Demasiado. Y es algo de lo que escapo. Mi obra es un manifiesto contra la autoficción y contra la primera persona, contra la narrativa documental. Creo que eso es la muerte. Estamos en una época en que todo es un bombardeo de realidad, y en la escena literaria hay una especie de escena masturbatoria de hablar de nosotros mismos todo el rato. Y poner el propio sufrimiento como frontera: “Yo sufrí, entonces tú tienes que escucharme”, como si eso otorgara validez. Lo encuentro un poco aterrador, lo encuentro muy católico. Incluso en gente que escapa del catolicismo: “Yo sufrí, entonces te puedo hablar de esto, yo hice esto”. No me gusta la moral. No quiero un libro que me enseñe nada de nada.

¿La obra teatral adopta el mismo punto de vista?

Es una obra que nació de la misma investigación: habla de esta quema y también me expone a mí como autor, hablando en contra de la primera persona y de la gente que hace autoficción. Es una obra bastante agresiva. Me pregunto cómo va a aterrizar en Chile.

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