Leandro Paredes, el chico de la tapa: de las dudas por la lesión al agónico misil para que Boca sea finalista de la Copa Sudamericana

Fue el nombre de toda la semana. Leandro Paredes acaparó cada análisis, especulación y debate en la previa de la semifinal de vuelta. Y cuando la historia lo llamó, respondió con una obra épica: apenas 11 días después de sufrir un desgarro grado 2, el capitán de Boca no solo pisó el Maracaná, sino que usó esa misma pierna derecha lastimada para sacar un misil inatajable en el minuto 88 para sellar el 3-1 definitivo y el pasaje a Barranquilla para disputar la final de la Copa Sudamericana. El remate salió hacia el medio del arco, pero tomó un efecto endemoniado que dejó mal parado al arquero brasileño Leo Jardim, a quien no le alcanzó con meter el manotazo ante la fuerza del disparo.
La genialidad llegó en el momento más crítico. Boca atravesaba su pasaje más oscuro en Río de Janeiro, resistiendo el asedio de un Vasco da Gama que amenazaba. El Xeneize aguantaba el 2-1 como podía y la sensación marcaba que ya se rezaba para llegar a los penales. Fue entonces cuando Paredes recibió una descarga de Delgado, acomodó el cuerpo e inventó ese derechazo salvador que silenció el estadio.
"Es difícil encontrar palabras para explicar lo que estoy sintiendo, lo que estoy viviendo. Tengo solo palabras de agradecimiento para este grupo de jugadores increíbles que dan hasta lo que no tienen para llevar a este club a donde merece estar" confesó el capitán tras la hazaña, combinando una sonrisa de oreja a oreja con cierta emoción. Y concluyó: "Creo que vamos por buen camino. Ya habíamos hecho un segundo tiempo muy bueno en la Bombonera y hoy hicimos un partido perfecto de principio a fin".
La gesta agiganta la decisión estratégica tomada horas antes por Arruabarrena. Luego de aquella charla con el volante tras el almuerzo en la concentración, el pacto era intentar utilizarlo recién en los últimos 25 minutos. Sin embargo, la urgencia alteró la hoja de ruta inicial y terminó disputando 35' en los que le tocó afrontar, disminuido físicamente, la peor parte del encuentro antes de su aparición estelar.
Paredes ingresó a los 55 minutos en reemplazo de Rodrigo Battaglia. Boca ganaba 2-0 y parecía encaminar la serie sin sobresaltos. Pero el guion cambió cuando a los 66', diez minutos después del ingreso de Paredes, Vasco da Gama descontó, salió con todo y se le fue encima a un equipo visitante que perdió la comodidad que había logrado construir.
Obligado por el desarrollo del resultado, a Paredes le había tocado oficiar un rol ajeno a su naturaleza futbolística. Lejos de ser el eje creativo y de poder tomar la pelota, tuvo que calzarse el traje de volante tapón. Terminó hundido, jugando casi todo su tramo ubicado entre los marcadores centrales y participando muy poco: en sus primeros 20 minutos en cancha apenas logró dar 10 pases. Su sola presencia, como si fuera un anticipo del destino, le generaba un dolor de cabeza al técnico Pedro Emanuel, quien durante la pausa de rehidratación le pidió a sus dirigidos estar permanentemente atentos a asfixiar a Paredes cada vez que tomara la pelota.
Esa orden la respetaron a rajatabla los jugadores cariocas, excepto cuando apareció en tres cuartos de cancha para desatar la locura xeneize. Al final, la evaluación de daños que había diagramado Arruabarrena cobró todo el sentido. Disminuido físicamente, sin la pelota y sufriendo los embates, Paredes sacó a relucir su sacrificio y coronó su heroica resistencia con un derechazo que valió el pasaje a la final.
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