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Thursday, October 15, 2026

Malvinas: el Reino Unido tiene su estrategia, sería un error no advertirla

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“Haremos siempre lo que haga falta para hacer valer la voluntad de los isleños”, dijo esta semana en Londres el primer ministro, Andy Burnham, en una declaración que quizás no repercutió tanto como debía, porque fueron palabras que decían mucho más que aquello que se interpretó: decir “hacer lo que haga falta”, puede sonar hasta como una advertencia que juega al fleje de la diplomacia. Claramente, el Reino Unido se tomó el tema muy en serio. Además, Burnham contó a medios británicos que fue muy claro en su charla con Donald Trump, a quien explicó la dureza de su discurso en la ONU, donde dijo que siempre iban a respetar la voluntad de los isleños.

Así fue que todo su gabinete salió a afrontar el tema en la Cámara de los Comunes y en los medios de comunicación. La ministra para los Territorios de Ultramar, Uma Kumaran, aclaró ante los representantes, que el presidente argentino, Javier Milei, “intenta usar a los habitantes de las Malvinas como una especie de instrumento político de cara a las elecciones de la Argentina del próximo año”. Aclaró que la notificación recibida por el inicio de la demanda en el Tribunal del Mar de parte de la Argentina “no es un fallo y no invalida las licencias otorgadas por el gobierno del archipiélago ni obliga a detener la actividad”, con la intención de llevar tranquilidad a los inversores, a los que se les garantizó una defensa de sus derechos comerciales de acuerdo a las leyes británicas. Además, se llevó una propuesta de los conservadores, que le plantearon usar la posición británica para frenar el ingreso de la Argentina al tratado transpacífico de libre comercio y a la OCDE, al calificar a la Argentina como “socio no confiable”. En ese sentido, el canciller británico, Ed Miliband, repudió los intentos de la Argentina, a los que considera una intimidación a empresas y personas que realizan una actividad comercial legítima. “Lo que están haciendo es inaceptable”, afirmó. Todo parece indicar que los británicos sintieron que las primeras medidas diplomáticas adoptadas por nuestro país lastimaron la seguridad jurídica del Proyecto Sea Lion.

El consorcio británico Rockhopper hizo públicas imágenes que muestran el avance en la construcción en Malvinas de áreas de almacenamiento de materialesRockhopper

Hasta ahora, la ofensiva del gobierno argentino tuvo algunos éxitos, el más importante fue generar incertidumbre jurídica, motivo por el cual bajaron las acciones de las empresas involucradas Rockhooper y Navitas Petroleum en las Bolsas de Londres y Tel Aviv, respectivamente, en un momento de auge del negocio del petróleo. Esto generó preocupación en los británicos, que tuvieron que aclarar que, tanto el Departamento de Comercio y el Ministerio de Exteriores van a poner en marcha un plan de acción con el fin de garantizarles a las empresas y accionistas que están dentro del Proyecto Sea Lion medidas que los ubique bajo la ley de Protección de Intereses Comerciales, que impide que empresas y personas del Reino Unido sean obligadas a cumplir normas extranjeras de alcance extraterritorial. Solo con eso lograron frenar un poco la baja de las acciones de Rockhooper en la Bolsa de Londres. La acción y reacción demostraron que aparecieron dudas respecto a la viabilidad legal del negocio. Punto para la Argentina.

Pero hay dos cosas que el Reino Unido está haciendo y la Argentina no. La primera es alinear a toda la política británica detrás de una misma estrategia, y la segunda, reforzar los lazos de los países amigos para fortalecer su posición. De ese modo, en determinado momento, si llega a ser necesario actuar con presión política lo podrán hacer con la fuerza de un bloque multilateral.

A diferencia de la Argentina, la política británica actúa fusionada en estos casos y no permite que se vean fisuras en su modo de actuar. De hecho, los conservadores tienen un plan para que los isleños no se queden con el 100% de las regalías petroleras, exigen que las compartan con el Reino Unido. Quieren que, con ese dinero, se financie el presupuesto de Defensa de las islas, hoy a cargo del Reino, que tiene un costo fiscal anual de 75 millones de libras para sostener la Base Militar de Mont Pleasant y el puerto de la Marina, Mare Harbour. A muchos contribuyentes británicos no les parece justo que parte de sus impuestos se utilicen en esas islas tan lejanas, por eso ésta podría ser una salida que conforme a todos. Pero respecto a la defensa de las islas y el proyecto petrolero, actúan sin hacer públicas sus diferencias.

En cambio, en la Argentina, si bien hay unidad a la hora de defender y reclamar la soberanía de las islas, no toda la sociedad cree que las intenciones de Milei sean sinceras. Hay encuestas que marcan que, si bien fortalecer el reclamo con sanciones es justo y necesario, gran parte de los argentinos ven oportunismo político en el gobierno libertario, ante un cambio tan radical en su actitud. El resto de la política, la oposición, va a demostrar en el Congreso su postura cuando se trate la Ley de Soberanía. Seguramente acompañará los primeros 40 artículos de la ley, donde justamente se fortalecen los controles y las sancionas a las empresas que explotan recursos naturales en las islas, pero votarán en contra de todo lo inherente al Consejo de Seguridad, sobre todo por la intromisión en términos de seguridad interior: “quieren dejarnos a todos bajo una suerte estado de sitio”, dijo Jerónimo Guerrero Iraola, representante legal del Cecim de La Plata esta semana en Radio República. En esa frase, del abogado de los veteranos de guerra se identifica gran parte del arco político opositor. Básicamente no ven la necesidad de avanzar en esos temas de seguridad interior y creen que el gobierno aprovecha la oportunidad para imponer un tema tan sensible como polémico pero que lo desvela desde el comienzo de su gestión. Ese punto solo genera más división.

Por otra parte, el Reino Unido ya paseó su situación por todas las cancillerías y embajadas de los países amigos, entre ellos los de la OTAN, donde consiguió muchos apoyos. Pero, además, el primer ministro Burnham le recordó a Trump que después del 11 de septiembre de 2001 ellos y Dinamarca, por ejemplo, estuvieron junto a Estados Unidos en todo su derrotero bélico en Afganistán. Pero no recibieron el mismo trato en Groenlandia y podrían no recibirlo en Malvinas. Esa misma mirada fue manifestada por Daniel Hannan, un miembro de la Cámara de los Lores, que recordó esta semana, en una columna publicada en el Washington Examiner, que el Reino Unido, Canadá y Dinamarca acompañaron a EE.UU. en Afganistán sin haber sido atacados antes. “Desde entonces, Canadá ha enfrentado una guerra arancelaria y Dinamarca, amenazas de anexión de parte de su territorio. Un cambio en la posición de EE.UU. respecto a Malvinas destruiría la alianza atlántica”, señaló, en lo que fue una advertencia más que un análisis. No pareció innocuo el comentario, tampoco la charla de Burnham con Trump, porque desde ese momento, la reunión bilateral en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York, Trump no volvió a pronunciarse sobre el tema.

Milei y LulaFABRICE COFFRINI - AFP

Mientras el Reino Unido reúne voluntades de países históricamente aliados, la Argentina comete el error de pelearse con los países vecinos en un momento donde más los necesita, como hace Milei con Lula, justamente el presidente del país más poderoso de la región, que fue quien más fuerte marcó su apoyo a la Argentina basado en 200 años de amistad, a pesar de los recurrentes insultos de Milei. Lo que no se puede permitir la diplomacia local es tratar el tema de acuerdo a la preferencia o rechazo ideológico de quien diga o haga algo. Por ejemplo, imaginemos por un momento si el ministro de Defensa de Brasil hubiese declarado que “el Reino Unido es un país amigo que ejerce soberanía en las islas hace dos siglos”, dejando en claro que no hablaba de colonialismo, o que su canciller diga “los tratados firmados no son vinculantes, podemos comerciar con las islas libremente”. Seguramente el presidente Milei pondría el grito en el cielo y toda su emocionalidad al servicio de un enojo con Lula y “su gobierno de izquierda”. Pero los que dijeron eso fueron el ministro de Defensa Fernando Barros Tocornal y el canciller Francisco Pérez Mackena, ambos miembros del gabinete de José Antonio Kast, presidente de Chile, ideológicamente afín a Milei y a Trump. Quizás por eso solo recibieron un silencio que hizo demasiado ruido de parte del presidente argentino.

Un bloque regional fuerte y unido, más allá de quien gobierne cada país, es lo que necesita la Argentina en estos momentos de pelea diplomática por las Islas Malvinas, sobre todo con los países del Mercosur. Ese debió ser el primer paso, pero primaron más los intereses ideológicos y el amiguismo, como también corresponder a los deseos de Donald Trump por tener en el Cono Sur gobiernos más alineados.

La Constitución Nacional indica que la recuperación de las Malvinas debe hacerse “conforme a lo que indica el derecho internacional y respetando el modo de vida de sus habitantes”, para lo que hay que tener estrategias diplomáticas perdurables, no inconstantes (como ha sucedido desde la guerra de 1982). Unir a la política argentina detrás de ese objetivo debería ser una prioridad, y eso debe lograrse por convencimiento y diálogo, no por imposición, ni intentando utilizar la cuestión Malvinas para establecer controles de inteligencia internos que alejan aún más las posiciones y que no son indispensables en este momento. Además, formar un bloque con los países de la región es otro de los caminos por los que sí o sí debería atravesar la Argentina, pero sin detenerse a analizar la “sangre de cada ideología” de gobierno vecino para saber si se los insulta o se hace silencio.

Estamos acaso ante la posibilidad de dar un paso histórico para recuperar las Malvinas, no podemos cometer errores elementales a la hora de encarar una escalada diplomática sin precedentes en las últimas décadas permitiendo que el oportunismo y el internismo debiliten cualquiera de las estrategias. Y la Argentina, a pesar de mover bien algunas piezas, permite que el dogmatismo del gobierno le haga cometer algunos deslices en sus maniobras. La historia nos enseña que Napoleón Bonaparte fue el principal rival de Gran Bretaña durante las guerras de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Sin embargo, hoy los británicos podrían estar citando una de sus frases célebres: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”.

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