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Saturday, October 3, 2026

"Mi esposo y yo éramos una pareja sin hijos que viajábamos constantemente. Pensé que tener un bebé podría detenernos, pero me equivoqué"

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Durante sus primeros 30 años, Renate Flanagan llevaba junto a su esposo una vida que les permitía viajar con frecuencia. “Mi pareja y yo teníamos carreras establecidas, no teníamos hijos y nos sobraban días de vacaciones”, relató en un artículo de Business Insider. En un período de 12 meses llegaron a hacer un viaje cada dos meses, con destinos que incluyeron parques nacionales, caminatas y recorridos por distintas partes de Estados Unidos.

La pareja siempre había querido tener un hijo, aunque Flanagan temía que la llegada de un bebé pusiera fin a esa forma de vida. Antes de intentar quedar embarazada, decidió hacer un último gran viaje como pareja sin hijos: recorrieron México por carretera, visitaron antiguas ruinas mayas y nadaron en cenotes.

Pocos meses después quedó embarazada. Durante el embarazo siguió viajando y aprovechó para hacer dos excursiones más, a las Montañas Rocosas de Canadá, Zion y Bryce Canyon. “Me preocupaba que tener una familia detuviera abruptamente nuestro estilo de vida aventurero", confesó. Y recordó que una mujer que tenía un hijo pequeño llegó a advertirle durante una cena: “Disfruta esto, porque nunca volverás a salir a comer”.

La experiencia de otras familias ayudó a Flanagan a imaginar un escenario diferente. Su propia madre había viajado por Europa con ella cuando todavía no tenía un año, mientras que algunos amigos de la familia se habían mudado a otros países con sus hijos pequeños y continuaban viajando varias veces al año. Para ella, conocer esos ejemplos cambió la idea de que viajar y tener hijos eran dos cosas incompatibles.

Su hijo hizo su primera caminata cuando tenía tres semanas. Durante su primer año visitó familiares en Atlanta, recorrió Oregon, vio el cambio de las hojas en Nueva Inglaterra, pasó la Navidad en Bélgica y jugó en las dunas de Arabia Saudita. Antes de cumplir dos años ya había viajado en nueve vuelos. La familia siguió viajando, aunque con una diferencia concreta: ahora había que llevar una silla para el auto, mochilas para caminar con el bebé y reservar tiempo para sus siestas.

Lo que cambió después de tener un hijo

La llegada del bebé sí modificó algunos aspectos de la vida cotidiana. Flanagan cuenta que los primeros meses fueron intensos y que pasó el primer año con falta de sueño. Las mañanas tranquilas también quedaron atrás, ya que su hijo suele despertarse alrededor del amanecer.

“Viajamos tanto como siempre, pero hay mucho más equipaje”, contó Flanagan, aunque reconoció que necesita organizarse de otra manera. Ahora deben llevar una silla para el auto, mochilas para caminar con el bebé y reservar tiempo para sus siestas.

Renate y su esposo no renunciaron a los viajes por el nacimiento de su hijo. Solo tuvieron que cambiar algunas cuestiones de organización.

También aumentaron los gastos: actualmente pagan 2.600 dólares al mes por la guardería del niño, una suma que, aseguró, es equivalente al alquiler de su vivienda.

La pareja reservó un espacio para mantener su vida como matrimonio. Aunque salen a comer en familia, una vez al mes tienen una cita en un restaurante más elegante. Además, ambos se apoyan para disponer de tiempo individual una o dos veces por semana.

Flanagan reconoce que tener un hijo hizo que el tiempo personal fuera mucho más difícil de encontrar y que la crianza puede ser costosa y agotadora. Pero su conclusión es distinta de aquella que temía antes del embarazo. Para ella, ver a su hijo disfrutar de la naturaleza y entusiasmarse con nuevos lugares y experiencias terminó siendo más gratificante de lo que esperaba.

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