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Tuesday, September 22, 2026

Más de 8.000 restos de insectos de una cueva de Gran Canaria revelan nuevas pistas sobre las prácticas funerarias de los antiguos canarios

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Más de 8.000 restos de artrópodos conservados en una cueva de Gran Canaria han revelado cómo los indígenas trataban a sus muertos y el sorprendente uso que tuvo el lugar antes de convertirse en tumba.

Arqueólogos analizan 8.000 restos de insectos en Gran Canaria y descubren cómo se trataba a los muertos hace más de 1.000 años
Arqueólogos analizan 8.000 restos de insectos en Gran Canaria y descubren cómo se trataba a los muertos hace más de 1.000 años. Fotos: Wikimedia

Christian Pérez

Publicado por Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

A veces, una excavación arqueológica no necesita encontrar una tumba intacta, una inscripción o un objeto excepcional para reconstruir un episodio del pasado. En Cruz de la Esquina, una pequeña cueva artificial excavada en las paredes de la meseta de Acusa, en Gran Canaria, han sido miles de restos de insectos los que han permitido seguir una historia ocurrida hace más de un milenio. Una historia que comienza con cereales almacenados y termina con varios cadáveres depositados sobre una plataforma de madera.

El yacimiento se encuentra a unos 990 metros de altitud, en la cuenca de Tejeda, dentro de un conjunto formado por aproximadamente veinte cuevas artificiales. Las comunidades indígenas de Gran Canaria utilizaron estos espacios con distintas finalidades: algunas cavidades fueron viviendas, otras sirvieron para almacenar alimentos y al menos una acabó destinada a usos funerarios. La ocupación de este entorno se remonta, como mínimo, al siglo V de nuestra era.

Cruz de la Esquina llamó especialmente la atención por sus extraordinarias condiciones de conservación. Cuando fue documentada, en 2001, todavía contenía materiales orgánicos que rara vez sobreviven durante tantos siglos: tablas de madera, fragmentos de cuerdas, tejidos realizados con fibras vegetales y restos de cuero. Los huesos humanos, sin embargo, aparecieron mayoritariamente desarticulados y dispersos, haciendo muy difícil reconstruir únicamente a partir de los esqueletos cómo habían sido depositados originalmente los cadáveres.

La solución estaba escondida entre el sedimento.

Más de 8.000 restos que funcionan como una escena del crimen

El equipo formado por Pedro Henríquez-Valido, Jean-Bernard Huchet, Jacob Morales y Amelia Rodríguez-Rodríguez recurrió a la arqueoentomología, una disciplina que estudia los restos de insectos procedentes de contextos arqueológicos. Su utilidad puede resultar sorprendente: muchas especies ocupan nichos ecológicos muy concretos y su aparición puede revelar desde la existencia de alimentos almacenados hasta determinadas fases de la descomposición de un cadáver.

Los investigadores recogieron 43 muestras de sedimento de un litro procedentes de diferentes zonas y niveles de la cavidad. El resultado fue excepcional: recuperaron 8.173 restos de artrópodos conservados por desecación. De ellos pudieron identificar taxonómicamente 8.082, correspondientes a un número mínimo de 5.792 individuos. El conjunto incluía dos clases, siete órdenes, 18 familias y 35 morfoespecies. Cerca del 83 % de los restos apareció debajo de las tablas que habían formado la plataforma funeraria.

Trabajos arqueológicos en la cueva de Cruz de la Esquina
Trabajos arqueológicos en la cueva de Cruz de la Esquina. Foto: Antiquity (2026)

Y aquí apareció la primera pista importante. Entre los insectos había numerosas moscas pertenecientes a grupos que colonizan los cadáveres durante las primeras etapas de la descomposición. Destaca Chrysomya albiceps, de la que se contabilizaron 4.107 individuos, además de representantes de Calliphora y sarcofágidos. Los restos de estos grupos asociados a las primeras fases constituían una parte enorme del conjunto estudiado.

La información es especialmente valiosa porque los insectos fueron recuperados directamente de un contexto arqueológico controlado. Su presencia indica que los cadáveres llegaron a la cueva cuando todavía podían ser colonizados durante las primeras etapas de descomposición. Después aparecieron otros grupos característicos de fases posteriores, incluidos derméstidos y Necrobia rufipes, relacionados con tejidos secos y etapas más avanzadas del proceso.

Los muertos no habrían esperado durante semanas fuera de la cueva

Esta sucesión entomológica permite abordar uno de los debates sobre las prácticas funerarias indígenas de Gran Canaria. Se había planteado que determinados cadáveres podían permanecer expuestos al sol antes de ser trasladados a las cuevas, favoreciendo así su desecación. Lo encontrado en Cruz de la Esquina dibuja otro escenario.

Los investigadores consideran que los cuerpos fueron introducidos poco después de morir y que la descomposición se desarrolló dentro de la propia cavidad. La enorme cantidad de insectos relacionados con las primeras fases resulta difícil de conciliar con una exposición exterior prolongada previa. La aparición de especies correspondientes a momentos posteriores refuerza, además, la idea de una secuencia de descomposición desarrollada in situ.

Eso no significa necesariamente que todas las prácticas funerarias indígenas de Gran Canaria fueran idénticas. El estudio se refiere a este yacimiento concreto. Pero Cruz de la Esquina proporciona algo particularmente valioso: evidencias entomológicas recuperadas en posición arqueológica que permiten reconstruir procesos que los huesos, debido a su desplazamiento posterior, ya no podían contar por sí solos.

Otros indicios ayudan a completar la escena. Los restos de fibras vegetales y cuero, comparados con enterramientos mejor conservados de la isla, apuntan a que los fallecidos habrían sido envueltos formando fardos funerarios antes de colocarlos sobre las tablas. Debajo de aquella plataforma, sin embargo, esperaba una segunda sorpresa.

Restos de insectos recuperados e identificados en la cueva de Cruz de la Esquina
Restos de insectos recuperados e identificados en la cueva de Cruz de la Esquina. Foto: Antiquity (2026)

Antes de guardar muertos, la cueva había guardado comida

Aproximadamente el 21 % de los insectos identificados pertenecía a especies relacionadas con productos almacenados. Las plagas aparecieron, además, en el 76 % de las muestras de sedimento. Para los investigadores, semejante distribución resulta difícil de explicar únicamente mediante pequeñas ofrendas de alimentos depositadas junto a los fallecidos.

El protagonista es Sitophilus granarius, el conocido gorgojo de los graneros. Se recuperaron 932 restos y se calculó un mínimo de 388 individuos. Su importancia arqueológica reside en una característica fundamental: no vuela. Su expansión depende del transporte humano de cereales infestados. Allí donde aparece abundantemente, por tanto, puede convertirse en una pista muy poderosa sobre el almacenamiento de grano.

No estaba solo. El equipo identificó también Mezium americanum, Stegobium paniceum, Oryzaephilus surinamensis y otros insectos relacionados con cereales almacenados, productos vegetales o granos previamente atacados por otras plagas. En conjunto, forman una comunidad difícil de separar de una actividad prolongada de almacenamiento.

Las dataciones encajan con esa transformación. Una semilla de cebada fue fechada entre 660 y 770 d. C.; los huesos humanos proporcionaron intervalos que se adentran en los siglos VII-IX y un ejemplar de S. granarius fue fechado entre 772 y 974. El modelo cronológico sugiere que entre ambas funciones no tuvo por qué existir un abandono prolongado. La conversión pudo ser relativamente rápida.

Restos de insectos documentados en el interior de la cueva funeraria de Cruz de la Esquina
Restos de insectos documentados en el interior de la cueva funeraria de Cruz de la Esquina. Foto: Antiquity (2026)

Una cueva con dos vidas separadas por unas tablas

La interpretación propuesta reconstruye una transformación extraordinariamente concreta. Cruz de la Esquina habría funcionado inicialmente como espacio para almacenar alimentos. Posteriormente, los indígenas levantaron una plataforma de madera sobre aquel suelo y convirtieron la cavidad en un lugar funerario. Parte de los cereales o residuos que permanecieron debajo pudieron permitir que algunas plagas continuaran reproduciéndose incluso después del cambio de función.

El contexto histórico resulta igualmente sugerente. Entre los siglos VIII y IX, en Gran Canaria se extendieron espacios de almacenamiento más grandes y complejos, formados por cuevas y cámaras comunicadas entre sí. A apenas veinte metros de Cruz de la Esquina existe precisamente otro granero. La antigua despensa pudo perder entonces su utilidad original y adquirir una función completamente distinta.

La investigación, publicada en Antiquity, demuestra hasta qué punto elementos diminutos pueden conservar capítulos enteros de la vida de un yacimiento. Los huesos explicaban que aquella cueva había acogido muertos. Las moscas revelaron cuándo llegaron. Los escarabajos siguieron su descomposición. Y los gorgojos conservaron la memoria de lo que había ocurrido allí antes.

Más de mil años después, la historia de Cruz de la Esquina seguía bajo aquellas tablas. Solo que estaba escrita en insectos.

Referencias

  • Henríquez-Valido P, Huchet J-B, Morales J, Rodríguez-Rodríguez A. Buried in the pantry: using archaeoentomology to assess cave reuse at the pre-Hispanic site of Cruz de la Esquina. Antiquity. Published online 2026:1-18. doi:10.15184/aqy.2026.10407
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