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Monday, October 5, 2026

Elecciones en Brasil: un voto castigo que sorprendió a Lula da Silva y llegó desde su base tradicional de votantes

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Aún con la niebla de los datos en el aire, es claro que el golpe electoral que acaba de sufrir el presidente Lula da Silva apenas esconde un voto castigo que llega desde su propia base tradicional de votantes: los sectores de menores ingresos. Ese amplio espacio, que explica en gran medida la carrera de más de 40 años de este dirigente legendario, perdió la esperanza de que una elección pudiera resolver su situación de ingresos.

En ese sendero dejó al mandatario en una posición de enorme debilidad para el balotaje, en segundo lugar y con una diferencia de alrededor de tres puntos con el retador conservador, Flávio Bolsonaro. Los analistas sostienen que se necesitan al menos cinco puntos de base para avanzar con seguridad a la cita definitiva. En 2002 frente a Jair Bolsonaro Lula, desafiante entonces, pasó al balotaje con una cosecha de 5,23% en la primera vuelta. Eso no está hoy. Y es debido a lo que no vio el gobierno.

Bolsonaro, que también deberá esmerarse, notó con más claridad aquel trasfondo social cuando hizo campaña apareciendo en los supermercados para denunciar una inflación que no estaba en los grandes números macros, pero sí pulverizaba el bolsillo de esos sectores.

Incluso funcionarios del gobierno habían alertado sobre el creciente problema del llamado “crédito para comer” que involucra con deudas, muchas impagables, a ocho de cada diez familias de este gigantesco país. El gobierno actuó contra el juego en línea suponiendo que esa era la razón principal de esos quebrantos y anunció un plan para rescatar las obligaciones morosas, pero la situación era y es mucho más amplia que lo que se resumía en esas iniciativas. Las familias destinan entre el 29% y 33% de sus ingresos al pago de deudas para atender necesidades básicas. En esa contradicción social se encuentra la explicación de una abstención que al cierre de esta edición ronda el 21 por ciento, semejante a la de 2022 que ya había sido récord.

La gente que no vota en gran medida forma también parte de ese núcleo pobre e insatisfecho. Son los brasileños de escasos dos sueldos básicos más preocupados por su realidad cotidiana que con el trámite electoral. Su reacción expone las cuotas de seducción que perdió Lula, incluso antes de resignar el liderazgo en esta elección. Está ahí también la razón por la cual un dirigente como Flávio Bolsonaro —senador sin densidad política y montado en los votos de su padre, el limitado expresidente Jair Bolsonaro— logró empardar en las encuestas a un líder con cuatro décadas de historia destacada y tres presidencias, las dos primeras notables.

Las grandes banderas de este gobierno, que repitió Lula en el momento de votar —el control de la inflación, el crecimiento del PBI— son legítimas. Brasil tiene números envidiables. Un riesgo país estable en 170 puntos que la elección no varió la confianza de los inversores en el país. Reservas por casi US$400 mil millones, un crecimiento verificable estos últimos cuatro años, pleno empleo y una inversión extranjera directa de US$77.000 millones según organismos como la OCDE. Brasil es uno de los principales receptores de capital a nivel global. Los datos mensuales del Banco Central muestran entradas puntuales superiores a los US$9.000 millones en períodos recientes de 2026. Este es el país de enorme éxito capitalista que eventualmente heredaría Bolsonaro.

El gobierno no logró naturalmente convertir estos indicadores en capital político. Analistas como el politólogo Antônio Lavareda sostienen que las noticias sobre deuda, impagos y precios elevados dominaron el debate y empeoró la percepción de la economía y el optimismo sobre el futuro. El presidente es un animal político y dará pelea, pero lo hará con muchas menos armas de las que había imaginado y no está claro si aceptando de dónde vino exactamente este golpe.

Partidarios de Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, llegan a un centro de votación durante las elecciones generales en Brasilia, Brasil. Foto Bloomberg

Aquel abismo social no se resolverá con el cambio presidencial si Bolsonaro confirma el salto. Tanto funcionarios del gobierno, en diálogo con Clarín, como del campamento del desafiante, señalaron que es inevitable avanzar hacia un ajuste para aliviar un déficit fiscal del 8,2% del PBI y una deuda pública camino al 95% del Producto, y lograr una baja radical de las tasas de interés —hoy diez puntos por encima de la inflación, en 13,75%—.

Pero ese movimiento agudizará la cuestión social, que requiere de un liderazgo firme y confiable para evitar que se dispare una crisis en un país del tamaño de Brasil. Y necesita del apoyo del Congreso, que no fue dócil con Jair Bolsonaro, quien debió entregarle una parte secreta y significativa del presupuesto para que no lo destituyan.

Hay otra dimensión de este escenario. Para Estados Unidos comienza a perfilarse una victoria central. Colocar un líder alineado en la segunda economía del hemisferio consolida la estrategia de controlar la región. Las últimas siete presidenciales latinoamericanas acabaron con victorias de líderes bendecidos por la Casa Blanca. Y Brasil puede ser el siguiente.

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