Martín, el gallo que espera hace ocho años frente a un hospital oncológico tras la muerte de su cuidador
A las 6 de la mañana, Martín baja de un árbol y vuelve a la puerta del hospital. Allí pasa las horas, entre pacientes, familiares, ambulancias y vendedores que ya lo conocen. El gallo lleva unos ocho años en los alrededores de un centro oncológico de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, desde la muerte de un paciente con cáncer que lo llevó hasta ese lugar.
Nadie puede saber si entiende la ausencia; tampoco si espera un regreso que no llegará. Pero Martín sigue allí. Recorre las veredas, busca comida, se resguarda cuando llueve y al caer la tarde vuelve a subir a un árbol para dormir. Con el paso del tiempo, su presencia se volvió parte de la rutina del Instituto Oncológico del Oriente Boliviano.
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Su historia recobró circulación internacional cuando se difundieron nuevas imágenes del gallo frente al hospital. Las imágenes mostraron a un animal ya conocido por la comunidad de la zona, que lo alimenta y protege desde hace años. En las redes sociales muchos comenzaron a llamarlo el “Hachiko boliviano”, en referencia al perro japonés que permaneció durante años en una estación de tren tras la muerte de su cuidador.
Todo comenzó cuando Martín llegó al centro médico junto a un paciente que debía recibir tratamiento oncológico. El paciente murió y el gallo quedó afuera, ya que el hospital no permite animales en sus instalaciones.
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La trabajadora social Rosmery Guardia explicó a Reuters que el animal permanece en el lugar desde entonces. Según su relato, Martín llegó hace ocho años y quedó bajo el cuidado de personas que frecuentan el hospital. “El paciente murió y Martín está aquí hace ocho años”, afirmó.
El tiempo convirtió al ave en una figura familiar en la entrada del hospital oncológico de Santa Cruz de la Sierra. Para quienes atraviesan consultas, tratamientos o largas horas de espera, Martín aparece como una presencia constante, ajena al ritmo de las historias que entran y salen del centro médico.
La supervivencia de Martín no depende ahora de un único cuidador. Trabajadores del centro, visitantes, comerciantes y vecinos le acercan alimento y agua. Entre ellos está Juan Claros, quien se ocupa de darle de comer y de cortarle las uñas cuando crecen demasiado.
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“Le corto las uñas porque, si no, no puede caminar”, relató Claros. También explicó que Martín se acerca por la tarde para pedir comida y agua. El gallo tiene preferencia por el maní, aunque otros testimonios locales mencionan la pipoca, como se conoce en Bolivia a las palomitas de maíz.
Juan Claros y su familia lo consideran “El gallo del Oncológico”. Ricardo Claros, hijo de Juan, aseguró que no permiten que nadie se lo lleve. Según contó, Martín tuvo una gallina y pollitos, pero ambos fueron robados.
La comunidad no intenta domesticarlo por completo. Martín camina libremente por los espacios exteriores y no se deja atrapar con facilidad. Esa independencia, sumada al cuidado colectivo, le permitió sostenerse en un entorno urbano atravesado por el tránsito y el movimiento constante de personas.
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La rutina del gallo se repite desde hace años. Durante el día ronda los alrededores del instituto. Cuando cambia el clima, encuentra refugio por sus propios medios. De noche duerme en un árbol cercano y baja temprano, cerca de las 6 de la mañana, para volver al lugar que convirtió en su territorio. Luego, se mueve entre la puerta del hospital y los comercios de la zona, donde recibe alimento de manera habitual.
En mayo de 2026, el canal boliviano Red Uno recogió testimonios de trabajadores que situaron la llegada del gallo antes de la pandemia de COVID-19. Una empleada recordó que el paciente ingresó al hospital y Martín permaneció afuera, “como cuando uno espera a su familiar”.
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Esa frase resume la percepción de quienes lo ven todos los días. La escena puede parecer simple: un gallo que camina frente a un hospital. Sin embargo, cada persona que se detiene a mirarlo conoce, con variantes, el relato que lo acompaña desde hace años.
Las recientes imágenes difundidas por Reuters volvieron a poner a Martín en circulación fuera de Bolivia. La comparación con Hachiko se instaló de inmediato, aunque los dos casos pertenecen a especies y contextos distintos.
Hachiko fue un perro de raza akita que esperó durante casi una década a su tutor en la estación de Shibuya, en Tokio, tras su muerte. Martín, en cambio, es un gallo que se quedó en el perímetro de un hospital oncológico de Bolivia, donde encontró alimento, refugio y una comunidad que lo reconoce.
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La comparación no prueba los motivos de su comportamiento. Sí refleja el efecto que produce su permanencia en un mismo lugar durante tantos años. Para pacientes y familiares, el animal quedó ligado a la entrada del instituto y a una historia de pérdida que se transmite de boca en boca.
Cada mañana, Martín vuelve a bajar del árbol. Afuera del hospital, entre quienes llegan para atenderse y quienes esperan noticias, el gallo conserva el sitio que ocupa desde hace alrededor de ocho años.
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