Alejandro Galliano: “Nadie está pensando en una IA sin regulación, la discusión es qué regulación”

La discusión sobre la inteligencia artificial ya no pasa por determinar si debe existir algún tipo de regulación, sino por definir qué reglas se aplicarán, quién tendrá la capacidad de establecerlas y hasta dónde podrán intervenir los Estados frente a compañías que concentran buena parte del desarrollo tecnológico. Para el filósofo y docente Alejandro Galliano, ese es el verdadero debate que atraviesa a los gobiernos y a la industria.
“Es obvio que se va a tener que regular. Y si uno escucha a los principales referentes de las empresas que están desarrollando esto, no están diciendo que no haya regulación, están pidiendo una regulación acorde a sus intereses”, sostuvo en diálogo con Infobae al Regreso.
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Sus declaraciones se produjeron después de que Javier Milei defendiera ante la Asamblea General de las Naciones Unidas una estrategia orientada a convertir a la Argentina en un destino para el desarrollo de inteligencia artificial, con un marco jurídico de vanguardia, beneficios fiscales y el compromiso de no regular preventivamente la actividad.
Galliano puso el foco en la dimensión económica de esa decisión. Consideró que el Gobierno busca generar condiciones excepcionales para atraer capitales internacionales y vinculó esa estrategia con el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones. “Milei tiene otro problema, que es atraer inversiones a Argentina. Entonces está apretando como el único botón que le queda ahora, que es el RIGI”, afirmó.
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El filósofo aclaró que su planteo apunta al espíritu de la política de incentivos y no a sostener que el régimen elimine controles. “Me refiero al espíritu del RIGI, que es ofrecerle condiciones excepcionales a capitales internacionales para que vengan a desarrollar acá”, explicó.
Para Galliano, existe además una dificultad que diferencia a esta industria de otras actividades económicas: su evolución todavía resulta imprevisible. “No es la minería, que tiene 500 años de consolidación. No se sabe exactamente qué es lo que puede llegar acá”, señaló.
La incertidumbre tecnológica es uno de los ejes de su argumento. Galliano considera que establecer normas sobre sistemas cuyo funcionamiento interno todavía resulta difícil de explicar plantea un problema particular para los Estados.
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“Todavía no está madura la inteligencia artificial. Todavía no sabemos exactamente qué es la inteligencia artificial”, sostuvo.
Por eso, planteó que las normas no pueden pensarse como un esquema cerrado e inmutable. “Cualquier regulación que vos pienses ahora, sabé que tiene que haber cierta cibernética, cierto feedback entre lo que estás regulando y lo que pasa”, explicó.
El debate, según su análisis, también involucra los recursos necesarios para sostener el desarrollo de estos modelos. Las compañías necesitan grandes cantidades de recursos naturales, humanos y financieros y, al mismo tiempo, recurren a los Estados para garantizar parte de esas condiciones.
“Si la inteligencia artificial llegó hasta acá no es porque pudo, sino porque la dejamos los seres humanos”, afirmó.

La frase sintetiza una de las ideas centrales de su planteo: el avance tecnológico no es completamente autónomo. Detrás de su expansión hubo decisiones empresariales, políticas y sociales que permitieron que estas herramientas pasaran de los laboratorios a millones de usuarios.
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La discusión adquiere otra dimensión cuando Galliano se refiere al impacto de la inteligencia artificial sobre la propia definición de lo humano.
Durante siglos, explicó, las máquinas fueron capaces de reproducir capacidades físicas. La mecanización modificó el trabajo y obligó a las sociedades a adaptarse a una vida en la que cada vez se requería menos esfuerzo corporal.
La diferencia estaba en otro lugar. “Dijimos: ‘¿Dónde queda la naturaleza humana? ¿Qué es lo que nos distingue de los demás? Combinamos símbolos, combinamos palabras, combinamos imágenes, eso es cultura’”, recordó.
La inteligencia artificial vuelve a poner esa frontera en discusión porque puede producir textos, imágenes y otros contenidos simbólicos. Por eso, Galliano sostuvo que “la inteligencia artificial nos viene a pegar en el último reducto que nos quedaba como seres humanos”.
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A su entender, se trata de una transformación que excede la discusión sobre una aplicación concreta y que deberá ser procesada socialmente. “Es un problema que vamos a tener que digerir civilizacionalmente”, afirmó.

Galliano también cuestionó que los chatbots hayan sido convertidos en plataformas de uso prácticamente universal. El problema, para él, no reside solamente en lo que estas herramientas pueden hacer, sino en haber decidido ponerlas a disposición de cualquier usuario para prácticamente cualquier necesidad.
“¿Era necesario plataformizar los chatbots? ¿Era necesario generar una aplicación que en un celular le permite a cualquiera preguntarle qué le pasa a mi bebé, qué remedio tengo que dar?”, planteó.
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La misma preocupación aparece frente a situaciones de vulnerabilidad. “En medio de un brote psicótico, yo puedo preguntarle a un chatbot. ¿Era necesario llevar la herramienta de la inteligencia artificial a un punto en que puede llegar a hacer daño por mal uso?”, preguntó.
Frente a esa expansión, propuso una alternativa que reconoció como poco popular: restringir determinados usos. “No usarla para todo. Tomarla como si fuera un recurso escaso”, resumió.
Su argumento parte de una consideración adicional: el uso masivo también beneficia a las propias compañías porque las interacciones de millones de personas aportan información para el desarrollo de los modelos. “Todos los usuarios de IA somos entrenadores gratuitos de la IA”, sostuvo.
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Para Galliano, esa justificación podría perder fuerza a medida que los sistemas requieran menos participación pública para continuar su evolución. En ese punto, considera necesario volver a discutir qué sentido tiene mantener un acceso completamente abierto.

El riesgo de que la IA termine debilitando la web
El docente también advirtió sobre una paradoja que puede afectar al ecosistema digital. Los modelos necesitan información producida en internet, pero su expansión puede llevar a que cada vez más personas dejen de visitar directamente las páginas y recurran a plataformas de inteligencia artificial para obtener respuestas.
“Las IAs se están comiendo la web, porque todos los inputs vienen de la web, pero al mismo tiempo la gente está dejando de usarla porque va a la plataforma”, explicó.
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El problema alcanza particularmente a los medios y a los productores de contenido, que forman parte de las fuentes de información utilizadas por estos sistemas. “Si nadie usa los buscadores, la web se va a extinguir. ¿Y de dónde va a sacar información?”, planteó.
La paradoja, entonces, es que una tecnología que necesita del ecosistema abierto de internet para alimentarse podría contribuir al debilitamiento de ese mismo ecosistema.
Para explicar la dimensión política del fenómeno, Galliano recurrió a una comparación histórica con la carrera atómica. Según su análisis, la analogía permite observar qué ocurre cuando una tecnología estratégica adquiere una importancia que excede a sus propios desarrolladores.

“Hasta que se logró la fisión intervino el Estado. Y ahí vino una competencia muy dura entre dos potencias”, recordó.
La diferencia que observa en el presente está en la naturaleza de quienes concentran la capacidad tecnológica. “Hoy tenemos poder privado económico con el poder de la inteligencia artificial”, afirmó.
Ese poder también aparece en los modelos que Galliano define como una “caja negra”, porque sus procesos internos no son completamente transparentes para quienes los utilizan. Para explicar los riesgos de establecer objetivos sin límites claros, recurrió a una imagen deliberadamente extrema: si se le pide a un sistema producir clips para el pelo sin establecer restricciones, podría orientar todos los recursos disponibles hacia ese objetivo.
La comparación apunta a una cuestión concreta: la dificultad no está solamente en lo que una máquina puede hacer, sino en quién define sus objetivos y qué límites existen alrededor de ellos.
“No saben exactamente qué están regulando”
Al final de la conversación, Galliano volvió sobre la discusión que atraviesa la estrategia argentina. El problema, según su análisis, es que tanto quienes defienden una intervención estatal como quienes proponen dejar actuar libremente a la industria enfrentan un mismo límite: el conocimiento disponible sobre la tecnología.

“Milei, cuando dice: ‘Dejémosla libre’, no sabe exactamente qué está dejando libre. Y los que dicen: ‘Regulémosla’ tampoco saben exactamente qué están regulando”, sostuvo.
Por eso, su planteo no se reduce a una oposición entre mercado y Estado. Para Galliano, el desafío consiste en construir mecanismos capaces de adaptarse a una tecnología que cambia con rapidez, mientras los gobiernos intentan comprenderla y establecer reglas.
La discusión sobre la inteligencia artificial, en definitiva, excede la llegada de nuevas aplicaciones o la competencia por atraer inversiones. También involucra quién controla una tecnología cada vez más relevante, qué capacidad tienen los Estados para establecer límites y cómo se toman decisiones sobre sistemas cuyo funcionamiento todavía no termina de conocerse.
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