La naturaleza logró en Granada lo que los antiguos egipcios tardaron siglos en perfeccionar: conservar cuerpos humanos
Una cueva granadina guarda uno de los casos de momificación humana accidental más antiguos de Europa occidental, con cuerpos, cestos y sandalias de miles de años de antigüedad.
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Cuando, a mediados del siglo XIX, unos mineros se adentraron en una gruta de la costa granadina en busca de plomo, poco podían imaginar lo que encontrarían en su interior. Entre el polvo y la oscuridad del lugar, aparecieron decenas de cuerpos que, después de miles de años bajo tierra, todavía conservaban la piel, el cabello e incluso restos de ropa. En aquella cavidad de dimensiones modestas, conocida hasta entonces solo por sus colonias de murciélagos, se encontraba un yacimiento excepcional.
Aquel hallazgo, ocurrido en la llamada Cueva de los Murciélagos de Albuñol, se considera hoy uno de los casos documentados de momificación humana accidental más antiguos de Europa occidental. Nadie embalsamó a esos cuerpos, sino que las propias condiciones de la cueva, caracterizada por su extrema sequedad, impidieron que se descompusieran. Este cúmulo de circunstancias ha permitido a la ciencia actual reconstruir con un detalle insólito cómo vivían, qué comían y cómo enterraban a sus muertos las últimas comunidades de cazadores-recolectores y los primeros agricultores del sur de Europa.
Nadie embalsamó a los 68 cuerpos de la Cueva de los Murciélagos: fue la propia sequedad de la roca la que impidió que se descompusieran durante milenios.

De la fiebre del guano al hallazgo de 68 cuerpos
La historia del descubrimiento arranca en 1831, cuando un propietario local llamado Juan Martín descubrió la cueva atraído por la enorme cantidad de guano acumulado en su interior, un abono muy codiciado en la época. Años después, una compañía minera se interesó por una veta de galena, un mineral rico en plomo, presente en la cueva.
Las cuadrillas comenzaron a excavar en las zonas más profundas de la cavidad. Fue entonces cuando los trabajadores toparon con algo inusual: los restos parcialmente momificados de 68 individuos, acompañados de ajuares funerarios compuestos por punzones de hueso, puntas de flecha, herramientas de piedra, cestos y una veintena de sandalias de esparto.
El desconocimiento de la época jugó en contra del hallazgo. Muchos objetos (e incluso cuerpos) se utilizaron como combustible o se repartieron entre los vecinos de la zona. Del centenar de restos humanos localizados, hoy solo se conserva el cráneo de un niño, custodiado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. El arqueólogo Manuel de Góngora y Martínez (1822-1884), catedrático de Prehistoria en la Universidad de Granada, fue el primero en estudiar los materiales supervivientes y en defender su origen prehistórico, mucho antes de que existiera el radiocarbono para confirmarlo.
La cestería hallada en Albuñol tiene hasta 9.500 años y constituye la evidencia de cestería más antigua conocida en todo el sur de Europa.
¿Por qué la cueva preservó los cuerpos?
La descomposición de un cadáver depende, sobre todo, de la actividad bacteriana. Las bacterias necesitan humedad para proliferar, así que, en un ambiente húmedo un cuerpo se descompone en pocas semanas. En un entorno extremadamente seco, en cambio, los tejidos pierden agua tan rápido que las bacterias no llegan a desarrollarse. Se obtiene así un cuerpo perfectamente conservado: una momia natural.

Eso es exactamente lo que ocurrió en Albuñol. La cueva se sitúa a 450 metros de altitud, con una entrada que, por su orientación, favorece una ventilación constante y una sequedad casi absoluta en su interior. Esas condiciones, poco frecuentes en el Mediterráneo, actuaron como una cámara de conservación natural durante milenios. Así, no solo se preservaron los cuerpos, sino que también sobrevivieron materiales orgánicos tan frágiles como el esparto trenzado, la madera o el cuero, algo excepcional en cualquier yacimiento europeo de esa antigüedad.
Un fragmento de cuero de cabra de más de 7.000 años ha permitido extraer ADN nuclear en condiciones nunca antes documentadas fuera de contextos helados.
La ciencia del siglo XXI al rescate
El interés científico por la cueva se ha disparado en los últimos años gracias al proyecto MUTERMUR, liderado por la Universidad de Alcalá y la Comunidad de Madrid, y en el que participan otras entidades como el CSIC, la Universitat Autònoma de Barcelona y la Universidad de Granada. En 2023, un equipo dirigido por Francisco Martínez-Sevilla analizó decenas de objetos de cestería procedentes de la cueva y publicó los resultados en la revista Science Advances. Las cestas se dataron hace unos 9.500 años: se trata de la evidencia de cestería más antigua conocida en el sur de Europa, elaborada por cazadores-recolectores del Mesolítico. Las sandalias de esparto y un mazo de madera se fecharon en torno a los 6.200 años AP, ya en el Neolítico.
Más recientemente, un análisis genético publicado en 2025 ha estudiado un fragmento de cuero de cabra hallado en la cueva. Datado entre 7.246 y 7.008 años, los investigadores lograron extraer ADN nuclear de la piel curtida, algo inédito en un material desecado fuera de contextos de permafrost o de alta montaña. El estudio confirmó que pertenecía a una cabra doméstica emparentada con razas actuales del norte de España. El estudio detectó también restos de ADN humano en la superficie del cuero, un indicio de que la prenda de cuero fue manipulada tras la muerte de su dueño, probablemente al depositarla como ofrenda funeraria.
A diferencia de otros casos europeos basados solo en la posición de los huesos, en Granada sobrevivieron piel, cabello y ropa reales.

Un antes y un después en la historia de las costumbres funerarias europeas
La relevancia del hallazgo de la Cueva de los Murciélagos se entiende mejor si se compara con otro caso célebre. En 2022, un estudio sobre enterramientos mesolíticos del valle del Sado, en Portugal, sugirió que allí se había practicado la momificación deliberada hace unos 8.000 años. Esa conclusión, sin embargo, se basó únicamente en la posición de los huesos, ya que no se conservó ningún tejido blando. Los cuerpos de la Cueva de los Murciélagos ofrecen algo mucho más raro: piel, cabello y prendas, supervivientes físicos de una época que se remonta a más de 9.000 años AP. Mucho antes de que Egipto convirtiera la momificación en un ritual de poder, la naturaleza ya se encargaba de preservar cuerpos humanos.
Referencias
- Rus, Javier Carrasco y Juan Antonio Pachón Romero. 2009. "Algunas cuestiones sobre el registro arqueológico de la Cueva de los murciélagos de Albuñol (Granada) en el contexto Neolítico andaluz y sus posibles relaciones con las representaciones esquemáticas". Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada 19: 227-287. URL: https://revistaseug.ugr.es/index.php/cpag/article/view/190
- Erven, Jolijn AM, et al. 2025. "Genetic analysis of 7,000-year-old preserved goat leather from Cueva de los Murciélagos (Albuñol, Spain)." bioRxiv: 2025-12. DOI: 10.64898/2025.12.01.691547.
- Martínez-Sevilla, F., Herrero-Otal, M., Martín-Seijo, M. et al. 2023. "The earliest basketry in southern Europe: Hunter-gatherer and farmer plant-based technology in Cueva de los Murciélagos (Albuñol)". Science Advances, 9(39), eadi3055. DOI: https://doi.org/10.1126/sciadv.adi3055
- Proyecto MUTERMUR. URL: https://cuevamurcielagosalbunol.com/
- Peyroteo-Stjerna, R., Nilsson Stutz, L., Mickleburgh, H. y Cardoso, J. 2022. "Mummification in the Mesolithic: New Approaches to Old Photo Documentation Reveal Previously Unknown Mortuary Practices in the Sado Valley, Portugal". European Journal of Archaeology, 1-22. DOI: https://doi.org/10.1017/eaa.2022.3
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