Hay que hacer valer el poder de la cultura en el tablero internacional
El poder de un Estado en el escenario global no depende solo del tamaño de su economía, de su territorio o de su capacidad militar. En las relaciones internacionales existe también una forma menos visible, pero no por eso menos efectiva, de ejercer influencia: la capacidad de atraer, generar confianza, construir prestigio y conseguir que otros actores se identifiquen con determinados valores, ideas o formas de entender el mundo.
El politólogo norteamericano Joseph Nye definió esa capacidad como soft power (poder blando): influir mediante la atracción y la persuasión en lugar de recurrir a la coerción. La cultura ocupa un lugar central en ese universo. Una lengua, una película, una canción, un escritor, una obra de arte, un plato típico o una determinada manera de vivir pueden construir percepciones sobre un país con una eficacia difícil de alcanzar mediante los instrumentos tradicionales de la política exterior.
Para los Estados que no disponen de grandes recursos de hard power (poder duro), esta cuestión adquiere una dimensión estratégica. Los países pequeños y medianos, con capacidades militares limitadas o menor peso económico, difícilmente puedan competir con las grandes potencias en los terrenos clásicos del poder. Pero esa asimetría no los condena a la irrelevancia.
Un país que no puede imponer puede atraer. Un Estado que carece de capacidad de coerción puede construir prestigio, reconocimiento y confianza a partir de recursos que no dependen de su dimensión territorial, demográfica o militar: su cultura, sus valores, su creatividad, su patrimonio y su producción intelectual y artística.
Para estos países, el poder blando no debería ser un complemento ornamental de la política exterior, sino uno de sus pilares. La cultura presenta, además, una ventaja singular: puede llegar allí donde la política encuentra resistencias. Una película, un libro, una canción o una exposición pueden generar familiaridad y construir confianza incluso cuando las relaciones políticas son débiles o conflictivas.
No se trata de una idea nueva. Desde la antigüedad, Confucio ya había advertido sobre la importancia de la persuasión y lo mismo hizo Maquiavelo. Desde fines del siglo XIX, con instituciones como la Alianza Francesa o la Sociedad Dante Alighieri, numerosos Estados comprendieron que la cultura es un instrumento de presencia e influencia internacional.
Las teorías de las relaciones internacionales observaron el fenómeno desde diferentes perspectivas. El idealismo asociado a Woodrow Wilson encontró en el entendimiento entre las sociedades una forma de reducir los conflictos. Nye y Robert Keohane destacaron luego la creciente interdependencia de las relaciones internacionales. Incluso el realismo, que privilegia los recursos tradicionales de poder, advirtió, a través de autores como Hans Morgenthau y Henry Kissinger, la importancia de los factores culturales.
El poder duro consiste en lograr que el otro haga lo que uno quiere porque se siente coercionado, una imposición que suele generar resistencia y resentimiento. El poder blando, en cambio, procura que el otro actúe en el sentido que deseamos porque ha sido persuadido, comparte nuestros valores o está convencido de que también es lo que quiere hacer.
Esa influencia tiene consecuencias concretas. La imagen que proyecta un país incide sobre su capacidad de atraer inversiones, promover el turismo, consolidar una Marca País, generar alianzas, convocar inmigración calificada y ampliar sus márgenes de acción internacional. Es en ese marco donde aparece la diplomacia cultural: una política deliberada mediante la cual los Estados a través de la cultura proyectan su identidad y sus valores, mejorar su imagen, fortalecer relaciones y generar entendimiento con otras sociedades.
Pero la proyección internacional de la cultura tiene otra dimensión, diferente aunque complementaria: la internacionalización. Ésta refiere a la circulación de bienes, servicios, creadores y producciones culturales más allá de las fronteras nacionales. Su finalidad no tiene por qué ser diplomática: busca ampliar audiencias, ingresar a nuevos circuitos y mercados y generar oportunidades económicas y profesionales para artistas, empresas y organizaciones culturales.
La diferencia es importante. Una producción cultural puede alcanzar un enorme éxito internacional sin contribuir necesariamente a fortalecer la imagen del país del que procede. La internacionalización mide su éxito por los públicos alcanzados, los mercados conquistados, las oportunidades generadas y su capacidad de producir ingresos de divisas.
Internacionalizar no significa simplemente “mostrar” cultura en el exterior. Significa construir mercados, desarrollar audiencias, generar ingresos, profesionalizar estructuras, diversificar fuentes de financiamiento y reducir la dependencia de un único mercado. En definitiva, crear condiciones para que artistas, organizaciones y empresas culturales puedan sostener su actividad en el tiempo.
Es allí donde política pública e iniciativa privada se complementan. Las cancillerías y las agencias de promoción comercial pueden abrir puertas, facilitar contactos, generar visibilidad y reducir barreras. Pero los protagonistas son los actores culturales: creadores, intérpretes, editoriales, productoras, galerías, museos, empresas audiovisuales, plataformas digitales, estudios de diseño, sellos discográficos y organizadores de festivales, entre otros.
La revolución digital multiplicó esas posibilidades: la desmaterialización de los soportes modificó las formas de producir, distribuir y consumir cultura y permite que una creación alcance públicos situados a miles de kilómetros.
Se configura así una doble estrategia. Hacia afuera, la cultura puede construir prestigio, confianza e influencia y mejorar la inserción internacional del Estado. Hacia adentro, la internacionalización puede generar actividad económica, ingresos y oportunidades que fortalezcan a quienes producen cultura.
Diplomacia cultural e internacionalización son diferentes pero complementarias. La primera responde a los objetivos estratégicos de la política exterior; la segunda procura que artistas, proyectos y empresas culturales encuentren públicos, circuitos y mercados más allá de sus fronteras. Países como Corea del Sur han logrado hacer de ambas verdaderos pilares de su proyección internacional y de su economía.
Porque el poder de una nación no se mide únicamente por aquello que puede imponer, sino también por aquello que es capaz de inspirar.
Nathalie Peter y Facundo de Almeida son autores del libro “El Poder de la Cultura: teoría y práctica en el escenario internacional” (Penguin Random House, Montevideo, 2025)
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