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Friday, September 11, 2026

A 25 años del 11-S: ¿Ganó Bin Laden?

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Veinticinco años después del 11-S, es tentador reafirmar que el proyecto de Osama bin Laden fracasó. Al-Qaeda fue desmantelada, su liderazgo fue perseguido y eliminado y el propio Bin Laden fue ubicado y asesinado por las fuerzas especiales estadounidenses. Tal vez lo más importante es que no se ha repetido un ataque como el del 11 de septiembre en suelo estadounidense.

Sin embargo, mirando hacia atrás, uno no puede evitar preguntarse si Bin Laden realmente perdió.

Consideremos el mundo de septiembre de 2001. Los talibanes gobernaban Afganistán y le entregaban refugio a Al-Qaeda. Pakistán era un socio de EE.UU. en cuyo territorio terminaría siendo descubierto Bin Laden. Quince de los diecinueve secuestradores eran ciudadanos sauditas. El fundamentalismo islámico era visto por EE. UU. como el principal desafío en el Medio Oriente.

Un cuarto de siglo después, tras haber invertido años, miles de vidas y miles de millones de dólares intentando eliminarlos, los talibanes están de nuevo en Kabul. Arabia Saudita es un socio estadounidense crucial. Pakistán sigue siendo una potencia nuclear. A ellos habría que sumar Turquía, miembro de la OTAN, pero que busca levantar una esfera de influencia en la región inspirada en su pasado otomano. Los tres están llegando a nuevos acuerdos estratégicos independientes de Washington.

En Europa, la eurocrisis de 2008 nunca realmente desapareció, transformándose en una reacción permanente al estancamiento económico, la transformación demográfica y los desafíos de vivir tan cerca de una Rusia expansionista. Pero tanto el tema migratorio como la indiferencia de Estados Unidos hacia su alianza histórica con Europa pueden encontrar sus semillas en los ataques del 11-S (y las subsecuentes guerras y estallidos que crearon múltiples olas de refugiados).

Aún más llamativo es lo que ha ocurrido dentro de Estados Unidos. Nueva York, la ciudad más afectada por el 11-S, ha elegido a un alcalde musulmán que no solamente fue crítico – para ponerlo de una manera generosa – con la respuesta estadounidense al 11-S, sino que defendía a líderes de Al-Qaeda como Anwar al-Awlaki, clérigo estadounidense-yemenita que inspiró varios ataques terroristas. En Michigan, Abdul El-Sayed se ha convertido en el favorito del Partido Demócrata. Los musulmanes estadounidenses, que antes eran vistos con sospecha tras los ataques, se han convertido en participantes cada vez más visibles en la vida política.

El marco conceptual a través del cual una parte significativa de Estados Unidos, especialmente la izquierda progresista, pero también figuras influyentes de la derecha como Tucker Carlson, ve el Oriente Medio se ha invertido. Para muchos, la amenaza central se entiende cada vez más no como el extremismo islamista o los regímenes revolucionarios, sino como el propio poder occidental. El año pasado, un 18% de los jóvenes estadounidenses tenía una opinión favorable de Hamás (esa cifra ha bajado a 13%), mientras que en 2024 un 20% de los jóvenes mantenía una actitud favorable hacia Osama bin Laden. Al mismo tiempo, en 2024 un 24% de la población estadounidense, según una encuesta de la Anti Defamation League, albergaba actitudes antisemitas (un aumento de 15% desde el 2014).

Esta transformación se ha hecho especialmente visible durante la guerra con Irán. Nuevamente, son los jóvenes, influidos por las redes sociales, los que son más proclives a dudar de la amenaza que presenta Irán y, de hecho, son más escépticos respecto del rol internacional de EE. UU. Para muchos, especialmente en el mundo progresista, el temor hacia el terrorismo, el yihadismo y el extremismo religioso que dominó la política estadounidense tras el 11 de septiembre ha sido desplazado por otros conceptos que los horrorizan: colonialismo, ocupación, apartheid e imperialismo occidental.

¿Qué es lo que ocurrió?

A pesar del éxito de haber evitado más ataques similares (algo que no estaba nada claro después del 11-S), la reacción militar de EE. UU. al atentado es visto como un fracaso. El país dedicó dos décadas a intentar eliminar el extremismo islámico de Afganistán (ignorando las lecciones de las experiencias soviéticas y británicas en un territorio imposible de domar). Irak, por su lado, transformó lo que debía haber sido una respuesta al terrorismo islamista en una guerra contra una dictadura laica que no tuvo nada que ver con los ataques. Ambas ocupaciones destruyeron gran parte de la autoridad moral que Washington poseía en septiembre de 2001.

Peor aún, estos fracasos tuvieron un impacto en la opinión pública (y en la clase política) que tal vez indica un sobreaprendizaje, de tal manera que hoy lo que impera es el aislacionismo, especialmente entre los jóvenes. Según una encuesta del año pasado, mientras un 73% de los baby boomers consideraba que era aconsejable que EE. UU. mantuviera un rol activo en el sistema internacional, solo un 49% de quienes pertenecen a la Generación Z pensaba lo mismo.

Como consecuencia, Washington empezó a reconocer que su poder tenía límites. “La acción militar estadounidense”, dijo Barack Obama en un discurso en West Point en 2014, “no puede ser el único —ni siquiera el principal— componente de nuestro liderazgo en todos los casos”. Donald Trump se jactaba durante su primer gobierno de haber sido el primer presidente desde Jimmy Carter que no había enviado soldados a nuevos conflictos (un récord que no mantuvo en su actual administración).

Osama bin Laden nunca iba a derrotar a EE. UU., pero sabía que podría provocarlo. Al-Qaeda esperaba que un ataque como el que realizó obligara a EE. UU. a responder, enredándolo en guerras lejanas y costosas, radicalizando poblaciones, fracturando alianzas y, en última instancia, agotando la disposición estadounidense a proyectar poder. Washington cayó en la trampa. Veinticinco años más tarde, los estadounidenses son cada vez más reacios a pelear otra guerra en el Medio Oriente. El extremismo islamista no desapareció. Los talibanes siguen siendo los talibanes y siguen gobernando en Afganistán. El régimen iraní no ha abandonado su revolución ni sus objetivos de destruir a Israel y al Occidente. Hamás no dejó de ser una organización islamista porque el sufrimiento palestino se hiciera más visible, mientras que la relación de Israel con Estados Unidos se ha deteriorado drásticamente.

El 11 de septiembre es una fecha clave para Chile, pero en su versión de 2001 representa un día fundamental en la historia mundial. Podría considerarse como el momento en que la post-Guerra Fría – ese breve período que comenzó con la caída del Muro de Berlín y durante el cual realmente parecía que el liberalismo y la democracia habían prevalecido – se transformó en otra cosa. Demostró que, aunque Estados Unidos seguía siendo el país más poderoso del mundo, podía ser desafiado por actores no estatales, lo que alteró no solamente el rol de EE. UU. en el mundo, sino el propio sistema internacional, que consideraba al Estado como unidad basal. A la vez, al intentar responder a un oponente efímero y fanático, EE. UU. se vería impulsado a abusar de su poder de forma tan espectacular que su propio liberalismo terminaría siendo amenazado desde dentro, ya fuera a través de medidas draconianas antiterroristas o mediante la creación de un movimiento político que, aprovechándose del temor, ofrecería seguridad a costa de aspectos fundamentales de la democracia. Una generación más tarde, luego de abusos y errores (pero también de éxitos menos reconocidos), muchos estadounidenses desconfían instintivamente de las instituciones sobre las cuales descansa la democracia liberal. Peor aún, es un fenómeno que no se limita a Norteamérica. En este sentido, vale preguntarse si no le hemos entregado a bin Laden su triunfo. O, al menos, si hemos entrado en una nueva era.

Por Robert Funk, Instituto de Asuntos Públicos, Universidad de Chile.

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