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Thursday, September 17, 2026

Las mieles de escribir

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Cuando se me aparece una idea para un nuevo libro, ya quiero haberlo escrito, embriagarme con las mieles del después, el deleite de los premios, el “aclamado” de la prensa ante una obra tan sobresaliente, los contratos millonarios para traducciones, las giras internacionales y todo lo que, por supuesto, no ocurre. Esto es especialmente atractivo si se trata de escribir un libro breve, un librito, como quien dice. Un ensayito personal para esperar las grandes novelas, los galardones definitivos, la consagración: la inmortalidad.

Entonces, iba a escribir un librito con ínfulas de joya oculta que me asaltó después de una conversación con un periodista que me había lanzado una interpretación de mis novelas digna de Lacan y me había dejado pasmada. Pero no fue sino después que pensé en escribirlo, para recuperarme de semejante verdad. Es decir, los escritores no dejamos las verdades al desnudo, las vestimos de gala para que bamboleen sus plumas aquí y allá. Entonces, un rato después de resistir, porque los escritores somos —ante todo— expertos en aguantar la insistencia de las ideas, le concedí la entrada al librito, como quien deja al perro afuera en invierno y le concede la entrada solo si éste lo tortura con su reclamo imperturbable: o me abrís la puerta, o moriremos los dos, yo de frío y vos de remordimiento. Los escritores también somos hijos del rigor, hay que decirlo. Bueno, entonces, un rato después de resistir, le concedí la entrada a condición de que fuera pequeño, menos de cien páginas, algo que iba a escribir en tres meses a cambio de satisfacción rápida. Los escritores necesitamos satisfacción a corto plazo, eso también hay que decirlo. Quizá por eso asistimos a cócteles, organizamos presentaciones y toda clase de pavadas para obtener algo de miel porque si no, les confieso, escribir puede volverse una forma de locura. Entonces, iba a ser un librito de esos que te leés en un viaje en colectivo.

Cuando abrí el nuevo documento, escribí sin parar el germen del prólogo, un itinerario de capítulos y frases sueltas que no supe organizar. Digamos que escribí como quien corre pero comienza a aminorar al intuir, cual Truman (Show), que donde parece que hay un mundo, uno se va a dar contra la pared. Si quería que el ensayito fuera más que un maquillaje de opiniones, iba a tener que investigar, algo que, por supuesto, no se resuelve en tres meses. Con esto llego, por fin, al punto, porque la escritura es así, morosa, siempre lleva más tiempo del que uno quisiera, pero sobre todo implica un destiempo. Ese es el punto: el destiempo. Sería hermoso ser vedette pero una es escritora y está más preparada para agachar la cabeza que otra cosa: olvidar las mieles para escribir durante el tiempo que haga falta, tener el librito para que, con suerte, encuentre un editor y, como mínimo seis meses después, llegue a las librerías y ahí sí, por fin… pero cuando eso pasa, una ya tiene otro perro exigiendo que se le abra la puerta. Un librito, algo pequeño.

Natalia Zito

Escritora y psicoanalista.

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