Científicos descubren que nuestros antepasados caminaron sobre dos piernas durante millones de años sin abandonar los árboles
Un análisis de fósiles de hasta 3,67 millones de años revela que nuestros antepasados caminaron erguidos mucho antes de abandonar definitivamente la vida en los árboles.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Caminar sobre dos piernas es una de las características que mejor definen al ser humano. Sin embargo, nuestros antepasados no bajaron de los árboles de un día para otro. Durante millones de años, caminaron erguidos por el suelo mientras conservaron capacidades que les permitían desenvolverse entre las ramas. Ahora, una investigación publicada en Science Advances aporta una nueva pista para determinar cuándo comenzó a desaparecer definitivamente esa doble vida.
El trabajo, dirigido por Kristian J. Carlson, de la Universidad del Sur de California, analiza fósiles de varios homininos que vivieron aproximadamente entre hace 3,7 y 1,5 millones de años. En lugar de fijarse únicamente en la forma exterior de sus esqueletos, los investigadores estudiaron algo que puede resultar mucho más revelador: la resistencia de los huesos de brazos y piernas.
La razón es sencilla. Los huesos no son estructuras completamente estáticas. Durante el crecimiento responden, en cierta medida, a las cargas mecánicas a las que están sometidos. Un animal que utiliza habitualmente los brazos para desplazarse o soportar su peso desarrolla un patrón diferente al de otro que pasa prácticamente toda su vida caminando sobre las piernas.
Esta característica convierte el interior de los huesos en una especie de registro indirecto del comportamiento desarrollado durante la vida. Y los resultados dibujan una imagen particularmente interesante de los australopitecos.
Un antepasado que vivía entre dos mundos
Uno de los fósiles fundamentales del estudio es StW 573, el extraordinario esqueleto conocido como Little Foot, descubierto en las cuevas de Sterkfontein, Sudáfrica. Tiene unos 3,67 millones de años y representa además un individuo considerablemente mayor que Lucy, el célebre ejemplar de Australopithecus afarensis de unos 3,18 millones de años.
La diferencia de tamaño era importante. Lucy tenía una masa corporal estimada de unos 28,9 kilos, mientras que Little Foot alcanzaría aproximadamente los 40,2 kilos. Hasta ahora existía la posibilidad de que las características observadas en Lucy estuvieran relacionadas con su pequeño tamaño. Little Foot permite comprobar el fenómeno en otro individuo muy diferente.
Los investigadores recurrieron a tomografías computarizadas para estudiar la estructura interna de huesos como el húmero, el fémur y la tibia. A partir de sus secciones pudieron estimar su resistencia frente a fuerzas como la flexión y la torsión y, posteriormente, comparar las proporciones entre las extremidades.
El resultado es llamativo. Los australopitecos analizados presentan una resistencia del brazo respecto al muslo mucho más próxima a la observada entre los grandes simios africanos que a la de los humanos modernos. Little Foot y Lucy, pese a sus diferencias de tamaño y antigüedad, muestran la misma señal general.
Eso difícilmente encaja con la imagen de unos australopitecos que hubieran abandonado prácticamente por completo los árboles.

Caminaban erguidos, pero seguían subiendo a los árboles
La interpretación que propone el estudio es que los australopitecos continuaban realizando actividades arbóreas con suficiente frecuencia como para que estas dejaran una señal en sus huesos. No significa que vivieran exclusivamente entre las ramas. Precisamente ahí reside lo más interesante del descubrimiento.
Cuando los científicos compararon el fémur y la tibia de Little Foot apareció un patrón distinto: las proporciones de resistencia dentro de la pierna se parecían a las de los humanos.
Los australopitecos combinaban, por tanto, dos señales aparentemente contradictorias. Sus extremidades superiores indican una utilización considerable de los brazos compatible con una frecuente actividad arbórea, mientras que sus piernas muestran adaptaciones relacionadas con el desplazamiento bípedo.
No existe entre los grandes simios actuales una combinación exactamente equivalente. Estos antiguos homininos parecen haber desarrollado su propia solución evolutiva: caminar de manera habitual sobre dos piernas sin renunciar todavía a los árboles.
El estudio también refuerza una idea importante. Algunas características anatómicas asociadas tradicionalmente a la vida arbórea podrían ser simples herencias de antepasados anteriores y no demostrar necesariamente que el animal siguiera trepando. La estructura interna de los huesos ofrece otra clase de información porque responde a las cargas experimentadas durante el desarrollo.
El gran cambio aparece con los primeros Homo
El panorama cambia cuando los investigadores examinan fósiles posteriores. Entre ellos se encuentra un individuo de Dmanisi, Georgia, de aproximadamente 1,8 millones de años, además de los ejemplares africanos KNM-ER 1808 y KNM-WT 15000, atribuidos a Homo erectus.
Sus proporciones se sitúan claramente dentro del patrón humano moderno: piernas relativamente resistentes frente a unos brazos que ya no muestran aquella señal propia de una utilización frecuente para soportar el peso corporal.
La comparación permite situar un cambio importante en nuestra historia evolutiva. Hacia hace 1,8 millones de años, los primeros representantes de Homo estudiados muestran una anatomía funcional compatible con una vida fundamentalmente terrestre y un abandono inequívoco de la actividad arbórea habitual.
No quiere decir que ningún miembro de Homo pudiera trepar a un árbol. La cuestión es diferente: los árboles habrían dejado de formar una parte importante de su estrategia locomotora cotidiana.
La transformación también pudo liberar las extremidades superiores de algunas de sus antiguas funciones locomotoras. Los autores plantean que este cambio de presiones evolutivas pudo favorecer progresivamente otras actividades realizadas con brazos y manos, desde la manipulación hasta funciones relacionadas con la fabricación de herramientas o el lanzamiento.

Una frontera de casi dos millones de años
Los resultados permiten contemplar la evolución humana menos como una escalera y más como una sucesión de soluciones diferentes. Los australopitecos ya eran bípedos, pero eso no los convirtió automáticamente en criaturas exclusivamente terrestres.
Durante cientos de miles de años pudieron moverse entre ambos mundos. Little Foot, Lucy y otros australopitecos conservan en sus huesos una señal de esa combinación: piernas preparadas para caminar erguidos y brazos sometidos todavía a cargas propias de una vida en la que trepar seguía siendo importante.
Con los primeros Homo analizados, esa señal cambia radicalmente.
Los investigadores consideran que las proporciones de resistencia entre brazos y piernas pueden funcionar como un indicador de una transición fundamental entre Australopithecus y Homo. El abandono de los árboles no habría coincidido necesariamente con el origen del bipedismo, sino que habría ocurrido mucho después.
La historia que cuentan estos huesos es, por tanto, más compleja de lo que parecía. Nuestros antepasados comenzaron a caminar sobre dos piernas mucho antes de dejar definitivamente las ramas. Y durante millones de años, el camino hacia una existencia completamente terrestre todavía pasó por los árboles.
Referencias
- Kristian Carlson, Proportional limb strengths signal an adaptive shift in arboreality in early human evolution, Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aeh1752
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