Una brisa del Mar Egeo

A Sícilo se le murió su esposa. Euterpe se llamaba como la musa, una de las nueve musas, hijas de la memoria. Le hizo un regalo de despedida como muestra de fidelidad. Un texto tallado sobre una estela de mármol en forma de pilar para que descanse sobre sus restos. Antes de grabar las letras que recorren el monolito evocando a la mujer amada, creyó conveniente aclarar su intención en un prólogo breve. “Soy una imagen de piedra —dice la piedra en la introducción—. Sícilo me puso aquí como señal de recuerdo.” Después, cinceló un poema en trazos claros y elocuentes: “¡Mientras vivas, brilla!” dice, algo así como vive el presente y sé feliz. “No sufras por nada, que la vida dura poco, que el tiempo exige un fin.” Y por el nombre de la deidad —Euterpe— que bendice a los músicos con su inspiración, talló una melodía en el talismán. Nada más se supo de ellos, ni de sus penas ni del amor que sucedió en la Grecia antigua cien años después de Cristo.
Existen dos teorías acerca de cómo la lápida fue descubierta, diecisiete siglos más tarde, en 1883. Una de ellas da cuenta del hallazgo a manos del arqueólogo escocés William Mitchell Ramsay quien, durante unas excavaciones en la región de Tralles, actual Turquía, encontró la pieza y registró sus particularidades en una publicación científica. Columna cilíndrica. Mármol. 61 cm de altura. 25 de diámetro. Esculpida horizontalmente. Letras mayúsculas. Contiene un poema. Arriba de los versos, líneas leves. Símbolos pequeños representan notas musicales, duración del tiempo. Era de la Hélade, la época helenística.
El descubrimiento de Ramsay se produjo en un terreno donde se construía el ferrocarril otomano bajo supervisión de un ingeniero irlandés llamado Edward Purser, que reclamó el objeto por hallarse en propiedad privada y, a falta de leyes conservadoras del patrimonio, el recuerdo de Sícilo quedó en su hacienda.
La segunda versión relata el camino inverso. Que la columna fue desenterrada por obreros accidentalmente y que Purser, incapaz de apreciar la importancia y la belleza del monumento, menos aún el valor poético con que fue puesta en su sitio la prédica de Sícilo (si aún te recuerdo, entonces vives), no concibió mejor destino que el decorado de su jardín. Allí la habría visto William Ramsay quien —indiscutidamente y en cualquiera de las teorías supuestas— reconoció la trascendencia del objeto y documentó sus rasgos. Justo antes de que la esposa del ingeniero, aprovechando la firmeza del mármol como pedestal de una maceta absurda, hiciera serruchar la base para mejorar la estabilidad de sus plantas. Hizo mutilar el último verso de Sícilo. Y muertos los Purser, la piedra fue heredada por el yerno.
Comenzó la guerra greco-turca. En 1922 un cónsul holandés la rescató (así fue narrado) del colosal incendio de Esmirna, en cuyo museo estaba catalogada como reliquia original del suelo. Otra vez se trasladó. Por la ruta de Estambul a Estocolmo llegó a La Haya donde permaneció oculta, oficialmente “extraviada” (dicen las malas lenguas que en los vericuetos del contrabando y mercado negro de antigüedades) por casi medio siglo.
Hasta que al final de la travesía, el precioso artefacto fue adquirido por el Museo Nacional de Dinamarca que lo exhibe como parte de su colección en Copenhague. Turquía, mientras tanto, aduce que la estela abandonó su territorio de manera ilegal y reclama (junto a otras piezas arqueológicas a instituciones europeas que a lo largo de la historia obtuvieron tesoros ajenos, entre ellos el Museo Británico), la devolución del Epitafio de Sícilo, entrañable documento de la música que desafiando su propia divisa —“que la vida dura poco”— se hizo inmortal. La partitura más antigua de una canción completa de la que la humanidad tenga registro.
Aphrodite Patoulidou la cantó el domingo en el Teatro Colón con Zoe Zeniodi al piano, como una brisa del Mar Egeo, como el regalo de una deidad.
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