Los cinco años de Rossana Costa

El próximo 3 de febrero de 2027 vence el período de Rosanna Costa al mando del Banco Central. Asumió en 2022, en medio de lo que su antecesor, Mario Marcel, llama el “shock populista”: los retiros previsionales y el IFE Universal, que contribuyeron a llevar la inflación sobre el 14% anual. Poco se recuerda hoy esa magnitud.
Se ha escrito, con razón, que Costa fue la primera mujer en presidir la institución. El dato importa, pero conviene decirlo una vez y seguir: sus méritos no dependen de esa categoría. Bajo su presidencia, la tasa de política monetaria llegó a 11,25% y se mantuvo allí durante nueve meses, pese a las presiones por comenzar antes los recortes, hasta que la convergencia de la inflación estuvo encaminada.
En 1955, William McChesney Martin, presidente de la Reserva Federal, describió el oficio del banquero central como el de la chaperona que retira el ponche justo cuando la fiesta comienza a animarse: un trabajo ingrato y sin aplausos. Costa cumplió ese papel sin aspavientos. Y fue más allá: fortaleció el marco macroprudencial —activando por primera vez el requerimiento de capital contracíclico— y defendió la autonomía del instituto emisor frente a la presión política y constitucional.
Fueron cinco años en que condujo la política monetaria con firmeza cuando más se necesitaba. Pero quienes trabajamos en el Banco Central esos años —a mí me tocaron tres— vimos a una presidenta amable, cercana y sencilla en el trato. Ese contraste entre firmeza en las decisiones y humildad personal forma parte de su legado.
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