Gachi Ferrari: la conductora que marcó a una generación con “El libro gordo de Petete” repasa su historia de amor de más de cuatro décadas

¿Qué probabilidades hay de que dos mundos con órbitas propias se encuentren? ¿Qué chances hay de que un evento gravitacional lo cambie todo y que con un solo microsegundo se revolucionen todas las trayectorias? “Que algo así sucediera en mi vida era verdaderamente imposible. Nulo. Pero sucedió, y me cambió la dirección completa”, dirá Lando Simonetti (84) sobre el momento en el cual su vida y la de Graciela “Gachi” Ferrari (71) se cruzaron. Y los caminos de ambos se modificaron para siempre. Sobre ese día de 1982 que desacomodó todas sus certezas, Lando dirá que fue un rayo, que fue suerte, que… “Tac, tac, tac… ¡Bingo!”. “Fue un clinch”, dirá Gachi sobre ese día que los unió indefectiblemente. En el rancho Los Negros, su refugio de 20 hectáreas en Carlos Keen, repasan con ¡HOLA! Argentina su historia de amor excepcional que ya lleva 44 años.
–¿Cuándo y cómo se conocieron?
Gachi: En 1982. Durante un desfile de una marca norteamericana de jeans para la cual él trabajaba en ese momento. Como yo hacía programas infantiles, me habían contratado para organizar todo el evento. Cuando lo vi, me pareció el tipo más canchero que había visto.
Lando: [Se ríe]. De Brad Pitt, yo, nada. En mi casa, el guapo era mi hermano Nery: cuando íbamos a las fiestas de esa época, todas las chicas lo miraban a él. Yo era un flaquito con la nariz torcida. Fue Gachi la que me empezó a alabar un poco, porque yo estaba lejos de tener facha.
Gachi: ¡Tenía un allure increíble!
Lando: A mí me conquistó su mirada. Durante el desfile, ella estaba de espaldas. Y fue un segundo: se dio vuelta y me miró. “¡Wow. Qué divina es!”, pensé. Era cancherísima: llevaba un chaleco y un pantalón. Tenía un corte de pelo que parecía un varoncito...
Gachi: ¡Tenía un cuerpo espectacular!
Lando: Tenía una carita divina y una mirada única. Yo no tenía idea de quién era.
–¿¿No sabías quién era Gachi Ferrari??
Lando: Yo me había ido de Buenos Aires y, desde hacía varios años, vivía en Boston, Estados Unidos, con mi mujer y mis dos hijos. Cuando pregunté quién era, me dijeron que era “la del programa de chicos” o “la de la publicidad del chocolate Suflair”. Pero lo cierto era que Gachi era un bombón y muy simpática con todo el mundo. Nuestra relación empezó siendo casual…
Gachi: Pero nos enganchamos brutalmente. Había química, electricidad. Como yo viajaba mucho por mi carrera como modelo, empecé a inventarme viajes para encontrarme con él: me fui a Brasil, a los Estados Unidos, a Europa... Mi mamá me bancaba: se quedaba en mi casa con mi hijo Ignacio, que tenía cerca de un año. Era una locura, pero lo que nos pasaba era muy fuerte. Cada vez que nos separábamos, con Lando teníamos la misma sensación de vacío.
–¿Qué hicieron?
Lando: Lo que empezó como casual pasó a ser especial. Yo estaba dispuesto a renunciar a todo. En ese momento, además, me habían ofrecido la gestión a nivel mundial de una marca muy conocida. Era un puestazo, con un sueldo increíble y yo sólo pensaba en volver a Buenos Aires. ¿Cuántas veces le pasa a la gente? Tenés a alguien cerca, se acerca y te volvés loco: el olor, la piel, lo que representa… Ojo: a la vez era consciente de que todo podía extinguirse a los pocos meses. Me estaba jugando la vida.
Gachi: ¡Yo también me la estaba jugando! Cuando decidió venirse a Buenos Aires, Lando estaba sin trabajo. Nos fuimos a vivir a mi casa de Lomas de San Isidro y empezamos a vivir de mis ahorros; yo ganaba buena plata, pero tampoco era tanta. Pero trabajaba muy bien: me llamaban para hacer tele y teatro por todo el país… La malaria vino cuando yo me quedé también sin trabajo: en el canal, me dijeron que me esperaban un año, pero no volví más. Mientras nosotros estábamos cada vez mejor en lo afectivo, en lo económico se hacía difícil.
–¿Y ahí nació La Martina?
Lando: Sí. Y coincidió con el boom de la vida sana, un fenómeno que, según los investigadores, duraría muchos años. Las grandes marcas y los diseñadores empezaban a mirar a los deportistas; las zapatillas marcaban la tendencia y aparecían deportes nuevos. Se nos ocurrió crear una marca de polo. Si bien yo no lo jugaba, era un deporte que conocía bien porque tenía amigos que lo jugaban. Por mucho tiempo, no ganamos un peso.
Gachi: Yo había vendido mi casa de San Isidro y la había puesto en La Martina. Y, de a poco, empecé a trabajar en producto, algo que nunca había hecho. Nos mudamos a los Estados Unidos y armamos la compañía; y después nos instalamos en Europa. Vivimos más de veinte años en Milán y ahí armamos la compañía europea. Lo primero que creamos fueron bolsos de cuero. Y, después, botas, monturas, cascos y guantes de polo. Hacemos las mejores botas y las mejores monturas. ¿Quiénes las usan? Los príncipes, la realeza: se las regalamos. Lo de la ropa vino muchísimo después. No somos diseñadores: ni yo soy Armani, ni él es Dolce & Gabbana: adaptamos las tendencias a nuestra marca.
–Lando tenía dos hijos de su matrimonio anterior y Gachi, por su parte, tenía uno. ¿Quisieron tener hijos juntos?
Gachi: Cuando nos conocimos, Lando tenía 39 años y yo, 28. Yo quería, pero él no. Y no quise que se rompiera lo que teníamos.
Lando: Con Gachi, hemos tenido una vida muy activa y entretenida: viajamos por todo el mundo, abrimos locales y organizamos eventos de polo en todos lados, conocimos gente increíble. En uno de los torneos, el príncipe William se acercó para agradecernos por las camisetas y los cascos y ella aprovechó y le pidió un beso. Según el protocolo, no podés sacarte fotos con la realeza ni tampoco tocarlos. Si, eventualmente, te sacás una foto con ellos, tenés que evitar mirarlos de frente porque eso demostraría amistad. Con esa simpatía imbatible que tiene, Gachi le pidió un beso y ¡William accedió! Y, como si fuera poco, le pidió un segundo beso… ¡y William también se lo dio!
Gachi: Pocos lo saben, pero en 2016, cuando la reina Isabel cumplió 90 años, nos invitó al festejo. ¡Pensamos que era una broma cuando nos llegó la tarjeta! Y eso porque nuestra marca tiene desde 2009 una tienda permanente en el Guards Polo Club [es el club de polo asociado con la familia real británica; el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, lo presidió hasta su muerte, en 2021]. Hoy tenemos cien locales en el mundo, incluido uno de 600 metros cuadrados en Dubái. Adidas intentó comprarnos hace veinte años y LVMH intentó un acercamiento: Lando fue a París a hablar con los Arnault. Somos la única marca argentina que se comercializa en el mundo de manera consistente... pero no estamos a la venta.
–¿Cuál ha sido la fórmula para estos 44 años de éxito en la pareja y en el trabajo?
Gachi: No hay fórmula. Eso sí: si no hay algo fuerte de base, podés tirar todo por la borda. Siempre estuvimos solos: si bien yo volvía a la Argentina cada tanto, estar afuera tanto tiempo hace que pierdas cotidianidad con tus amigos. Pero con Lando nos llevamos tan bien que no nos importó estar solos. A veces, nos peleamos… yo tengo carácter. Además de su generosidad, tengo una gran admiración por él: confié en que lo que él pensaba o decía era correcto; así es más fácil llevarla. Él es una persona brillante. “Te tengo que clonar”, le digo. [Se ríe]. Es simpático… ¡pero yo soy mucho más! [Se ríe].
Lando: Vivimos juntos, trabajamos juntos, nos vamos de vacaciones juntos, estamos las 24 horas juntos… En un matrimonio, es importante ser tolerante y, además, que no haya egoísmo. Muchas de las cosas que hice no las habría podido hacer sin Gachi: su sola presencia me era fundamental. Cuando me han llamado para hablar sobre La Martina en lugares prestigiosos como Harvard, en los Estados Unidos, o en la IMD, en Suiza [por su éxito en la construcción de la marca, ha sido caso de estudio para las escuelas de negocios y marketing], llevo a Gachi conmigo: como ella tiene memoria, le pido que se siente en la primera fila y me va apuntando. Sus intervenciones son precisas y muy graciosas. En una entrevista que nos hicieron, le preguntaron a ella qué había que tener para trabajar conmigo. Ella respondió: buen sexo. Es muy divertida, ocurrente y muy compañera. Dejó muchas cosas para seguirme: ella era una persona reconocida y con éxito. Cuando le dije “Viajemos para armar la marca”, no dudó: vino conmigo. Y ahora también.
–¿En qué sentido?
Lando: Vamos a volver a la Argentina. En este último tiempo, empezamos a transferir el manejo de la empresa a los hijos. “Vamos a rearmar el mundo afectivo y el mundo contemplativo desde Buenos Aires”, le dije a Gachi. Tiene dos nietas que viven en el Uruguay y no las ha disfrutado tanto porque vivimos en Europa. Y yo, por mi parte, no he disfrutado tanto de mis cuatro nietos [Santino, Alegra, Gaia y Franco] que viven en los Estados Unidos, donde está instalado mi hijo Adrián (53; hoy presidente de LM). Hoy quiero volver a mi cucha. Si bien yo nací en Roma y viví allá hasta los 7 años, me siento muy argentino. Y siento que mi cucha es Buenos Aires. Hoy, si tengo ñañas, prefiero encararlas en la Argentina más que en el Primer Mundo, donde hay mucha burocracia.
Gachi: ¡Todo pasó hace tres meses! “Hacé los bolsos, nos vamos a la Argentina”, me dijo. Pensé que era por el torneo de polo de Palermo, que se juega en noviembre; nosotros participamos allí. “Estaría bueno si nos quedamos definitivamente”, me dijo. Pasé estos meses desarmando nuestra casa de Lago Maggiore [al norte de Italia] y el departamento de Chiasso [en Suiza]. Algunos de los muebles irán a la casa de Punta del Este, que compramos para estar cerca de Mali y Casia, mis dos nietas [son las hijas de Ignacio (45)].
Lando: Gachi es muy creativa. Con la ropa, a esa creatividad la fue encontrando, pero es naturalmente creativa con la arquitectura y con la decoración. Puede quedarse hasta las 3 de la mañana diseñando una cocina o un baño. Como le encanta arreglar cosas y pelearse con el electricista, va a estar entretenida con esa casa por unos meses. [Se ríe].
Gachi: Y después de pasar con la familia la Navidad, con Lando nos volvemos a Buenos Aires, donde tenemos este lugar que, para nosotros, es soñado. Es lo máximo que nos puede pasar. Venimos con lluvia o sin lluvia, en invierno o en verano. Lando pasa horas leyendo. Tenemos vacas y caballos. No hay bandejas de plata, pero nos encanta. En este lugar, nos casamos.
–¿Cuándo fue eso?
Gachi: El 19 de marzo de 2011 a las siete de la tarde.
Lando: Antes, yo le había propuesto que nos casáramos en Las Vegas. Viajábamos mucho a Las Vegas porque allí se realiza una feria muy importante. “¿Che, Gachi, querés casarte?”, le dije. Y ella fue terminante: “Ni loca me caso ahí”. A ella le parecía muy trucho y a mí, muy divertido: desde alquilar un auto y casarse en un lugar rarísimo. ¡Además, los papeles son válidos!
Gachi: Al final, nos casamos acá, con una fiesta con más de 150 invitados, familia, amigos que vinieron de todo el mundo y las personas que trabajan con nosotros en la empresa... Los testigos fueron Adrián, el hijo de Lando, y su mujer; e Ignacio, mi hijo, con su mujer. Hubo mariachis y tenores mezclados entre la gente. La fiesta terminó con “Questo piccolo grande amore”, una canción que Lando “me regaló” cuando empezamos a salir. Yo la escuchaba 300 veces por día; me la sabía de memoria. Era como si ese tema contara nuestra historia. Fue increíble. Y pasó algo más. El 19 de marzo de 2011 sucedió un fenómeno raro y único: la luna estuvo más cerca de la Tierra que nunca. Esa noche, en el rancho Los Negros, nos quedamos bailando todos bajo una luna brillante e inmensa, que casi se podía tocar.
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