Hallazgo extraordinario: descubren un dinosaurio de hace 66 millones de años que comía fruta y tenía una mandíbula similar a la de un loro
Un fósil excepcional encontrado en Montana revela que algunos dinosaurios desarrollaron mandíbulas similares a las de los loros para procesar frutos carnosos hace millones de años.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hace unos 66 millones de años, cuando los tiranosaurios dominaban buena parte de Norteamérica, un pequeño dinosaurio recorría los bosques del Cretácico buscando un alimento bastante diferente al de sus grandes parientes carnívoros. No necesitaba dientes afilados ni unas mandíbulas capaces de triturar huesos. Su especialidad, según una nueva investigación, podría haber sido la fruta. Y lo verdaderamente sorprendente es que su boca funcionaba de una manera que recuerda a la de algunos loros actuales.
La criatura ha recibido el nombre científico de Infernogallus jamesi y su descripción acaba de publicarse en la revista Nature Communications. El estudio, dirigido por Gregory F. Funston, de la Universidad de Stony Brook, presenta uno de los hallazgos más interesantes sobre la alimentación de los dinosaurios no avianos. Hasta ahora, los paleontólogos tenían dificultades para determinar si estos animales aprovecharon la expansión de las plantas con flores durante el Cretácico.
El fósil procede de la formación Hell Creek, en Montana (Estados Unidos), uno de los yacimientos paleontológicos más importantes del mundo. Fue recuperado en 2011 y pertenece a un dinosaurio que pesaba aproximadamente 12 kilogramos. Su aspecto habría recordado al de un ave terrestre, con un cuello alargado, grandes ojos y un pico sin dientes. Sin embargo, lo que ha despertado el interés de los investigadores no es su apariencia, sino la extraordinaria anatomía de su cráneo.
«No existe realmente nada parecido a Infernogallus, pero si tuviera que elegir, diría que un casuario con cabeza de loro», explicó Funston. La comparación resulta especialmente reveladora porque algunas aves modernas emplean mecanismos mandibulares similares para procesar frutos blandos.
Un cráneo diminuto que escondía una sorpresa
El nuevo dinosaurio pertenece a los cenagnátidos, una familia de terópodos emparentados con otros ovirraptorosaurios. Durante décadas, su alimentación ha sido objeto de debate. Algunos especialistas defendían que consumían huevos, mientras que otros proponían dietas basadas en pequeños animales, semillas o diferentes tipos de vegetación. La escasez de cráneos completos impedía resolver muchas de estas cuestiones.
El ejemplar estudiado conserva buena parte del esqueleto y un cráneo articulado excepcional para este grupo. Los análisis microscópicos de sus huesos también han permitido establecer que había alcanzado la madurez cuando murió, probablemente a los seis o siete años. Por tanto, sus pequeñas dimensiones no se explican porque fuera una cría.

Para examinar su cabeza, los investigadores utilizaron tomografías computarizadas que permitieron reconstruir digitalmente los huesos deformados durante la fosilización. Las imágenes mostraron un paladar muy desarrollado y una disposición muscular extraordinariamente diferente de la observada en otros dinosaurios terópodos.
La principal peculiaridad estaba en el movimiento de la mandíbula inferior. En lugar de depender fundamentalmente de una mordida vertical potente, Infernogallus presentaba adaptaciones para desplazarla hacia delante y hacia atrás. Sus superficies bucales tenían crestas y surcos que podían actuar conjuntamente para aplastar y manipular alimentos. Era una configuración mucho más adecuada para procesar materiales vegetales blandos que para desgarrar carne o romper estructuras especialmente resistentes.
¿Un dinosaurio que comía fruta como los loros?
La pista más interesante apareció al comparar su anatomía con la de las aves actuales. Los investigadores encontraron semejanzas funcionales con Psittrichas fulgidus, conocido como loro de Pesquet, una especie de Nueva Guinea cuya alimentación está estrechamente vinculada al consumo de frutas.
Este loro utiliza su pico para manipular los frutos y aprovechar su pulpa. La investigación propone que Infernogallus pudo desarrollar una estrategia parecida, aunque eso no significa que ambas especies consumieran exactamente los mismos alimentos ni que tuvieran comportamientos idénticos.
«Podemos deducir por el cráneo de Infernogallus, concretamente por cómo están dispuestos sus músculos para realizar un movimiento de masticación de delante hacia atrás, que habría sido bastante bueno masticando su comida», explicó Funston. El investigador relacionó esta capacidad con frutos de pulpa blanda que contienen un hueso central, como las cerezas.
También resulta significativa la ausencia de gastrolitos asociados al ejemplar. Estas pequeñas piedras, utilizadas por algunos animales para triturar alimentos dentro del aparato digestivo, habrían proporcionado otra forma de procesar materiales duros. En conjunto, las características anatómicas apuntan hacia una alimentación especializada, aunque los científicos reconocen que el animal probablemente también consumía otras partes blandas de las plantas.

Una conexión inesperada con la aparición de las frutas
El descubrimiento adquiere otra dimensión al situarlo en la evolución de los ecosistemas del Cretácico. Durante este periodo, las angiospermas, es decir, las plantas con flores, experimentaron una importante diversificación. Entre ellas aparecieron y se extendieron diferentes linajes productores de frutos carnosos.
El equipo comparó la historia evolutiva de los ovirraptorosaurios con los datos fósiles sobre el tamaño y la diversidad de aquellos frutos. Los resultados muestran una coincidencia temporal interesante: mientras determinados grupos de dinosaurios desarrollaban adaptaciones alimentarias especializadas, los frutos carnosos aumentaban su variedad y, en algunos casos, sus dimensiones.
Los científicos plantean que los cenagnátidos pudieron aprovechar estos nuevos recursos alimenticios y convertirse en consumidores especializados de frutos. Sin embargo, la coincidencia evolutiva no demuestra por sí sola una relación causal.
Todavía queda una pregunta especialmente importante: ¿participaron estos dinosaurios en la dispersión de semillas? Muchos animales frugívoros actuales contribuyen a extender las plantas al transportar o ingerir sus frutos. Infernogallus pudo formar parte de aquellas antiguas relaciones ecológicas, pero no existen pruebas directas que permitan asegurarlo.
El hallazgo ofrece, por tanto, una explicación plausible para uno de los grandes interrogantes sobre la alimentación de los dinosaurios herbívoros. Y también recuerda que, mientras algunos gigantes cazaban presas enormes, otros habían desarrollado una anatomía extraordinariamente sofisticada para aprovechar los frutos de los bosques prehistóricos.
Referencias
- G.F. Funston et al. Fruit-eating adaptations in a Late Cretaceous oviraptorosaur (Theropoda). Nat Commun, published online October 10, 2026; doi: 10.1038/s41467-026-78343-w
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