La librería en "Antes del amanecer"

Aunque el lugar común sostiene que “segundas partes nunca fueron buenas”, la continuidad de “Antes del amanecer” –trasladada a París, convertida en “Antes del atardecer” y que luego se completaría como la trilogía de Richard Linklater- es admirable.
Ha pasado casi una década desde que los personajes de Ethan Hawke (Jesse) y July Delpy (Celine) se separaron en Viena con la promesa de un reencuentro. Y ahora, la causalidad los ubica en una librería de París. Celine es una ecologista militante y Jesse, un escritor exitoso que llega desde Estados Unidos para presentar su libro “This time”
“¿Eres un romántico o un cínico?”, ppregunta Jesse ante la audiencia. Luego caminan desde aquella librería –todo filmado en plano secuencia- hasta la casa de Celine.
La librería se llama Shakespeare & Co y puede presumir de ser –si no la más famosa- una de las más prestigiosas del mundo.
París ya era una fiesta (a veces)
En 1941, con los nazis ocupando París, un oficial de las SS llegó hasta la librería de Sylvia Beach y pidió un ejemplar del “Finnegans Wake”, de James Joyce, que vio sobre la vidriera. La dueña le explicó que el libro no estaba en venta. Dos semanas después, volvió el comando nazi, el libro ya no estaba y el oficial le avisó: “Volveremos y confiscaremos todos sus bienes”.
Con ayuda de algunos amigos, Beach se llevó todos sus libros y muebles, y cerró el local. No fue suficiente, ya que la detuvieron, aunque seis meses más tarde la liberaron del campo de concentración.
Beach, estadounidense, hija de pastores religiosos, había llegado en misiones humanitarias a París a principios del siglo pasado. Abrió la librería en 1919 con el impulso de su amiga Arianne Monnier y lo convirtió en un sitio de culto: por allí pasó toda la crema intelectual del París post-primer Guerra. Desfilaron nombres como Gide, Eliot, Valery, Erza Pound o Joyce, y asomaron las luminarias de lo que se denominó “la generación perdida” de EE.UU. como Ernest Hemingway o Scott Fizgerald. Ese espíritu es retratado por “Medianoche en París”, la película de Woody Allen.
Beach hizo de la librería algo más que un templo intelectual: ayudaba económicamente a los desposeídos, les daba comida, era agente literaria y asistente todoterreno. El hito fue la publicación del “Ulises” de Joyce en 1922.
Así definió Hemingway aquel rincón en “París era una fiesta”:
“Shakespeare and Co. era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e incluso los escritores muertos parecían estar realmente en vida. Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un ondulado cabello castaño (…). Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella. La primera vez que entré en la librería, yo estaba muy intimidado y no llevaba encima bastante dinero para suscribirme a la biblioteca. Ella me dijo que le pagaría cuando pudiera, me extendió una tarjeta de suscriptor y me dijo que podía llevarme los libros que quisiera».
La audacia por el Ulises
Aunque hay una alegoría con la Odisea, de Homero, el Ulises de Joyce transcurre en apenas un día, el 16 de junio que sus fans celebran año tras año como el Bloomsday. Un día con las aventuras del protagonista, Leopold Bloom.
Sylvia Beach fue la única que se atrevió a publicarlo en una edición de mil ejemplares, financiada por los suscriptores, después que los principales editores de Estados Unidos y Gran Bretaña rechazaran el original de Joyce por “obscenidad”. A las editoras de una revista estadounidense, The Little Review, que se atrevieron a adelantar algunos capítulos, las sancionaron con 10 días de prisión y 100 dólares de multa. Aún una década después, el editor Samuel Roh fue condenado a 66 días de cárcel por el mismo motivo. Recién en el ‘33, el Ulises salió de la categoría de “libros pornográficos” en Estados Unidos.
Sin embargo, el libro –al que Joyce le vaticinó que “tendrá ocupados a los críticos durante 300 años”- fue rápidamente aceptado por los mayores referentes en la literatura. “Sea como sea, nadie puede negar que este libro, un capricho genial, seguirá siendo una rareza sin relación alguna con el resto de la novelística (…). Con el paso del tiempo terminará ocupando el lugar que se merece, pero nunca se desprenderá de ese misterioso hermetismo que lo elevará y lo convertirá en una obra venerable. En cualquier caso, pido desde hoy respeto para esta novela apasionada, provocadora e inigualable”, escribió Stefan Zweig. Mucho más adelante, el autor del canon, Harold Bloom admitió la dificultad para el lector común pero dijo: “El Ulises es un placer, difícil pero accesible, para el lector común dotado de cierta inteligencia y buena voluntad”, a lo que hay que agregar una dosis considerable de paciencia. Faulkner aconsejaba leer el Ulises “de la misma manera que los predicadores que no saben leer la Biblia, con fe”. Pero también había otros no tan convencidos: Borges, Nabokov, Virginia Woolf.
El 2 de febrero de 1922 –Joyce quería que fuera ese día, el de su 40° cumpleaños- Sylvia Beach llegó hasta su casa y le entregó el primer ejemplar apenas recibido desde la imprenta de Dijon.
La herencia
Sylvia Beach –quien publicó sus memorias en 1956 y murió seis años después- nunca reabrió su librería, ubicada en la rue L’Odeon. A pocos pasos, en la Rue de la Bucherie y frente a la Catedral de Notre Dame, en 1951, bajo el nombre de Mistral asomó otra librería, impulsada por George Whitman. Y más adelante, en homenaje a la leyenda, se convirtió en “Shakespeare & co.”, con el mismo espíritu de la anterior. Se extendió la cooperación entre la librería y sus visitantes. Y aquellos que llegan, están dispuestos a leer un libro, ayudar a las tareas cotidianas, dejar un texto.
“No seas hostil con los extraños, quizás sean ángeles disfrazados” es la frase de W.B. Yeats que figura sobre una puerta. Y también aparece “París, la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres”, que dejó Cortázar, uno de los visitantes de hace décadas junto a nombres como Ginsberg, Burroughs o Anäis Nin.
El periodista canadiense Jeremy Mercer, autor de “La librería más famosa del mundo”, describió su llegada allí:
“Una resplandeciente lámpara de araña colgaba de un falso techo de madera agrietada; en un rincón, un hombre obeso estrujaba su muumuu1 color turquesa que estaba chorreando. Una horda de clientes rodeaba el mostrador berreando a la dependienta en una estridente mezcla de idiomas. Y los libros. Había libros por todas partes. Combaban las estanterías de madera, sobresalían de las cajas de cartón, mantenían un equilibrio precario en pilas demasiado altas y encima de algunas sillas. Tumbado en el alféizar de la ventana, un sedoso gato negro observaba la extravagante escena. Os juro que levantó la cabeza y me guiñó un ojo”.
Whitman murió en 2011, a los 98 años. Y el mismo espíritu lo mantiene su hija. Por algo se llama Sylvia.
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