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Friday, September 18, 2026

De Gardel a Wos: un análisis de las canciones que hicieron historia

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El subtítulo podría invertirse. Una historia argentina: canciones populares. La singular riqueza que aborda el escritor, crítico y docente Diego Fischerman (Buenos Aires, 1955) en Hoy desperté cantando esta canción (Debate) abruma por cantidad y calidad. Pero destella por la trascendencia de cada pieza incluida en su recorrido. No solo son canciones reconocibles como patrimonio cultural de esta nación; son cápsulas de sentido que sirven para narrar el tiempo y el lugar específicos de su concepción, y que cuando se reescenifican, con cada nueva interpretación, reponen una historia viva con su rara belleza.

Si una canción se vale de la palabra cantada para despertar la emoción del oyente, su perdurabilidad es un milagro que se aprecia más hoy, en la era de la economía de la atención. ¿Qué tienen esas canciones que no acompañan, sino que interrumpen la rutina? Esas que obligan a detenerse en una línea, un giro melódico, una inflexión de la voz. O que llaman al silencio del pensamiento para poder cantarlas. ¿Qué tarea puede realizarse durante "El día que me quieras"? ¿En cuántas cosas se puede pensar mientras se canta "El arriero"? Así debe leerse el epígrafe spinetteano que precede este ensayo fragmentario: “Se queda oyendo como un ciego frente al mar”. Como la expectación de la inmensidad o una experiencia estética sublime, que es insuperable mientras dura.

La música argentina tiene una insólita cantidad de canciones que pueden suscitar ese fenómeno. La lista que elabora Fischerman es una de las tantas posibles, aunque su canon es casi indiscutible. Va de "Mi noche triste", de 1916, creada por Samuel Castriota y Pascual Contursi, a "Culpa", de Wos (2022). Del tango-canción inaugural a los primeros intentos cantables de un rapero. Es, como dice el autor, un territorio amplísimo donde se pueden trazar varias rutas.

"Hoy desperté cantando esta canción", de Diego Fischerman (Debate).

La de Fischerman es herencia de un modelo de modernidad y una idea de distinción: un camino sinuoso que enaltece los valores de originalidad y calidad, de progresión. Nociones discutibles, por supuesto, pero que delinearon otras dos características distintivas del cancionero argentino: mezcla e innovación, en una relectura de las tendencias globales a trasluz de las tradiciones locales y una idiosincrasia inquieta y venturosa.

Ensayo que puede leerse como playlist, o cronología para el desarrollo de las ideas. Desde el inicio de su nuevo libro, el autor de Efecto Beethoven delimita su objeto y lo caracteriza. Canciones cantadas en castellano, que han tenido inserción en el acervo colectivo, que trascienden su época y que descreen de las reglas de los géneros y abrazan la variedad estilística. Una condición de existencia: la grabación. Y una trayectoria incontrolable: la vida de una buena canción excede cualquier nomenclatura, estrategia de mercadotecnia o intención compositiva para abrir una hendidura donde solo cabía la nada. "Solo le pido a Dios": de descarte del 4°LP (1978) de León Gieco a plegaria pagana y transnacional de la piedad y el humanismo. "Vete mí" (1958): tango raro y sentimental de los hermanos Expósito que se convirtió en el bolero insigne de Cuba en la voz de Bola de Nieve.

En contexto y más

Pero a contrapelo de las listas que descontextualizan las canciones como en una regalería de aeropuerto, Fischerman las sitúa y vincula. En un tiempo y un espacio, una sociedad y una geografía, una audiencia y un entorno, pero también en una o más tradiciones no solo musicales.

El entramado de las canciones alcanza la dramaturgia, la literatura, el cine y el entretenimiento. El autor describe y destaca aspectos de estilo y forma, y también toma posición: cada canción está elegida no solo como composición sino también como interpretación.

Diego Fischerman es autor de "Hoy desperté cantando esta canción" (Debate). Foto: redes sociales.

A cada elección fijada en papel la acompaña una o más en vinilo o cinta, en la convicción (poco advertida en la crítica local) de que la impronta del intérprete resignifica la obra. Y hasta salva sus errores. Hoy reservado a los discos de versiones, fue toda una disputa del gusto en la era dorada del tango, debate y esgrima de cualidades que enriqueció al género y su apreciación.

El tango, el folklore (con sus regionalismos y malentendidos), el Nuevo Cancionero, las fusiones piazzolleanas, el rock y mil hibridaciones: Fischerman se atreve a pensar más allá de sus gustos y su modelo moderno para admirar con nuevo extrañamiento algunos milagros locales como "Ji Ji Ji" o universales argentinos como "Algo contigo" (1976). Y a diseccionar en algunos preferidos la excepcionalidad de un país capaz de reelaborar su herencia y las de otros para narrarse a sí mismo trascendiendo el tiempo. En Gardel, en Spinetta, en García: en las canciones que contienen otras tantas dentro suyo, absorbidas en una escucha firmada, y que arriesgan combinaciones imprevistas, el autor halla el punto aglutinador que explica la cercanía de María Elena Walsh con el rock argentino, o la de Erik Satie con la zamba a través de Cuchi Leguizamón.

Hacia el siglo XXI, la lista de maravillas mengúa. Y es menos responsabilidad del autor, o de los artistas, que de un modelo de país y mundo donde las canciones son estrellas fugaces que no pueden valerse por sí solas, y que entiende llano por simple, ambición por grandilocuencia. Canciones que precisan de un marco que las explique o justifique, sea una serie de televisión o un lore mediático. En esta historia de las canciones, Fischerman muestra que las buenas canciones no parten de la anécdota, sino que las crean, y que las que son perdurables no esperan su momento, sino que lo inventan, forzando las formas y probando las mezclas hasta dar con la combinación mágica.

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