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Tuesday, October 20, 2026

¿Qué hacía una ciudad victoriana con toneladas de excrementos humanos?

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¿Cómo intentó Manchester solucionar el enorme problema de sus residuos antes de disponer de un sistema moderno de saneamiento?

Christian Pérez

Publicado por Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

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En el siglo XIX, el crecimiento de las ciudades británicas planteó un problema tan desagradable como urgente: qué hacer con los residuos de miles de habitantes. Manchester encontró una solución que hoy parece increíble y que convirtió sus desperdicios en una mercancía transportada por ferrocarril.

Mucho antes de que los sistemas modernos de alcantarillado transformaran las ciudades, eliminar los excrementos humanos era una de las tareas más complicadas de la vida urbana. No bastaba con disponer de un retrete: alguien tenía que recoger su contenido, sacarlo de las viviendas y encontrar un lugar donde depositarlo.

En la Inglaterra victoriana, aquella responsabilidad adquirió dimensiones extraordinarias. Especialmente en Manchester, una de las grandes protagonistas de la Revolución Industrial, donde la expansión de las fábricas estuvo acompañada por un crecimiento demográfico vertiginoso.

Entre 1831 y 1851, su población aumentó más de un 150 %. Las infraestructuras existentes resultaban insuficientes para una ciudad que producía cantidades cada vez mayores de desperdicios.

Y entonces apareció una solución sorprendente: utilizar el ferrocarril para transportar los excrementos hasta grandes extensiones agrícolas.

Una ciudad incapaz de gestionar sus propios residuos

Durante buena parte del siglo XIX, numerosos hogares británicos carecían de inodoros conectados a una red de saneamiento como la que conocemos actualmente.

En su lugar, se utilizaban pozos negros y retretes provistos de recipientes que debían vaciarse periódicamente. Los trabajadores encargados de recoger su contenido realizaban una labor imprescindible, aunque especialmente desagradable.

Aquellos residuos recibían en inglés el nombre de night soil, una expresión asociada a su recogida nocturna.

El problema se agravó cuando Manchester comenzó a utilizar cada vez más los retretes con cubos extraíbles. Aunque facilitaban la retirada de los desperdicios, exigían organizar un servicio constante de recogida y transporte.

En la década de 1880, la ciudad generaba más de 200.000 toneladas anuales de residuos, de las cuales aproximadamente tres cuartas partes correspondían a excrementos humanos.

Había que encontrar una solución a semejante volumen de desechos.

De las calles de Manchester a los campos de cultivo

Las autoridades municipales decidieron aprovechar una característica de los terrenos situados en las afueras: sus extensas turberas, que podían acondicionarse para usos agrícolas.

En 1886, la corporación municipal adquirió Carrington Moss, una propiedad que ofrecía espacio suficiente para recibir grandes cantidades de residuos.

La propuesta consistía en transportar los desperdicios fuera de Manchester y distribuirlos sobre aquellos terrenos. Los excrementos humanos, ricos en nutrientes, podían utilizarse para mejorar la fertilidad de los suelos.

Para hacerlo posible, se construyeron conexiones ferroviarias y una red de vías estrechas que permitían desplazar los cargamentos por el interior de la finca.

Los trenes comenzaron a funcionar, convirtiendo una operación de limpieza urbana en un complejo sistema de transporte y aprovechamiento agrícola.

La iniciativa fue tan importante que, durante la década de 1890, Carrington Moss llegó a recibir más de 70.000 toneladas de excrementos al año.

Cuando la basura de una ciudad se convirtió en fertilizante

Una vez transportados hasta las fincas, los residuos podían acumularse para su acondicionamiento o incorporarse directamente al terreno.

La materia orgánica contribuía a transformar suelos de turba en superficies cultivables. De esta manera, las autoridades intentaban resolver simultáneamente dos problemas: la eliminación de los desperdicios urbanos y la recuperación de terrenos destinados a la agricultura.

El sistema continuó desarrollándose. En 1895, Manchester adquirió también terrenos en Chat Moss, donde se aplicó un procedimiento semejante.

Sin embargo, aprovechar los excrementos como abono no eliminaba los problemas higiénicos asociados a su manipulación y transporte. Su gestión exigía mantener una infraestructura permanente de recogida y distribución.

Con la progresiva modernización del saneamiento urbano, estas prácticas terminaron perdiendo protagonismo.

La historia de Manchester recuerda que algunos de los desafíos ambientales que hoy asociamos a las grandes ciudades ya preocupaban profundamente a las sociedades industriales del siglo XIX. Y que, antes de disponer de soluciones más eficaces, llegaron a convertir los excrementos de sus habitantes en cargamentos ferroviarios destinados a fertilizar el campo.

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