El club que reúne argentinos en Barcelona y tiene los infaltables: fútbol, choripán y el ritual familiar de los domingos

Un domingo cualquiera en Barcelona, el sol da de lleno en el patio de un colegio catalán, pero el paisaje sonoro y olfativo remite directamente a Buenos Aires. Entre las paredes de esta institución europea, el humo de la bondiola, el choripán y la colita de cuadril sale de una parrilla instalada en pleno predio.
De fondo suenan un cuarteto de Rodrigo y el choque de los hielos en las jarras de fernet italiano, que marcan el ritmo de la tarde. Las tribunas improvisadas se llenan de rondas de mate que pasan de mano en mano entre los asistentes y banderas de diferentes equipos cuyos nombres terminan de completar la postal: Domingol, Cumbia 420, Wandagate, Elijo Creer, Anulo Mufa, Yunta FC, El Rejunte, Only Flans y L-Gantes.
Es el torneo de fútbol amateur La Masía, que el 21 de septiembre cumplió cinco años. Un espacio que recrea la pasión argentina en tierras españolas. Cada domingo, entre 1000 y 1500 personas asisten a este inmenso predio alquilado en concesión. En su gran mayoría son jóvenes argentinos de entre 25 y 30 años que buscan recuperar el movimiento del fin de semana.
El torneo nació en 2020 a partir de una necesidad personal. “En Barcelona me faltaba el sentimiento de pertenencia, el plan familiar del domingo, muchos de los que estábamos acá éramos de 25 a 30 años y nos faltaba nuestra familia”, recuerda Santiago Medina al repasar sus inicios en la ciudad europea. En ese momento, ya organizaba partidos informales para un grupo de 120 argentinos.
Medina se hizo muy amigo de Agustín Morrone, quien lo incitó a ir por más y le propuso crear el club. La respuesta fue automática: “Mirá, Agus, si me conseguís el predio, yo te lo armo y te lo vendo”, sentenció Santiago.
Encontrar el espacio físico adecuado fue el mayor desafío, ya que en Barcelona no abundan los predios con varias canchas y buen acceso en transporte público. Morrone consiguió una cita en un colegio catalán y la sorpresa fue total. “Cuando vi el predio no lo podía creer. Tiene dos canchas de fútbol 7, dos de fútbol 5 y un bar”, relata Medina.
Arrancaron con diez equipos, convocando a conocidos por Instagram. Hoy reúnen a 52 en total; los organizadores destacan la gran demanda femenina, con 33 de mujeres frente a 19 masculinos. En Barcelona el fútbol femenino no tiene tantos torneos y el club supo cubrir ese hueco en la oferta local.
El tercer tiempo: crear vínculos
Aunque los participantes pagan por un torneo que ofrece referí, cámara de video y bebederos, lo central ocurre después del partido. “Ante la falta de la familia y tus conocidos, necesitás el contacto, compartir, porque definitivamente tus amigos acá son tu nueva familia”, reflexiona Nicolás Mathos, un analista de recursos humanos de 31 años. Generalmente, la gente se queda de 19 a 22 horas en las instalaciones.
Mathos llegó desde el barrio porteño de Belgrano en julio de 2022 y le costó mucho la adaptación. “Lo que más extrañaba era el abrazo. Acá no son de abrazar y en la Argentina lo hacemos mucho”, confiesa. Todo cambió radicalmente cuando un amigo lo invitó a jugar a La Masía a principios de 2024.
Ese entorno lo rescató emocionalmente. “Mis domingos cambiaron completamente porque ahora realmente le doy valor al fin de semana, cosa que antes me deprimía”, afirma el joven. En ese primer campeonato, también formó pareja con otra jugadora. “Coincidí con ella jugando al beer pong, organizamos luego una previa entre ambos equipos y hoy estamos hace más de dos años saliendo”, cuenta sobre su vínculo amoroso con Nati.
Catalina Paolini, licenciada en administración de 28 años, llegó desde Ramos Mejía buscando escapar de una crisis vocacional. Al arribar a Barcelona pasó 20 días sola hasta que su mejor amiga volvió de vacaciones. Su intención principal era seguir jugando al fútbol como lo hacía en la zona oeste y ampliar su círculo social. Por eso, decidió contactar a uno de los fundadores del evento.
“El primer fin de semana no conocía a nadie y la pasé increíble, sentí que estaba en el torneo al que iba en Buenos Aires. Me conectó desde el momento cero con la Argentina”, relata Paolini. Se incorporó a las filas del grupo femenino DDL, apodo que pusieron en honor al dulce de leche, y hoy son su núcleo incondicional de amistades. “Los domingos suelen ser un día que te conecta mucho a la vida que yo tenía en nuestro país, de encontrarme con amigos o de una reunión familiar. Hoy La Masía cumple ese rol”, explica.
Durante el Mundial, este grupo fue emocionalmente vital para ella, pasando todos los partidos juntas en medio de los nervios. Si tenía un mal día por extrañar a su familia o sentía el peso de los vínculos lejanos, recurría a su equipo. “Ellas siempre están ahí para aconsejarme; como viven acá hace más tiempo que yo, me comparten sus experiencias”, reflexiona.
Antonella Ballabeni, una empresaria gastronómica de 29 años, refuerza esta dinámica grupal indispensable. En 2021 llegó al equipo “Napolitanas”, cuya capitana, Josefina, se había quedado sola con camisetas celestes, encargadas a China, tras la masiva baja de su plantel.
“Organizamos un amistoso una semana antes que arranque el torneo, para conocernos”, detalla, sobre aquel inicio improvisado. Aquel equipo se consolidó tan rápido que organizaron un viaje juntas a la ciudad de Napoli en el segundo torneo del año. Tiempo después, Ballabeni se separó de su pareja, con quien había llegado a la ciudad catalana, y se quedó sin hogar.
Desesperada, le pidió ayuda urgente a una compañera de La Masía que, casualmente, acababa de atravesar una ruptura amorosa idéntica. La compañera le alquiló una habitación libre para sacarla del apuro. “A los dos días de haber estado viviendo con ella nos sacamos un pasaje. Hoy en día es mi segunda mitad”, afirma.
El agradecimiento fue mutuo. Ballabeni terminaría devolviéndole el favor, pero en otro plano: en uno de los clásicos terceros tiempos, le presentó un chico que también disputaba el torneo. “Hoy en día son novios. La Masía tiene mucha historia para contar”, concluye la jugadora porteña.
La identidad argentina
La mayoría de los jugadores son argentinos, aunque el torneo también fue incorporando personas de otras nacionalidades. Medina cuenta que en su equipo hay dos catalanes que todavía se sorprenden por la manera en que se desarrolla el torneo y la energía argentina. “Lo que desarrollaron, la amabilidad que pregonan, la pasión, realmente es muy lindo el ambiente”, dice.
Paolini también observa esa diferencia cuando mira a los equipos de otras nacionalidades. En el suyo son todas argentinas, salvo una compañera colombiana a quien, según cuenta entre risas, “la argentinizamos”. Para ella, una de las diferencias está en lo que sucede cuando termina el partido: “Se nota mucho que los argentinos vamos más a veces por el tercer tiempo que por el partido en sí, que jugar es una excusa que nos une”. Después vienen los naipes, la música, las risas y la cerveza.
El predio siempre tiene las puertas abiertas para hospedar a los recién llegados desde el otro continente. Hace muy poco, Ballebini llevó a su nueva compañera de departamento para que conociera de qué se trataba el evento deportivo. Lejos de aburrirse o sentirse ajena, la invitada se integró al instante compartiendo rondas de mates y jugando al truco con otras personas que también pisaban el club por primera vez.
“Nosotros vamos mayormente para el tercer tiempo porque es una manera de compartir; y cuando es momento de compartir, en eso el argentino se vuelve más solidario”, resume Mathos.
En el fondo, el fútbol funciona apenas como la excusa perfecta para asegurar que el domingo termine rodeado de afecto y contención a la distancia.
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