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Saturday, October 17, 2026

La tecnología, ¿democratizará el poder o lo concentrará aún más?

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Cuando una persona pierde el rumbo de su vida, suele mirar hacia atrás para encontrar líneas de continuidad y sentido. Lo mismo podría ocurrir con las sociedades. Hay momentos en que el futuro parece tan incierto que solo el pasado permite comprender hacia dónde estamos yendo.

Ese interrogante, tan antiguo como la filosofía misma, adquiere hoy una vigencia perturbadora frente a la velocidad y profundidad de la transformación tecnológica. Las viejas disputas ideológicas que marcaron el siglo XX -el eterno péndulo entre liberalismo y socialismo- parecen perder parte de su capacidad para explicar el mundo contemporáneo. Hoy, se plantea otra disputa no menos ideológica y existencial. Su eje pasa por la supervivencia o no del Estado y del sistema democrático. Tal debate se basa en una transformación estructural profunda: la posibilidad de que, por primera vez en la historia, una parte sustancial del trabajo humano deje de ser necesaria.

El cambio civilizatorio en curso nos obliga a mirar el porvenir con ecos que nos retrotraen al pasado. En la antigua Grecia existía un concepto que resulta sorprendentemente actual: la skholé, el tiempo liberado del trabajo destinado a la subsistencia y dedicado a la contemplación, la educación, la participación política y el desarrollo personal. De esa palabra proviene, precisamente, el término escuela.

Pero aquella sociedad tenía un fundamento que hoy resulta imposible ignorar: la libertad de los ciudadanos se sostenía, en buena medida, sobre el trabajo de otros. Esclavos, metecos y mujeres realizaban una parte sustancial de las tareas productivas, domésticas y de cuidado. Ese tiempo liberado permitió a los ciudadanos hombres dedicarse a la política, la filosofía, la ciencia, el entrenamiento militar y el teatro, entendido también como espacio de formación cívica y religiosa.

Dos milenios después, la revolución de la inteligencia artificial y la automatización nos interpelan: si las máquinas pueden realizar cada vez más tareas que hoy desempeñan los seres humanos, ¿qué ocurrirá cuando el trabajo deje de ser el principal mecanismo de distribución de ingresos, reconocimiento social e identidad?

Aquí aparecen dos planteos ideológicos diferentes. Por un lado, una corriente de pensamiento surgida en Silicon Valley cuestiona el papel tradicional del Estado y de la democracia representativa. Peter Thiel es una de sus figuras más influyentes. Empresario y cofundador de PayPal y Palantir, ha expresado su profunda desconfianza hacia la capacidad de la democracia para producir innovación y ha defendido la posibilidad de crear espacios de experimentación política y económica relativamente independientes de los Estados tradicionales. Su apoyo al seasteading -la creación de comunidades autónomas en el mar- es una de las expresiones más llamativas de esa búsqueda.

Detrás de estas ideas existe una concepción de la libertad que privilegia la capacidad de escapar de las restricciones políticas, desestimando la construcción colectiva de instituciones democráticas. El riesgo, para sus críticos, es evidente: que la tecnología no termine democratizando el poder sino concentrándolo todavía más en quienes poseen el capital, los datos y las plataformas capaces de controlar las nuevas infraestructuras de la sociedad.

La otra respuesta parte de una premisa diferente: si la tecnología genera una riqueza extraordinaria con menor trabajo humano, el problema no puede resolverse simplemente dejando que el mercado distribuya sus beneficios con la exclusión de las mayorías.

En su libro Un mundo sin trabajo, el economista británico Daniel Susskind plantea un problema en dos dimensiones: cómo distribuir la riqueza producida por las máquinas y cómo preservar desde el Estado la cohesión de la sociedad reformulando por completo el pacto social al no existir trabajo remunerado para todos.

Susskind analiza la renta básica universal, pero considera insuficiente una solución basada solo en garantizar un ingreso. Propone por eso el ingreso básico condicional (Conditional Basic Income, CBI) para quienes no puedan realizar una contribución económica a la sociedad.

El planteo introduce una cuestión decisiva. El trabajo no solo permite comprar alimentos, pagar una vivienda o sostener una familia. También organiza el tiempo, proporciona identidad, reconocimiento y, sobre todo, la sensación de que nuestra existencia tiene alguna utilidad para uno mismo y para los demás.

De allí que las actividades de cuidado de niños y ancianos, la producción cultural y comunitaria, la preservación ambiental o el voluntariado pueden adquirir una importancia completamente diferente en una sociedad donde las máquinas realicen buena parte de las tareas que hoy consideramos “trabajo”.

Bajo este modelo, el Estado actúa como un gran canalizador: utiliza la inmensa riqueza generada por la automatización para sostener a los ciudadanos exigiéndoles a cambio una contraprestación social que las máquinas no pueden replicar, impulsando así un nuevo pacto social donde la dignidad y la pertenencia no dependan exclusivamente de tener un empleo remunerado.

Y es aquí donde el círculo de la historia parece cerrarse. La revolución tecnológica podría conducirnos, paradójicamente, hacia una nueva skholé: una sociedad en la que millones de personas dispongan de tiempo de desarrollo personal y comunitario, tiempo que hoy está absorbido por el trabajo necesario para sobrevivir.

Pero hay una diferencia fundamental con la antigua Grecia. Esta vez, ese tiempo liberado no debería depender de que otros seres humanos sean obligados a trabajar para sostenerlo. Podría ser producido por máquinas, algoritmos y sistemas de inteligencia artificial capaces de generar una abundancia que hasta hace pocas décadas parecía inimaginable. La verdadera discusión, entonces, no sería si las máquinas nos quitarán el trabajo sino qué haremos con la libertad que esa transformación podría proporcionarnos.

Podemos imaginar un futuro en el que una pequeña élite tecnológica concentre la riqueza y el poder, mientras la mayoría recibe apenas los recursos necesarios para subsistir. O podemos imaginar una sociedad en la que la tecnología permita liberar tiempo para la educación, el cuidado, la creación, la participación comunitaria y la vida cívica.

La primera opción nos acercaría a una nueva aristocracia tecnológica. La segunda, a una nueva concepción de ciudadanía.

La inteligencia artificial podría terminar haciendo realidad, por primera vez para todos, aquello que la skholé reservaba a unos pocos. Pero para que esa promesa se cumpla, habrá que resolver una cuestión que ninguna máquina puede responder por nosotros: qué significa ser útil, tener un propósito de vida y formar parte de una comunidad cuando ya no necesitemos trabajar para sobrevivir.

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