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Friday, September 11, 2026

La “cresta africana” está disparando las temperaturas en España otra vez: qué es este fenómeno y por qué trae tanto calor

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Publicado por César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

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Abres la ventana por la mañana y quizá el ambiente todavía resulte soportable. Unas horas después, el asfalto abrasa, las persianas vuelven a bajar y septiembre parece haber olvidado que el verano meteorológico terminó en agosto. Después de varios altibajos, el calor regresa con suficiente intensidad como para devolver a muchas zonas españolas a valores impropios de estas fechas.

En los mapas y las predicciones, aparece una expresión llamativa para explicar este nuevo ascenso: “cresta africana”. El nombre invita a imaginar una enorme lengua ardiente avanzando desde el Sáhara hasta cubrir la península. La realidad es bastante más interesante, porque lo que sucede no consiste simplemente en trasladar una bolsa de aire abrasador desde un lugar hacia otro.

Entonces, ¿qué está ocurriendo sobre nuestras cabezas para que el mercurio pueda aumentar tantos grados en pocos días? ¿Qué es exactamente esa cresta, de dónde sale la energía que notamos en la superficie y por qué un patrón invisible situado a varios kilómetros de altura puede cambiar el tiempo que experimentamos al salir a la calle?

Una cresta que no tiene nada que ver con una montaña

La primera sorpresa está en el propio nombre. En meteorología, una cresta o dorsal anticiclónica es una prolongación hacia latitudes más altas de una zona con valores elevados de geopotencial en niveles medios y altos de la troposfera, la capa más baja de la atmósfera, donde se desarrolla casi todo el tiempo meteorológico. El geopotencial permite representar a qué altura encontramos una determinada presión y cómo se organiza el flujo atmosférico.

Una “cresta africana” suele referirse a una dorsal subtropical que se expande desde el norte de África hacia la península ibérica y otras regiones europeas; en niveles medios, puede ir acompañada por una masa muy cálida para la época, que propicia registros elevados en superficie.

Podemos imaginar esos mapas como una sábana extendida que forma grandes pliegues. Algunos se hunden hacia el sur: son las vaguadas, asociadas habitualmente con incursiones de aire más frío en altura e inestabilidad. Otros se arquean hacia el norte: las dorsales. No constituyen paredes ni masas encerradas por fronteras nítidas, sino ondulaciones de la corriente atmosférica.

Cuando se habla de “cresta africana”, la expresión suele referirse a una dorsal subtropical que se expande desde el norte de África hacia la península ibérica y otras regiones europeas. En niveles medios, puede ir acompañada por una masa extraordinariamente cálida para la época, que propicia registros elevados en superficie.

Eso tampoco significa que cada episodio sea una gigantesca bocanada sahariana. El origen geográfico del aire importa, pero su desplazamiento, el descenso vertical, la insolación y las condiciones locales también intervienen. Y no tiene por qué aparecer calima: el polvo mineral necesita un transporte adecuado desde el desierto.

Comprender esa diferencia evita convertir un mecanismo tridimensional en la engañosa imagen de una nube caliente viajando hacia España.

El verdadero secreto está en el aire que desciende

¿Por qué esta situación desemboca en valores tan altos? Una pieza esencial es la subsidencia, palabra técnica para designar el movimiento descendente del aire. En situaciones anticiclónicas, parte de la atmósfera puede bajar lentamente desde niveles superiores. Durante ese recorrido, encuentra una presión cada vez mayor.

Al comprimirse, el gas gana temperatura aunque nadie le aplique una llama. Es un proceso adiabático: esa variación se produce mediante compresión o expansión sin necesitar un intercambio directo de calor con el entorno.

“Recreación artística del aire descendente que se comprime y calienta bajo una dorsal anticiclónica. ChatGPT, César Noragueda”.

Una bomba de bicicleta ofrece una comparación doméstica: al inflar una rueda rápidamente, el cilindro puede ponerse caliente al comprimir su contenido. Las escalas atmosféricas son distintas, pero la relación ayuda a entender el mecanismo.

La dorsal añade todavía más ingredientes. La estabilidad dificulta el desarrollo de grandes nubes convectivas —las que crecen cuando el aire cálido y húmedo asciende y que pueden originar tormentas— en numerosas áreas; con cielos despejados o poco cubiertos, la radiación solar alcanza el suelo durante muchas horas. La superficie se recalienta y transmite parte de esa energía a las capas inferiores.

Por eso, resulta incompleto decir únicamente que “el calor viene de África”. No hay una estufa sahariana enviándonos grados centígrados como paquetes. Intervienen el transporte de masas de aire, la disposición vertical, la compresión asociada al descenso, el sol y características del terreno. Incluso el viento, la humedad, el mar o la altitud modifican cuánto acaba marcando cada termómetro.

No hay una estufa sahariana enviándonos grados como paquetes: intervienen el transporte de masas de aire, la disposición vertical, la compresión asociada al descenso, el sol y características del terreno; e incluso el viento, la humedad, el mar o la altitud.

Por qué España vuelve ahora a temperaturas de pleno verano

La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha confirmado que el de 2026 fue el verano más cálido de la serie histórica española, iniciada en 1961, con una media de 24,5 grados. En la Península y Baleares, hubo 61 días bajo condiciones de ola de calor, frente al anterior máximo de 41 en 2022.

Septiembre tampoco rompió limpiamente con esa estación. Durante sus primeros días, se contabilizó otra ola de calor. Después, llegaron descensos, pero aquel alivio no garantizaba jornadas suaves para el resto del mes.

Ahora, la circulación vuelve a impulsar un ascenso acusado. La dorsal subtropical gana terreno desde el norte de África y la masa cálida asociada se extiende sobre la península, mientras la estabilidad facilita que los termómetros escalen. El resultado devuelve registros propios de los momentos más calurosos del verano a determinadas áreas en pleno septiembre.

Conviene fijarse no solo en la temperatura máxima, sino en la anomalía térmica: la distancia entre lo observado o previsto y lo habitual para ese lugar y momento del año. 35 grados pueden ser frecuentes en una tarde cordobesa de julio y resultar mucho más excepcionales semanas después.

Esa comparación climatológica cuenta mejor la historia que un número aislado. Lo relevante no es simplemente que haga calor en España, sino cuándo ocurre, durante cuánto tiempo, sobre qué extensión y cuánto se aparta de las condiciones normales.

Tener 38 °C no convierte automáticamente un episodio en una ola de calor

Una máxima espectacular puede ocupar titulares, pero no basta para declarar una ola de calor. En climatología, el concepto exige algo más que superar una cifra redonda durante unas horas. Importan la intensidad, la duración y la extensión territorial, y los umbrales se establecen atendiendo al comportamiento histórico de las temperaturas en cada zona.

Una ola de calor exige algo más que superar una cifra redonda durante unas horas: importan la intensidad, la duración y la extensión territorial, y los umbrales establecidos históricamente en cada zona.

La diferencia se aprecia al enfrentar dos lugares. Una tarde de 38 grados puede ser muy calurosa en Sevilla sin resultar excepcional en pleno julio. El mismo registro en un área cantábrica representaría una anomalía enorme. El número coincide; su significado climático, no.

También cuenta la persistencia. Un pico fugaz provocado por circunstancias locales no equivale a varios días con valores extremos afectando a una parte considerable del territorio. Por eso, conviene esperar al análisis de AEMET antes de colocar esa etiqueta a cualquier subida intensa.

Esta precisión no resta importancia al episodio. Podemos hablar de temperaturas anormalmente elevadas y calor muy intenso donde corresponda sin anticipar una clasificación que requiere criterios específicos.

“Recreación artística de una vaguada y una dorsal ondulando la circulación atmosférica sobre Europa. ChatGPT, César Noragueda”.

¿La cresta africana es consecuencia del cambio climático?

¿Debemos atribuir esta cresta concreta al cambio climático? La respuesta exige separar dos asuntos que suelen mezclarse.

Una dorsal es un componente natural de la circulación atmosférica y existía mucho antes del calentamiento global provocado por las actividades humanas. Observarla sobre la península no demuestra, por sí solo, que este último la haya creado, vuelto más frecuente o prolongado su duración. Acreditar modificaciones en ese comportamiento exige análisis específicos y series largas; atribuir un acontecimiento particular requiere comparar el mundo actual con escenarios sin calentamiento antropogénico.

Pero el telón de fondo sí ha cambiado. La temperatura media del planeta es mayor que en la era preindustrial. Estos patrones meteorológicos se desarrollan así dentro de un sistema más cálido, capaz de elevar el punto de partida de determinados extremos. El récord español de 2026 se inserta, además, en una tendencia ascendente de las últimas décadas.

Hay que evitar dos errores: presentar cualquier día abrasador como una consecuencia individual demostrada del calentamiento global y creer que un fenómeno meteorológico natural no puede verse intensificado por un clima que ya es distinto.

Podemos imaginar unos dados. La atmósfera sigue lanzándolos y unas veces trae jornadas frescas, otras temporales, anticiclones o entradas de aire cálido. El cambio climático no necesita fabricar cada tirada para modificar el contexto en el que aparecen los resultados y acentuar extremos térmicos. La analogía tiene límites: no demuestra que una dorsal específica sea más probable, algo que debe investigarse.

Separar ambas escalas evita dos errores: uno consiste en presentar cualquier día abrasador como una consecuencia individual demostrada del calentamiento global; el otro, en creer que un fenómeno meteorológico natural no puede verse intensificado por un clima que ya es distinto.

El calor que sentimos empieza mucho más arriba de nuestras cabezas

Volvamos a la ventana del principio. El termómetro muestra el desenlace de una historia tridimensional. Para comprender por qué una tarde de septiembre puede parecer de julio, hay que observar cómo se ondula la circulación a kilómetros de altura y qué movimientos verticales se producen.

La sábana imaginaria ya tiene sentido. Sus pliegues redistribuyen aire y energía, generan estabilidad o inestabilidad y condicionan cuanto sucede en superficie. Una dorsal puede transformar rápidamente el ambiente cotidiano.

La “cresta africana” no es una gigantesca ola ardiente que cruza el Mediterráneo como si alguien hubiese abierto un horno. Es una disposición atmosférica capaz de transportar una masa muy cálida y crear condiciones propicias para elevar los registros que experimentamos abajo.

Entenderlo cambia la mirada. El calor deja de ser solo una cifra roja en una aplicación y se convierte en la huella superficial de una maquinaria planetaria invisible. Dorsal, aire africano, anomalía térmica u ola de calor tampoco son expresiones intercambiables. Y, cuando los termómetros vuelvan a dispararse, para averiguar por qué ocurre, habrá que mirar mucho más allá de las nubes.

Referencias

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