Música y láseres: así fue la vibrante apertura de Mutek en el San Martín

“¿Qué es lo que acaba de suceder?”, dejó caer alguien, entre el éxtasis y la incredulidad. Las miradas, los murmullos, los cuerpos acomodándose daban a entender que algo había vital había sucedido. Los espectadores –jóvenes y adultos, imposible definir una única tribu aquí– volvían de a poco a poblar el hall de la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, con su arquitectura esbelta y su luz dócil. Klauss, la histórica agrupación liderada por Ernesto Romeo, junto a Lucas Romeo y Pablo Gil, y la canadiense Myriam Bleau, música electrónica y artista digital, le dieron la bienvenida al festival MUTEK.AR.

El miércoles por la noche fue la inauguración de la 8va edición de MUTEK.AR, el festival de artes, tecnología, performance y poesía visual que ya es una cita anual esperada los muchos amantes de las artes digitales, la música electrónica, las performance audio-visuales y la experimentación. Hay, también, lugar para los novatos y curiosos. En particular, el programa A/Visions propone un diálogo experimental entre música y visuales con shows de gran escala en espacios emblemáticos, que este año sucede en el Teatro San Martín. “La elección del espacio forma parte del acontecimiento”, dicen los curadores, como un modo de trasfigurar la majestusiodad de esos semblantes institucionales: hacerlos temblar. El Centro Experimental del Teatro Colón y el Planetario son los otros dos edificios icónicos de la ciudad que este año reciben a MUTEK.AR, que tendrá además por sedes, a Artlab, Comité 357, Deseo, La Nube y el Domo. El evento cuenta con el apoyo de Clarín y Revista Ñ.
Desde el escenario, Gonzalo Solimano y Ariel Charec, anfitriones de MUTEK.AR, dieron la bienvenida a una nueva edición del festival de esta plataforma global que se propone divulgar y desarrollar la creatividad digital en el sonido, la música y las artes audio-visuales. Para ello, dijeron, creen que es clave ofrecer un espacio de encuentro, que sea también un lugar de iniciación y descubrimiento para las nuevas audiencias, los cruces intergeneracional, y, en especial, visibilizar el talento de los y las artistas locales.

Dos performances –de climas e intensidades diferentes– esperaban a los espectadores.
La apertura estuvo a cargo de Klauss, la inovidable y vigente agrupación liderada por Ernesto Romeo, junto a Lucas Romeo y Pablo Gil. Referente de la música electrónica local desde hace cuarenta años, Romeo es un alma alerta, curiosa, y creativa. Con una matriz experimental y una impronta improvisadora, Klauss cruza materiales y lenguajes analógicos y digitales, a través de sintetizadores, sistemas modulares, secuenciadores y baterías electrónicas. Romeo es testigo y protagonista clave de la transición digital y los cambios en la escena electrónica.
La noche del miércoles, sumaba dos novedades: subir su set al imponente escenario de la Sala Martín Coronado (lo había hecho tiempo atrás, en 1994, en un espectáculo de la Organización Negra), y el trabajo en colaboración con Martín Huberman & El Estudio Normal, quien estrenaba La Joya: una escultura-tótem lumínica compuesta por 60 ópticas de automóviles –un elemento del contexto urbano trasladado al espacio escénico– cuyos acrílicos y cromados reflejan y multiplican la luz a partir de secuencias programadas. Huberman –arquitecto, diseñador y profesor– fundó Normal, un espacio dedicado a redefinir la noción del espacio, que ya había presentado instalaciones en grandes festivales como Coachella y Lolapalooza, pero nunca en Mutek. La Joya volverá a presentarse el sábado en el programa Nocturno, en Deseo.

Patrones hipnóticos
En el escenario, cada miembro de Klauss opera con destreza sus instrumentos y máquinas, dispuestos en tres mesas, como tres científicos ocupados –concentrados– en su tarea. En el centro, Romeo con su universo de cables y conexiones. Arriba, en el fondo, La Joya comienza a encender sus ópticas, como pétalos independientes, y a la vez interconectados, por la savia electrónica. En la sala, el clima es eufórico y a la vez íntimo, desde las butacas del teatro, a diferencia de otros sets pensados para clubes. La atmósfera del set irá increscendo y descendiendo, iterando sus ritmos, activando y desactivando el pulso vital, haciendo de la sala una entidad orgánica que destella a través de La Joya y su paleta, del blanco a tonos ocres y dorados.

Después del intervalo, es el turno de la canadiense Myriam Bleau, música electrónica y artista digital, quien ya había visitado Buenos Aires en 2018 y participó de festivales como Prix Ars Electronica, ISEA, Sónar y Transmediale. El set de Hypermobility resulta hipnótico: 45 minutos non-stop de música, climas lumínicos, y proyecciones láser volumétricas. La artista apenas se percibe en el escenario, detrás de su atril, mientras los rayos invaden la sala generando planos de luz esculpidos sobre el público, a través de diferentes “temas” o patrones: unas luciérnagas hiperquinéticas, rayos rojos penetrantes, figuras geométricas, cromatismos corporizados, cuerpos tipográficos aleatorios en busca de sentido. ¿Es así de frenético nuestro ritmo de vida? Por un momento, luces y sonidos son materiales que atraviesan los cuerpos presentes y conectados.
Periodista y editora
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