Pedro Miguel: El declive del Águila
esde los primeros años 80 del siglo pasado hasta 2026, el avión de combate F-15 Eagle ( Águila) ha sido el mayor símbolo de poderío aéreo y tecnológico de Estados Unidos. En 1970, la aparición del interceptor soviético MiG-25, capaz de alcanzar el triple de la velocidad del sonido y dotado de un enorme radar, conmocionó al Pentágono y a la OTAN, por lo que los mandos militares estadunidenses pidieron a la industria que desarrollara un avión de superioridad aérea capaz de enfrentarlo. De ese pedido surgió el Eagle, un gran bimotor ligeramente más lento, aunque mucho más ágil y avanzado, fabricado por la extinta McDonnell Douglas, que entró en servicio en 1976 y que desde entonces empezó a sustituir a los F-4 Phantom empleados en la Guerra de Vietnam. Originalmente, el Eagle (F-15A) era un caza monoplaza puro, con una baja carga alar y una elevada relación empuje-peso que le permitía hacer giros sin perder velocidad y ascender a 10 mil metros en sólo 60 segundos. Podía llevar cuatro misiles infrarrojos de corto alcance y otros cuatro de mediano alcance guiados por radar. Posteriormente se desarrolló una variante biplaza (F-15B) destinada al entrenamiento de pilotos. Durante la presidencia de Ronald Reagan se empezó a fabricar el F-15C, con radar y aviónica mejorados, y el F-15E Strike Eagle, un cazabombardero biplaza de altas prestaciones que tuvo su bautizo de fuego en la primera guerra contra Irak (1991).
Aunque ampliamente utilizado en esa incursión y en guerras posteriores, ningún Eagle ha sido derribado nunca por un avión adversario, pero en sus distintas versiones ha destruido en el aire a más de 100 aeronaves enemigas en distintos conflictos. El armamento antiaéreo de Bagdad derribó a un par de F-15 en enero de 1991 y uno más se estrelló cerca de Tikrit en la incursión gringa de 2003, aunque no está claro si se trató de una falla del avión, de un error de los pilotos o de fuego iraquí. En los siguientes 23 años, el Águila llevó destrucción y muerte a varios países de manera totalmente impune. Su capacidad de supervivencia es tan elevada que en 1983 un F-15D de la Fuerza Aérea Israelí colisionó en vuelo con un A-4 del mismo país y perdió un ala completa; sin embargo, el piloto fue capaz de aterrizarlo sin más daños, no sólo gracias a su habilidad, sino también a la potencia de los motores y a la fuerza de sustentación generada por el fuselaje y las tomas de aire del aparato. De los cerca de mil 200 ejemplares construidos (en todas sus versiones), hasta abril de este año se habían perdido 147, pero, salvo en los dos o tres casos mencionados, se trató de accidentes causados por problemas mecánicos, errores de la tripulación o fuego amigo.
Se daba por hecho que, sin ser un avión furtivo –es decir, de baja visibilidad para los radares, como los más modernos F-22 Raptor y F-35 Lightning II–, el Águila era una aeronave muy difícil de derribar, no sólo por su agilidad para esquivar misiles, sino por sus avanzados sistemas electrónicos y pirotécnicos de protección. Esa imagen de campeón absoluto del aire se vino abajo de golpe con la agresión estadunidense contra Irán ordenada por Donald Trump. El 1 de marzo, un mucho menos poderoso F/A 18 de Kuwait disparó por error tres de sus misiles a una formación de aviones estadunidenses y acabó con otros tantos Águila. Poco después, el 3 de abril, otro F-15E fue abatido por las defensas aéreas iraníes y, aunque los pilotos lograron eyectarse, el recuperarlos implicó una multimillonaria operación de rescate en la que se destruyeron al menos otras cuatro aeronaves gringas. Ocho más quedaron fuera de combate en un ataque con misiles balísticos iraníes a la base aérea Muwaffaq Salti (Azraq, Jordania), y el 16 de septiembre las fuerzas militares de Ansar Alá (hutíes) derribaron un F-15 saudita que incursionaba en Yemen. Total, que entre las 86 aeronaves (aviones, helicópteros y drones) que el Pentágono ha perdido en esa guerra y sus extensiones, se cuentan 12 F-15E de la US Air Force y uno más de Arabia Saudita.
De seguro esos números están siendo analizados con preocupación en Japón, Corea del Sur, Israel, Singapur y la propia Arabia Saudita, cuyas fuerzas aéreas los tienen en inventario, y por países que estaban pensando en adquirirlos. Junto con los grandes portaviones nucleares gringos, desvencijados, oxidados y habitados por tripulaciones famélicas y desesperadas por las larguísimas misiones en las inmediaciones del golfo Pérsico, el Águila ha dejado de ser emblema de poderío y se ha vuelto símbolo de decadencia. Paradójicamente, la US Air Force es renuente a recurrir a sus aviones más avanzados de quinta generación, el F-22 y el F-35, no sólo porque cada hora de vuelo de esos pájaros furtivos cuesta entre 33 mil y 85 mil dólares, sino también porque teme que uno de ellos sea derribado y que sus secretos tecnológicos acaben en manos del enemigo. El heroísmo de los pueblos agredidos cuenta, y mucho, pero el aparato bélico de Washington es como un elefante que se derrumba por su propio peso.
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