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Wednesday, September 16, 2026

Científicos descubren que peces de hace 385 millones de años tenían mandíbulas que funcionaban como “armas medievales”

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Un análisis en 3D de peces acorazados del Devónico revela que depredadores pequeños y grandes desarrollaron soluciones completamente distintas para romper las defensas de sus presas.

Hace 385 millones de años, los peces acorazados desarrollaron dos estrategias muy diferentes para triturar a sus presas
Hace 385 millones de años, los peces acorazados desarrollaron dos estrategias muy diferentes para triturar a sus presas. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Christian Pérez

Publicado por Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

Mucho antes de que los grandes reptiles dominaran los continentes, los mares del Devónico ya eran escenario de una intensa carrera evolutiva. En aquellos océanos nadaban los placodermos, peces provistos de una formidable armadura ósea que protagonizaron algunos de los primeros grandes experimentos de la evolución con mandíbulas y estructuras dentales.

Un nuevo estudio publicado en Scientific Reports permite observar con un detalle poco habitual cómo algunos de estos animales procesaban sus alimentos. Investigadores de la Universidad de Flinders y otras instituciones australianas han reconstruido digitalmente las mandíbulas inferiores de ocho placodermos procedentes de la Formación Gogo, en Australia Occidental, y han descubierto algo inesperado: especies pequeñas y grandes podían estar preparadas para enfrentarse a alimentos resistentes, pero lo hacían mediante soluciones anatómicas radicalmente diferentes.

La clave no parece encontrarse únicamente en el tamaño del depredador o en la potencia que podía desarrollar al cerrar la boca. Lo verdaderamente importante era la relación entre las dimensiones del cazador y las de aquello que intentaba comer. En otras palabras, no planteaba el mismo problema triturar un pequeño organismo acorazado que cabía entero en la boca que enfrentarse a una presa demasiado grande para ser engullida.

Ese matiz abre una ventana excepcional a la ecología de unos arrecifes desaparecidos hace aproximadamente 385 millones de años.

Ocho peces y ocho mandíbulas reconstruidas en tres dimensiones

La Formación Gogo, situada en la región de Kimberley, es uno de los grandes yacimientos paleontológicos del Devónico. Sus fósiles conservan una extraordinaria representación del ecosistema marino que existió allí y los placodermos ocupan un lugar destacado entre los vertebrados recuperados.

Los científicos seleccionaron ocho especies con mandíbulas de tamaños y anatomías muy diferentes. Entre ellas aparecen Camuro­piscis concinnus, Compagopiscis croucheri, Eastmanosteus calliaspis, Incisoscutum sarahae, Rolfosteus canningensis, Torosteus pulchellus, Bullerichthys fascidens y un ejemplar atribuido a Kimberleyichthys. Sus inferognatales —los elementos óseos de la mandíbula inferior— medían aproximadamente entre tres y siete centímetros.

Uno de los cráneos fósiles de peces analizados durante la investigación
Uno de los cráneos fósiles de peces analizados durante la investigación. Foto: Universidad de Flinders/Christian Pérez

Para averiguar qué podían soportar esas estructuras, los investigadores recurrieron al análisis de elementos finitos. A partir de escaneos y modelos tridimensionales sometieron virtualmente las mandíbulas a diferentes cargas. El objetivo era observar cuánto se deformaban ante una mordida estandarizada: cuanto menor era la deformación, mayor era su capacidad para resistir fuerzas importantes.

Pero la resistencia solo contaba una parte de la historia. El equipo estudió también la complejidad de las superficies utilizadas para morder mediante una técnica denominada energía normal de Dirichlet o DNE. Las superficies planas presentan valores reducidos; una topografía con dientes, relieves y bordes pronunciados produce cifras superiores. Así pudieron comparar no solo la robustez de cada mandíbula, sino también qué clase de herramienta llevaba incorporada.

Y ahí apareció la sorpresa.

Hace 385 millones de años, los peces acorazados ya habían desarrollado distintas soluciones para enfrentarse a presas difíciles de romper.

Los pequeños podían aplastar; los grandes necesitaban perforar

Dos de los animales relativamente pequeños, Camuro­piscis concinnus y Rolfosteus canningensis, combinaban mandíbulas rígidas para su tamaño con superficies de mordida especialmente planas. Esa configuración encaja con una estrategia sencilla pero eficaz: introducir una presa pequeña dentro de la boca y someterla a compresión hasta romper su protección.

No hacían falta grandes dientes si todo el alimento podía quedar atrapado entre dos superficies capaces de funcionar como una prensa.

El caso de Kimberleyichthys era completamente diferente. Su mandíbula era la mayor analizada, con unos 71 milímetros de longitud, y ofrecía una combinación extraordinaria: elevada resistencia estructural y la superficie dental más compleja de toda la muestra. En lugar de limitarse a aplastar, disponía de estructuras capaces de concentrar la fuerza en puntos determinados.

Los propios investigadores comparan funcionalmente esta disposición con armas medievales concebidas para enfrentarse a una armadura, como martillos de guerra o hachas de petos. La analogía ayuda a visualizar el mecanismo: ante una protección resistente, repartir la presión por una superficie demasiado amplia puede resultar poco efectivo; concentrarla sobre un área pequeña facilita iniciar una fractura.

Una presa que superara la capacidad de la boca podía así ser perforada y fragmentada antes de convertirse en porciones manejables.

El tamaño de la presa cambia las reglas

El resultado obliga a matizar una idea aparentemente intuitiva sobre los depredadores prehistóricos. Una mandíbula preparada para alimentos duros no tiene por qué presentar siempre el mismo aspecto.

De hecho, la ventaja mecánica de las mandíbulas estudiadas varió relativamente poco y no explicó por sí sola las diferencias encontradas. Tampoco se cumplió una relación simple según la cual las mandíbulas más resistentes deberían poseer necesariamente las superficies dentales más planas. El tamaño corporal ayudó mucho más a interpretar el conjunto.

Entre ambos extremos existían además otras estrategias. Compagopiscis croucheri, Eastmanosteus calliaspis y Torosteus pulchellus presentaban superficies más complejas y cortantes asociadas a mandíbulas relativamente menos resistentes. Los autores consideran que estas características encajan mejor con funciones de corte sobre tejidos blandos, dietas más generalistas o presas menos difíciles de procesar.

Esto no significa que los investigadores puedan reconstruir el menú exacto de cada especie. El propio estudio advierte de esa limitación: la anatomía indica qué recursos estaban mecánicamente al alcance de un animal, no necesariamente qué comía cada día.

El Dr. Rex Mitchell investiga cómo la alimentación influye en la anatomía del cráneo para reconstruir la ecología y la evolución de los animales
El Dr. Rex Mitchell investiga cómo la alimentación influye en la anatomía del cráneo para reconstruir la ecología y la evolución de los animales (izquierda). Los paleontólogos de la Universidad de Flinders Austin Fitzpatrick y la Dra. Alice Clement junto a una de las mandíbulas fósiles de placodermo estudiadas (derecha). Fotos: Universidad de Flinders

El tamaño del depredador no era suficiente para explicar cómo procesaba alimentos duros: importaba especialmente el tamaño de la presa en relación con su boca.

Un laboratorio evolutivo bajo los mares del Devónico

La importancia del descubrimiento va más allá de saber cómo comía un puñado de peces extinguidos. Los placodermos pertenecen a una etapa fundamental de la historia de los vertebrados con mandíbula, cuando diferentes arquitecturas anatómicas estaban abriendo nuevas posibilidades para capturar y procesar alimentos.

Hace unos 385 millones de años, el arrecife de Gogo albergaba organismos protegidos por conchas, caparazones y armaduras. Frente a aquellas defensas, la evolución no produjo una única mandíbula “trituradora”. Generó distintas respuestas al mismo desafío.

Un animal pequeño podía convertir su boca en una prensa. Uno grande podía desarrollar estructuras capaces de perforar y romper. Otros apostaron por superficies cortantes.

La conclusión es especialmente sugerente porque transforma nuestra imagen de aquellos ecosistemas. Bajo las aguas devónicas no existía simplemente una competición por tener la mandíbula más poderosa. Había una auténtica especialización de herramientas para explotar recursos diferentes. Y en esa diversidad, conservada durante cientos de millones de años dentro de la roca australiana, puede observarse uno de los capítulos tempranos de una innovación que cambiaría para siempre la historia de los vertebrados: la capacidad de morder.

Referencias

  • D. Rex Mitchell et al, Hard-object feeding adaptations infer relative predator-prey size relationships in Devonian placoderms, Scientific Reports (2026). DOI: 10.1038/s41598-026-57261-3
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