Morgan Binder, especialista en nutrición y gastroenterología: “El síndrome de intestino irritable no es una intolerancia a los alimentos ni consecuencia de una mala dieta”

Dolor abdominal, hinchazón, diarrea o estreñimiento pueden llevar a muchas personas con síndrome de intestino irritable (IBS, por sus siglas en inglés) a buscar inmediatamente qué alimento deberían dejar de comer. Para Morgan Binder, especialista estadounidense en nutrición y gastroenterología, ese punto de partida puede ser equivocado.
“El IBS no es una enfermedad de intolerancia alimentaria ni de mala alimentación”, explicó Binder durante una reciente entrevista en el podcast Gut-Brain Therapy, de Nerva. La especialista trabaja en Arizona Digestive Health y cuenta con formación tanto como physician assistant como nutricionista registrada.
Su planteo no significa que la alimentación sea irrelevante. Determinadas comidas pueden desencadenar o agravar síntomas, pero Binder sostiene que concentrarse exclusivamente en ellas puede hacer que los pacientes pasen por alto un componente central del trastorno: la comunicación entre el intestino y el cerebro.
Por qué una comida puede caer bien un día y mal al siguiente
Binder utiliza el concepto de un “umbral” para explicar lo que ocurre. Una persona sin IBS también puede experimentar ocasionalmente dolor, distensión o diarrea. La diferencia es que quienes padecen el síndrome tendrían un umbral más bajo para que diferentes estímulos provoquen síntomas.
Esto ayuda a entender una situación frecuente: un mismo alimento puede generar molestias un día y no hacerlo en otra ocasión. La comida es uno de los factores que pueden intervenir, pero también pueden influir el estrés y otros elementos que afectan la interacción entre el sistema digestivo y el cerebro.
Binder define al IBS como un trastorno que atraviesa períodos de recaída y remisión. El objetivo, según explica, es mejorar esa comunicación para elevar el umbral y conseguir que los síntomas sean leves o estén ausentes durante la mayor parte del tiempo.
El riesgo de eliminar demasiados alimentos
Uno de los problemas aparece cuando el paciente atribuye cada síntoma a lo último que comió. A partir de allí puede comenzar un proceso de eliminación: primero abandona un alimento, luego otro y finalmente termina con una dieta cada vez más limitada.
Binder propone avanzar en la dirección contraria siempre que sea posible: el objetivo final debería ser ampliar la variedad de alimentos y no reducirla indefinidamente.

Esto no implica ignorar los desencadenantes individuales. La especialista reconoce el papel de estrategias nutricionales específicas, incluida la dieta baja en FODMAP, que restringe temporalmente determinados carbohidratos fermentables asociados con síntomas digestivos en algunas personas.
Sin embargo, este tipo de intervención no está pensada como una dieta restrictiva permanente. Binder plantea la importancia de establecer cuánto tiempo se utiliza y luego trabajar para recuperar variedad en la alimentación.
Qué tiene que ver el cerebro con el intestino irritable
La conexión intestino-cerebro puede generar otra confusión. Hablar de ella no significa que los síntomas sean imaginarios o que el IBS esté “en la cabeza” del paciente.

El sistema digestivo y el cerebro mantienen una comunicación bidireccional constante. En las personas con IBS puede existir una mayor sensibilidad a señales digestivas que normalmente pasarían inadvertidas, un fenómeno conocido como hipersensibilidad visceral.
Por eso, el abordaje puede incluir distintas herramientas además de modificaciones alimentarias. Binder señala que estrategias dirigidas a la conexión intestino-cerebro pueden utilizarse junto con intervenciones nutricionales, en lugar de plantearlas como tratamientos excluyentes.
Por qué la alimentación sigue siendo importante
Que el IBS no sea simplemente consecuencia de comer mal tampoco significa que la dieta carezca de importancia. Binder tiene una licenciatura en Ciencias de la Nutrición de la Universidad de Arizona y una maestría en estudios de physician assistant de Northern Arizona University. En su práctica combina ambos campos para abordar trastornos gastrointestinales.

Su enfoque busca evitar que el tratamiento transforme la comida únicamente en una fuente de preocupación. La alimentación también tiene dimensiones sociales, culturales y emocionales, y las restricciones innecesarias pueden afectar esa relación.
Por eso, ante síntomas persistentes, el camino no consiste simplemente en elaborar una lista cada vez más extensa de alimentos prohibidos. El diagnóstico y las modificaciones dietarias deben evaluarse con profesionales de la salud, especialmente porque dolor abdominal, diarrea, estreñimiento o distensión también pueden aparecer en otras enfermedades gastrointestinales.
Para Binder, la meta del tratamiento es más amplia: controlar los síntomas sin perder innecesariamente diversidad en la dieta. En otras palabras, conseguir que la persona pueda tolerar más alimentos, y no acostumbrarse a vivir comiendo cada vez menos.
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