Una expedición que buscaba el avión de Amelia Earhart en una isla remota resuelve un misterio que comenzó con una imagen de satélite
Una expedición a una remota isla del Pacífico ha revelado qué escondía el misterioso objeto que algunos investigadores identificaban con el avión desaparecido de Amelia Earhart en 1937.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante casi 90 años, la desaparición de Amelia Earhart ha sido uno de los grandes enigmas de la aviación. La famosa piloto estadounidense desapareció el 2 de julio de 1937 junto a su navegante, Fred Noonan, cuando intentaban completar una vuelta al mundo a bordo de un Lockheed Electra 10-E. Desde entonces, numerosas expediciones han recorrido el océano Pacífico buscando algún rastro de la aeronave. La última de ellas acaba de terminar con un resultado que pocos de sus impulsores deseaban.
Un equipo de investigadores estadounidenses se desplazó hasta Nikumaroro, un atolón deshabitado perteneciente a la República de Kiribati, para examinar una extraña estructura que aparecía en fotografías aéreas e imágenes por satélite. Su forma alargada y sus reflejos habían alimentado la posibilidad de que se tratara de los restos del avión perdido.
Sin embargo, la Universidad de Purdue ha confirmado que el supuesto hallazgo tenía una explicación mucho menos extraordinaria: los investigadores habían localizado una acumulación de grandes troncos arrastrados por el agua, cuya superficie brillante había provocado la confusión.
El descubrimiento descarta una de las pistas más prometedoras de los últimos años, aunque no resuelve qué ocurrió realmente con Earhart y Noonan durante aquel vuelo que debía llevarlos desde Papúa Nueva Guinea hasta la isla Howland.
Una misteriosa estructura detectada desde el espacio
La investigación comenzó con unas imágenes de satélite examinadas en 2020. En ellas aparecía una formación de color claro, parcialmente sumergida en una laguna de Nikumaroro, cerca de la península de Taraia. Su aspecto resultaba lo suficientemente extraño como para despertar el interés de quienes llevaban décadas buscando el avión.
El objeto, bautizado como Taraia Object, parecía presentar una superficie reflectante que algunos investigadores relacionaron con posibles fragmentos metálicos. Además, fotografías aéreas tomadas en 1938, apenas un año después de la desaparición de Earhart, parecían mostrar una anomalía en aquella misma zona.
Para comprobarlo, el Archaeological Legacy Institute, la Purdue Research Foundation y la Universidad de Purdue organizaron una expedición de 17 investigadores que emprendió su viaje por mar desde Tarawa, en Kiribati.
La travesía duró cinco días y las dificultades continuaron después de alcanzar la isla. El fuerte oleaje y las malas condiciones meteorológicas retrasaron los trabajos. Finalmente, el equipo consiguió desarrollar cuatro jornadas de investigaciones sobre el terreno, incluyendo exploraciones en la laguna y búsquedas de posibles materiales relacionados con el avión.

El hallazgo que terminó con las esperanzas de los investigadores
Cuando los especialistas alcanzaron el lugar donde debía encontrarse el objeto, descubrieron que buena parte de la estructura había desaparecido. Las corrientes habían fragmentado y desplazado los materiales, dejando únicamente una sección con forma de Y.
Su examen permitió comprender por qué las imágenes habían resultado tan engañosas. Los troncos estaban recubiertos por una capa de carbonatos y arena coralina compactada que les proporcionaba un brillo semejante al de ciertos materiales artificiales.
Aquella superficie, interpretada inicialmente como una posible señal de metal, era consecuencia de un proceso natural. La conclusión fue que no existían pruebas de que el objeto perteneciera al Lockheed Electra.
Steve Schultz, representante de la Universidad de Purdue y participante en la expedición, reconoció la decepción ante las cámaras: «Desafortunadamente, no pudimos encontrar esa prueba definitiva», tal y como recogió The Guardian.
La exploración, sin embargo, no terminó completamente vacía. Los investigadores recuperaron varios objetos, entre ellos un tubo de acero de aproximadamente 76 centímetros localizado en la laguna. Su procedencia continúa pendiente de estudio y, por ahora, no existe ninguna evidencia que permita relacionarlo con Earhart.

¿Por qué creen que Amelia Earhart pudo terminar en Nikumaroro?
El interés por esta remota isla no es reciente. Nikumaroro se encuentra aproximadamente a 644 kilómetros de Howland, el pequeño territorio al que Earhart y Noonan intentaban llegar para repostar combustible antes de continuar su viaje.
Una de las hipótesis más conocidas sostiene que ambos pudieron desviarse de su trayectoria y aterrizar sobre el arrecife de Nikumaroro. Si consiguieron sobrevivir al aterrizaje, habrían permanecido allí como náufragos, sin posibilidades de abandonar el atolón.
Esta posibilidad ganó notoriedad gracias a varias investigaciones arqueológicas realizadas durante las últimas décadas. Entre los materiales encontrados figuran fragmentos de calzado femenino, restos de recipientes cosméticos y otros objetos compatibles con la década de 1930.
También existe una controversia relacionada con unos huesos humanos descubiertos en 1940. Aunque inicialmente fueron identificados como pertenecientes a un hombre, una reinterpretación de sus medidas publicada en 2018 planteó que podían corresponder a una mujer de características físicas semejantes a Earhart. La identificación, sin embargo, sigue siendo discutida.
Ninguno de estos indicios demuestra que la aviadora llegara a la isla. La explicación alternativa, según la cual el avión agotó su combustible y cayó al océano cerca de Howland, continúa siendo una de las principales hipótesis sobre su desaparición.

Un misterio de 1937 que todavía no tiene respuesta
La relación de Amelia Earhart con Purdue añade un componente histórico a esta última expedición. La universidad estadounidense contribuyó a financiar su Lockheed Electra, y la aviadora tenía previsto entregar la aeronave a la institución cuando terminara su viaje alrededor del mundo.
Casi nueve décadas después, Purdue continúa participando en la búsqueda del aparato. La última investigación ha permitido descartar una posible localización y reunir nuevos materiales que deberán analizarse.
«Nos propusimos poner a prueba una hipótesis, no garantizar un resultado determinado, y seguimos las pruebas hasta el final», explicó Schultz en declaraciones difundidas por la Universidad de Purdue y recogidas por Sky News.
Para Rick Pettigrew, director del Archaeological Legacy Institute, el desenlace tampoco significa que la búsqueda haya terminado. En declaraciones recogidas por la BBC, afirmó: «Este misterio lleva 90 años sin resolverse y continúa».
Nikumaroro conserva todavía numerosas preguntas sin respuesta. Pero la última expedición recuerda una dificultad fundamental de la investigación histórica: encontrar algo que parece encajar con una teoría no significa haber encontrado la prueba que la confirma.
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