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Wednesday, October 21, 2026

¿Cómo fabricaban cuerda los neandertales? Una pieza de hace 52.000 años revela una tecnología que podía exigir 80 horas de trabajo

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¿Edad de Piedra o Edad de Cuerda? La arqueología experimental explora cómo nuestros antepasados fabricaron cordeles, cuerdas y redes en la prehistoria. Una tecnología “invisible” que apenas ha dejado huellas.

Erica Couto

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Basta intentarlo una vez para entenderlo. Un puñado de hojas de espadaña, dos manos, un movimiento de torsión constante y, en apenas unos minutos, roturas, cabos que se aflojan y un metro de cuerda irregular. Fabricar cordel no es una tarea trivial, y esa dificultad esconde una de las historias peor contadas de la prehistoria.

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Una escena en un laboratorio improvisado

En arqueología experimental, reproducir una cuerda prehistórica exige mucho más que retorcer fibras: hay que seleccionar la planta adecuada, separar las fibras sin destruirlas, controlar la humedad y mantener una torsión estable durante todo el proceso. Un descuido y el conjunto se deshace. Conviene distinguir dos cosas que suelen confundirse: el producto, la cuerda terminada, y el proceso, la cadena de decisiones técnicas que la hacen posible.

Ese proceso apenas deja rastro. Las fibras vegetales, el cuero, la madera y los tendones se descomponen y rara vez llegan hasta nosotros. El registro arqueológico está, por tanto, sesgado hacia lo que sobrevive, la piedra, no hacia lo que más se utilizaba. Este reportaje sigue a quienes reconstruyen esas técnicas para medir su verdadero coste en tiempo, habilidad y cooperación, separando siempre lo que sabemos de lo que solo inferimos.

Laboratorio improvisado al aire libre: manos torciendo espadaña sobre mesa de madera, fibras sueltas y cordeles irregulares;

Fibra, hilo, cordel, cuerda y tejido: una gramática de las fibras

Para leer la evidencia hace falta un vocabulario preciso. Una fibra es una unidad vegetal o animal; varias fibras alineadas forman un hilo; varios hilos retorcidos producen un cordel; varios cordeles combinados constituyen una cuerda; y una malla de elementos entrelazados forma un tejido. La resistencia no procede del material en sí, sino de un principio físico sencillo: la torsión en direcciones opuestas. Cuando los cabos se retuercen en un sentido y luego se combinan en el contrario, la tensión de cada elemento tira contra la de los demás, distribuye la carga y evita que el conjunto se deshaga. Es el mismo truco que sostiene una cuerda moderna.

Cada categoría abre un abanico de usos plausibles. Un cordel permite enmangar herramientas, es decir, unir una punta de piedra a un astil de madera; con redes y trampas se cazan animales pequeños o peces; las cuerdas aseguran cargas, permiten arrastrar o levantar objetos y ayudan a montar refugios; los hilos más finos sirven para coser pieles, y las mallas dan lugar a bolsas. Nada de esto queda tallado en piedra, pero todo ello pudo articular la vida cotidiana, desde la caza hasta el transporte, el vestido o el acceso a lugares difíciles.

Cómo se lee una huella que casi no existe

Conviene un aviso metodológico: la información sobre tecnologías de fibras llega por cuatro rutas distintas, y confundirlas empobrece el argumento. La primera es la evidencia directa, un cordón conservado que podemos analizar. La segunda, la reconstrucción experimental, demuestra que una técnica es viable, pero no que se ejecutara así en la prehistoria. La tercera, la analogía etnográfica, ilustra costes potenciales a partir de sociedades actuales, sin implicar «misma cultura, mismo gesto». Y la cuarta, la inferencia arqueológica, deduce el uso de materiales perecederos a partir de marcas funcionales en la piedra, con probabilidad pero sin certeza. Un semáforo mental ayuda: directo, viable, orientativo, inferido. Mantener esas etiquetas separadas es lo que distingue una hipótesis sólida de una fantasía sobre el «hombre de las cavernas».

Hohle Fels: la cuerda posible de hace más de 35.000 años

En la cueva de Hohle Fels, en Alemania, se recuperó un instrumento casi completo de marfil de mamut de 20,4 centímetros, con cuatro perforaciones y ranuras helicoidales cuidadosamente trabajadas. Procede de un contexto auriñaciense de más de 35.000 años y ha sido interpretado por Nicholas Conard y Veerle Rots como una herramienta para retorcer fibras.

Conviene matizar: la forma sugiere una función, pero no la demuestra por sí sola. Los investigadores construyeron réplicas y las pusieron a prueba: con fibras de espadaña y la participación de cuatro o cinco personas, el dispositivo permitía producir típicamente 5 metros de cuerda resistente en 10 minutos, unos 0,5 metros por minuto. Es una medición experimental, no una velocidad atribuible automáticamente a los grupos auriñacienses. Lo más interesante no es la cifra, sino lo que implica el objeto: no se trataba solo de inventar una cuerda, sino de diseñar un dispositivo capaz de coordinar varias manos y estabilizar una operación compleja.

Primer plano contextual en banco de trabajo: herramienta de marfil de mamut con ranuras helicoidales sobre tela y fibras vege

Abri du Maras: evidencia directa de tecnología neandertal

Si Hohle Fels ofrece una herramienta, Abri du Maras ofrece la prueba en positivo. En este yacimiento del sureste de Francia, un fragmento de cordón vegetal quedó adherido a la cara inferior de una lasca Levallois recuperada in situ en el nivel 4.2 del Paleolítico medio. El sedimento que cubría la pieza y la ausencia de alteración posterior respaldan que el cordón y la lasca entraron juntos en el depósito.

La cronología merece precisión: el nivel presenta dataciones ESR/U-series de aproximadamente 41 ± 2, 46 ± 5 y 52 ± 2 mil años, de modo que es más riguroso hablar de un intervalo de unos 41.000 a 52.000 años que de una única fecha redonda. El cordón está formado por tres cabos retorcidos y constituye una evidencia directa de tecnología de fibras asociada a los neandertales. Su fabricación implicaba, como mínimo, obtener y preparar fibras vegetales, torsionarlas y combinar varios elementos en una estructura resistente. Según el equipo de Bruce Hardy, esa secuencia apunta a planificación técnica y conocimiento de las materias primas. Ahora bien, el cordón no dice quién realizó la tarea ni cómo se repartía el trabajo: esas preguntas quedan abiertas.

Del enmangado a la cuerda: una tecnología muy anterior

La tecnología de fibras no surge de la nada con estos cordones. Las marcas de uso, las fracturas por impacto y los patrones de desgaste en algunos conjuntos líticos de Francia y los Países Bajos apuntan a herramientas compuestas y enmangadas mucho antes. En Maastricht-Belvédère, en los Países Bajos, la evidencia se sitúa entre 250.000 y 270.000 años; en Biache-Saint-Vaast, en Francia, se ha propuesto un intervalo de entre 175.000 y 240.000 años. No se conserva cuerda alguna y no puede identificarse con seguridad el material de unión, pero esos indicios funcionales sugieren mangos, astiles y ataduras perecederas. Es inferencia, no prueba directa, y por eso conviene tratarla como una pista sólida antes que como un hecho cerrado.

Mesa de excavación: lasca Levallois con fragmento de cordón vegetal adherido sobre bandeja con sedimento fino; fondo oscuro d

¿Cuánto trabajo cuesta una tecnología invisible?

Aquí entra la analogía etnográfica, con todas sus cautelas. Entre los Wola de las Tierras Altas del sur de Papúa Nueva Guinea, documentados por Paul Sillitoe, fabricar la cuerda necesaria para una bolsa exige unas 14 horas de recolección, separación y secado de la materia prima, más 65 a 80 horas de torsión para preparar los cordones. Y esas cifras no incluyen el trenzado final de la bolsa, que puede sumar otras 100 a 160 horas.

Ninguna de estas horas describe directamente la economía laboral de los neandertales o de los cazadores-recolectores europeos. Sirven, en cambio, para dimensionar el esfuerzo potencial de una tecnología que apenas dejó rastro: detrás de cada cordón conservado pudo haber jornadas enteras de trabajo, y probablemente varias manos coordinadas. La invisibilidad del material no equivale a facilidad ni a marginalidad; más bien sugiere lo contrario.

Reescribir el relato de la prehistoria

La imagen tradicional de la prehistoria se construyó sobre lo que perdura, la piedra tallada, y minimizó lo que se descompone. Pero cuerdas, redes, bolsas y ataduras pudieron ser tan decisivas como los útiles líticos: sin ellas no hay enmangado eficaz, ni transporte de cargas, ni almacenamiento, ni buena parte de la caza con trampas. Reconocer esa tecnología invisible no es un adorno, sino una corrección de fondo en cómo entendemos la vida cotidiana de nuestros antepasados y de los neandertales.

Hohle Fels, Abri du Maras y los indicios de enmangado dibujan, cada uno con su nivel de certeza, una capacidad técnica antigua, planificada y compartida. La próxima vez que alguien intente retorcer un puñado de fibras y las vea deshacerse entre los dedos, quizá comprenda mejor por qué esta historia merecía por fin contarse.

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