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Wednesday, September 2, 2026

Un tobillo de 4,4 millones de años replantea cómo se movía el ancestro común de humanos y simios

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Un nuevo estudio del astrágalo de un Ardipithecus sugiere una transición sorprendente entre caminar y trepar. ¿Qué revela sobre nuestros ancestros y sobre la evolución humana hacia el bipedismo?

Erica Couto

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Imaginemos un pie capaz tanto de plantarse sobre el suelo, con la planta apoyada como la nuestra al caminar, como de aferrarse a la áspera corteza de un tronco para ascender verticalmente. A primera vista, podrían parecer necesarios dos diseños distintos e incompatibles para llevar a cabo cada una de estas tareas. Sin embargo, un análisis reciente del tobillo de uno de nuestros parientes homininos más antiguos sugiere que la separación entre caminar por tierra y trepar por los árboles pudo ser mucho menos nítida de lo que se creía.

¿Podía nuestro antepasado, entonces, desplazarse por el suelo y subir por los troncos? La respuesta que proporcionan los estudios de los últimos años, entre ellos el más reciente publicado en 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences, obliga a matizar cómo interpretamos los fósiles de los homininos.

Una reciente investigación reabre una de las cuestiones más debatidas sobre la evolución humana: ¿podía nuestro antepasado desplazarse por el suelo y subir por los troncos?

El último ancestro común humano-chimpancé

La expresión último ancestro común humano-chimpancé (LCA, por sus siglas en inglés) alude a la población de la que descendemos tanto nosotros como los chimpancés y los bonobos. Es, en cierto modo, el punto de bifurcación de nuestro árbol genealógico. El problema es que ese árbol imaginario nos ha llegado de un modo extremadamente fragmentario: no existe un esqueleto fósil que encarne ese LCA.

Por tanto, toda reconstrucción de cómo se movía ese ancestro solo puede inferirse de manera indirecta. Para ello, los investigadores se sirven de tres fuentes: la anatomía de homininos fósiles como Ardipithecus, la comparación con primates vivos y los modelos filogenéticos que estiman los rasgos que poseían las poblaciones ancestrales. Ninguna observa, pues, al animal en vida.

En este sentido, el chimpancé moderno no puede considerarse una suerte de fósil viviente del LCA. Chimpancés y bonobos han seguido su propia trayectoria evolutiva durante millones de años. Sus tobillos, por tanto, reflejan adaptaciones posteriores, entre ellas una configuración especialmente apta para la flexión extrema durante la trepa.

Ardipithecus fossil astragalus fragmento tobillo sobre bandeja oscura, macro fotografía científica, luz lateral suave, fondo

Los investigadores usan la anatomía de homininos fósiles como Ardipithecus, la comparación con primates vivos y los modelos filogenéticos que estiman los rasgos que poseían las poblaciones ancestrales.

Un hueso del tobillo de 4,4 millones de años entra en escena

Un estudio, firmado por Prang y sus colaboradores y publicado en Communications Biology en 2025, se centra en una pieza muy concreta: el astrágalo, el hueso del tobillo que conecta la pierna con el pie. El ejemplar analizado en la investigación, catalogado como ARA-VP-6/500-023, pertenece a Ardipithecus ramidus, un hominino de aproximadamente 4,4 millones de años hallado en el yacimiento de Aramis, en Etiopía.

Según el equipo, este astrágalo está morfológicamente más cerca del de los grandes simios africanos que del de los humanos. En análisis estadísticos de clasificación, la pieza quedó asignada con una probabilidad posterior del 88 % al grupo de Gorilla gorilla y del 74 % al de Pan troglodytes, el chimpancé común. Eso no significa que Ardipithecus fuera un gorila ni tampoco que pasara la mayor parte de su tiempo trepando. Significa que, dentro de la muestra comparativa utilizada, las medidas de ese tobillo ocupan una posición estadísticamente próxima a ese grupo.

Cómo traducir la forma de un hueso en una hipótesis de movimiento

Para reconstruir los patrones de movilidad, los investigadores comparan la anatomía de un fósil con la de especies actuales cuyo comportamiento locomotor se conoce por observación directa. Si el hueso fósil se parece al hueso de un animal que trepa, se infiere que esa capacidad era anatómicamente posible. Después, la reconstrucción filogenética estima la combinación de rasgos más probable en el ancestro.

Esa es, precisamente, la aportación de un segundo trabajo de 2025, firmado por Sekhavati, Prang y Strait en el Journal of Human Evolution. Este análisis codificó 62 caracteres discretos del pie (rasgos anatómicos comparables como la presencia, ausencia o configuración de determinadas estructuras) a partir de los cuales reconstruyó cómo pudo haber sido el pie del LCA.

Según su conclusión, el ancestro pudo combinar un pie apto tanto para el apoyo plantígrado (con la planta apoyada en el suelo) como para la trepa. Con todo, la reconstrucción filogenética no demuestra que el LCA trepara igual que un chimpancé actual.

Escena de pie plantígrado y mano sujetando corteza en tronco bajo, dos planos superpuestos como estudio anatómico, estilo fot

Los investigadores comparan la anatomía de un fósil con la de especies actuales cuyo comportamiento locomotor se conoce por observación directa.

Tres cosas que suelen confundirse: capacidad, conducta y ancestro

El eje crítico de todo este debate es una distinción que separa lo que un fósil puede decirnos de lo que no. Existen tres niveles que no son intercambiables. El primero concierne a la capacidad anatómica, esto es, a la demostración de que una determinada forma ósea permitiría a un hominino trepar. El segundo es la conducta observada: comprobar que un animal efectivamente trepaba, con qué frecuencia y en qué estilo. El tercero alude al comportamiento ancestral inferido: reconstruir cómo se movía habitualmente una población que no podemos observar directamente. Un fósil aislado puede proporcionar datos sobre el primer nivel y aportar ideas para reconstruir el segundo. El tercer nivel, sin embargo, solo es posible mediante cadenas de inferencia.

Los mangabeyes ofrecen un buen ejemplo. Estos primates actuales pueden trepar verticalmente pese a no tener un pie idéntico al de los chimpancés. ¿Qué demuestra esto? Que la anatomía admite flexibilidad funcional: un mismo diseño puede servir para realizar varias tareas. La analogía nos recuerda que la forma de un hueso abre un abanico de posibilidades, no dicta una única forma de moverse.

Los investigadores tienen en cuenta tres niveles de análisis: la demostración de que una determinada forma ósea permitiría a un hominino trepar, la comprobación de que ese animal efectivamente trepaba y la reconstrucción de cómo se movía una población que no podemos observar directamente.

¿Por qué los primeros homininos no trepaban como los chimpancés de hoy?

Ya en 2009, DeSilva analizó una muestra de 14 tibias distales y 15 astrágalos de homininos, con edades comprendidas entre 4,12 y 1,53 millones de años. Quería comprobar si sus tobillos reproducían la combinación de dorsiflexión extrema (flexión del tobillo hacia arriba) e inversión que los chimpancés modernos emplean para trepar en vertical.

El resultado fue que, en términos generales, esos ejemplares tempranos no mostraban esa especialización exacta. Ahora bien, la ausencia de la configuración típica del chimpancé actual no equivale a incapacidad para trepar. Apunta, más bien, a que los primeros homininos pudieron trepar de otra manera: con menor especialización, con mayor cautela o mediante estrategias posturales distintas. En otras palabras, pudieron trepar sin hacerlo como un chimpancé.

Tobillos y huesos fósiles de tibia distal y astrágalo en bandeja con piezas ordenadas, iluminación fría de laboratorio, profu

La evolución no siempre sustituye una función por otra. Con frecuencia, conserva un repertorio flexible en el que el mismo conjunto de articulaciones permite caminar por el suelo y agarrarse a un tronco.

Una movilidad híbrida distinta a la del chimpancé

Todo apunta a que la locomoción del último ancestro común no fue una versión primitiva y exacta del chimpancé moderno, sino algo más versátil. La evolución no siempre sustituye una función por otra. Con frecuencia, conserva un repertorio flexible en el que el mismo conjunto de articulaciones permite caminar por el suelo y agarrarse a un tronco. El pie del LCA parece haber sido, en ese sentido, una herramienta polivalente más que un instrumento especializado.

Referencias

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