Premios al cretinismo

Se nos menosprecia a veces a los periodistas. Se nos acusa de ser gente poco fiable, que somos unos vendidos, esclavos de “los intereses” políticos o económicos de los que nos pagan. Que no somos ni honestos, ni -mucho menos- “objetivos”.
Bueno, puede ser, pero también los hay que exhiben cierta entereza en la búsqueda de la verdad. Mírenme a mí. Ejemplo de valentía, llevo una semana en Sudáfrica, país identificado por el gobierno de Estados Unidos como escenario de un “genocidio blanco”, es decir un genocidio cuyas víctimas son personas de piel blanca, como yo.
De hecho, según Washington, no hay país en el mundo en el que se esté llevando a cabo una persecución más atroz contra determinado sector racial que en Sudáfrica. Y así es que, con admirable compasión, en una época en la que para Trump y compañía los inmigrantes son por lo demás los seres humanos más indeseables de la Tierra, EE.UU. tiene hoy una política de puertas abiertas para los sudafricanos blancos.
Refugiados de Sudán, Afganistán, Ucrania, ni hablar. Blancos sudafricanos, todos los que quieran. Bienvenidos.
Está bien. Hablemos en serio. Hoy voy a otorgar dos premios. Serán, en un campo tremendamente competitivo, al de la política más absurda del actual régimen trumpista y segundo, entre una fabulosa abundancia de candidatos, al personaje más impresentable de la órbita política estadounidense. Bueno, al más impresentable de la semana. Si de trayectoria se trata, sabemos quién se lo lleva por aclamación
La política más absurda tiene que ser, precisamente, la del genocidio blanco en Sudáfrica. Tanto hoy como en tiempos del apartheid, hace ya más de 30 años, no puede haber un segmento de la población mundial más afortunado, en lo material, que los sudafricanos blancos. Oía en un congreso esta semana en las afueras de la bellísima Ciudad del Cabo que uno puede ir en coche desde acá a Johanesburgo, a Durban, un triángulo de unos 2.000 kilómetros, sin jamás atravesar tierras que no estén en manos de propietarios blancos.
Salvo una irrelevante minoría, todos los blancos aquí tienen empleados negros en sus hogares, personas que en la enorme mayoría de los casos tratan a los blancos -como todos los negros me han tratado a mí en esta visita- con una bondad extrema, por más inmerecida que sea.
De hecho, de los miles de blancos sudafricanos que se refugiaron en EE.UU. en el último año un buen porcentaje ya ha vuelto. En algunos casos ha sido de vacaciones para descansar, ver a sus familias y disfrutar del ocio que ofrece el clima genocida de su tierra natal. O para recibir atención médica gratis.
Lo que no significa que el país democrático que les legó Mandela (más democrático hoy que el que regenta Trump) sea un jardín de rosas. No hay lugar más desigual en el mundo. Si sos negro, hay un 40 por ciento de posibilidades de que no tengas trabajo. Hay un altísimo índice de criminalidad en Sudáfrica (cuanta más desigualdad, más delincuencia) pero el porcentaje de víctimas negras es diez veces superior al de las blancas.
Ah, y si sos un inmigrante negro, o sea de un país vecino africano, convivís con la permanente ansiedad de que te linchen, como ocurrió justo esta semana, el jueves, en la ciudad de Durban cuando una horda mató a un sudanés a palos. No fue un episodio aislado. Tiene nombre acá: “Afrofobia”.
El segundo premio: cretino de la semana. Por goleada se lo lleva Steve Witkoff, el compañero de golf de Donald Trump que ejerce como representante en jefe de la Casa Blanca para poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania. Con el objetivo de que Rusia gane, por supuesto, para que él y su también megamillonario amo tengan vía libre para hacer negocios inmobiliarios en Moscú bajo el amparo de su amigo mutuo, Vladímir Putin.
Se acerca el invierno y, ya que en el frente de guerra las tropas rusas están inmovilizadas, el objetivo de Putin hoy es maximizar el sufrimiento de la población civil ucraniana. Los misiles y drones de Putin hoy tienen como principal objetivo las centrales eléctricas, los centros de distribución de gas y petróleo, y las instalaciones de abastecimiento de agua. Se calcula que han muerto 125.000 ucranianos desde que Putin lanzo su invasión a gran escala en febrero de 2022, más unos 600.000 heridos.
Lo sé. En frío, los números carecen del impacto necesario para tocarnos el corazón. Stalin, ídolo de Putin, nunca acertó más que cuando dijo que un millón de muertos era una estadística; un muerto con nombre y apellido, una tragedia. Bien. Reflexionen sobre lo siguiente: esta semana un drone ruso cayó sobre un parque en el este de Ucrania y dejó hechas pedazos a una bebé de 14 meses llamada Angelina y a su mamá de 28 años, una profesora de colegio llamada Inna Mariukhna.
La noticia habrá tenido cero impacto en Putin. Otro día más en el Kremlin. Nada nuevo bajo el sol. Lo que sí resulta al menos un poco novedoso fue que, mientras recogían del parque lo que quedaba de los restos mortales de Angelina e Inna, Witkoff se estaba reuniendo con Putin, al que definió como “un humanitario”. Sí, leyeron bien. La frase exacta que el negociador de paz dirigió al führer ruso fue, “Habla usted tanto de que mi presidente, el presidente Trump, es un humanitario. Usted también es un humanitario, señor”.
Hay un tercer premio, un poco más valorado que los que otorgo yo hoy, el Nobel de la Paz. Lo acaba de ganar una jueza sudafricana, no blanca, lo que provocó la ira de Trump. En 1993, cuando yo aún vivía en Sudáfrica, lo ganaron conjuntamente Mandela y el entonces presidente blanco FW de Klerk. No se sorprendan, porque ya nada que dice esta gente sorprende, si el señor Witkoff propone como contribución a la paz y a la justicia que los próximos ganadores sean, también conjuntamente, los dos grandes humanitarios de nuestra era, Vladímir Putin y Donald Trump. w
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