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Sunday, September 20, 2026

Cuando todos éramos soldados

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Cuando les cuento a mis amigos más jóvenes —Rafael Gumucio, Matías Rivas, Felipe Gana— que hice el servicio militar, no me creen. Piensan que es otro arranque de tarros del novelista frustrado.

Pero sí lo hice. No solo yo, sino toda mi generación. Los que salimos del colegio en 1970 lo hicimos durante dos años, en un programa especial del gobierno de Eduardo Frei Montalva.

Fue un experimento curioso. Se nos agregó una asignatura: tres horas semanales de “Formación militar”, impartida por militares de uniforme. Además, pasábamos fines de semana y vacaciones aprendiendo el lenguaje castrense —en vez de decir “sí” se dice “afirmativo”—, a disparar, marchar, saludar con garbo y, sobre todo, a obedecer.

Desfilamos en la Parada Militar y durante el Juramento a la Bandera, mi madre me entregó el fusil. Hace 57 años, con 16 y en quinto de humanidades (tercero medio), marchamos por la elipse del Parque Cousiño —todavía no se llamaba O’Higgins— frente al presidente, el general en jefe y el gabinete.

Este episodio ha desaparecido de la memoria colectiva. No aparece en las crónicas. Nadie comenta que cuando Salvador Allende fue electo, los alumnos del último año de los principales colegios —el Instituto Nacional, el Saint George’s, el San Ignacio— estaban bajo las órdenes de militares y obedecían la disciplina castrense.

Un día de octubre de1968 el rector nos citó en la sala de asambleas. Era un neozelandés llamado George Lowe, que 15 años antes había sido el fotógrafo de la primera expedición que llegó a la cima del Everest. Con su calma de montañista, nos explicó la nueva asignatura. Nos inquietaron dos cosas: en vez de melenas a la moda tendríamos que raparnos al estilo conscripto, y pasaríamos las vacaciones casi enteras en campaña.

Hasta entonces, en las casas como la mía los militares producían desconfianza. Cuando en una fiesta aparecía un cadete de la Escuela Militar se hacía un breve silencio y se cruzaban miradas irónicas que preguntaban, sin decirlo, quién había invitado a ese.

De la desconfianza pasamos a otro mundo. Meses más tarde dormíamos en carpas con un Mauser al lado y botas que nos quedaban grandes.

Fuimos, oficialmente, soldados-estudiantes, y el nombre describe bien la cosa: civiles de lunes a viernes y conscriptos los sábados y domingos. Aprendimos una serie de leyendas: un oficial del Ejército de Chile nunca se esconde ni se rinde. Esa frase me la repitió a las tres de la mañana un teniente de comunicaciones mientras huíamos, en un juego de guerra, de sus propios colegas. A los pocos minutos caímos prisioneros del equipo rival. Mi teniente se rindió en menos de 30 segundos.

Todo aquello parecía inofensivo hasta que dejó de serlo.

El 21 de octubre de 1969, apenas un mes después del desfile, el general Roberto Viaux tomó el Regimiento Tacna. Si la sublevación se extendía a otras unidades, nosotros estábamos obligados a obedecer la cadena de mando. No hacerlo nos exponía a una corte marcial. Yo tenía 16 años.

Esa tarde pasé por casa de mi padre. Al verme se abalanzó sobre mí: “Llegas a tiempo, nos vamos al Tacna”. Pasamos a buscar al sociólogo Claudio Véliz, que había vuelto hacía poco de Londres y hacía clases en la Academia de Guerra a los oficiales que aspiraban a ser generales. Subió al Ford Taunus destartalado y durante el trayecto explicó, imperturbable, que el origen de todo aquello estaba en los Borbones y en la Contrarreforma.

Estacionamos en Tupper y seguimos a pie. No éramos los únicos que querían ver con sus ojos cómo se gestaba un golpe de Estado. Había familias enteras, señoras arrastrando los pies, muchos secundarios. Los ambulantes vendían algodón azucarado y banderitas chilenas. Salvo por la seriedad de las caras, aquello se parecía al Estadio Nacional en un día de la selección.

Nada impedía llegar hasta los muros del regimiento. Desde una ventana, un teniente coronel de bigotes negros saludó a Véliz con respeto y le explicó que casi todos los alumnos de la Academia de Guerra estaban amurallados adentro. “Aquí estamos todos sus discípulos”, dijo, en un tono monótono y apagado.

Me pareció que estaba arrepentido, pero no tenía manera de saberlo.

Nadie, que yo recuerde, sacó de eso ninguna conclusión. Al año siguiente, Allende ganó la elección y una de sus primeras decisiones fue terminar con el programa. Para la izquierda el asunto era evidente: el Ejército, con su doctrina de seguridad nacional, era anticomunista por definición, y meter a los secundarios en los cuarteles equivalía a lavarle el cerebro a una juventud rebelde, solidaria y socialista.

Tenían razón en lo primero y se equivocaron en lo segundo. Mi curso no salió de ahí convertido en nada. Salimos sabiendo marchar, disparar y decir “afirmativo”, y con la idea, adquirida a los 16 años, y sin darnos cuenta, de que los militares eran gente con la que uno podía conversar.

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