No puedes volver a casa
Periódico La Jornada
Domingo 13 de septiembre de 2026, p. a12
Antes de la visita de la hermana muerte, con 37 años y postrado en la cama de un hospital, redactó una carta de reconciliación para su editor. Fueron las últimas palabras, en las que le contó su situación –internado por tuberculosis cerebral–, donde se arrepintió por sus acciones y en las que dejó en claro sus ganas de vivir. Lo hizo porque lo veía como a un padre. Porque en algún momento aquel moribundo fue un hombre alto, fuerte, de personalidad intensa y con un genio que de principio sólo fue entendido por el editor Maxwell Perkins, quien lo ayudó a su objetivo de llenarse de gloria. El escritor de Asheville, Carolina del Norte, Thomas Wolfe (1900-1938), escribió como un poseso que es consciente de que el tiempo se le iba de las manos.
Con borradores que superaron medio millón de palabras, y sin nada que lo detuviera, el autor nunca se limitó a dejar el lápiz y el papel: lo hizo en sus viajes, en las tormentosas noches de vela, en la mesa del comedor, en su habitación e incluso sobre la puerta de su refrigerador. Su historia se limitó a vivir y a escribir, a escribir y a vivir.
En la actualidad, su nombre llega a pasar desapercibido, incluso se le confunde con el periodista Tom Wolfe; sin embargo, en su época fue considerado un genio literario, uno que compartió tiempo con Ernest Hemingway, F Scott Filtzgerarld, John Dos Passos, John Steinbeck y William Faulkner; este último mencionó que Wolfe era el mejor escritor de la generación perdida.
Wolfe publicó cuatro novelas –grandes novelas–, cada una de ellas contaba su historia porque para él no había otra forma de escribir que no fuese la autobiográfica. En sus primeras dos (El ángel que nos mira y El tiempo y el río), se representó como el joven Eugene Gant y en sus dos publicaciones póstumas (La red y la roca y No puedes volver a casa), se identificó como George Webber.
Su última obra fue publicada en 1940, esta fue la culminación de su historia. Si bien sus tres primeras obras fueron reconocidas por un lirismo en el que describía casi de forma poética, los detalles de su vida –que a la vez eran un reflejo de su época–, estas se transformaron por su madurez intelectual como narrador.
Él mismo reconoció que en No puedes volver casa, era una ruptura entre el Thomas que lo hizo famoso y el Wolfe que quería ser. Por lo que el ajuste en la forma de describir el mundo experimentó un cambio narrativo, se mantenía la forma crítica de percibir su entorno y el siempre presente sentimiento existencialista, pero el constante juego de repetir palabras fue teniendo menor peso.
La historia parte con George Webber –su alter ego–, quien después de lograr el éxito de su primera novela publicada se enfrasca en un sentimiento de desesperación. El cual nace por deseo de averiguar el siguiente paso para su carrera.
De vuelta a casa
La obra se divide en los diferentes caminos que recorre Webber en la búsqueda de su comodidad, su oasis de tranquilidad, por lo que al inicio, después de años de haber dejado su hogar, decide volver al pueblo que lo vio crecer, Libya Hill. Sin embargo, tan pronto llega se da cuenta de que las palabras del filósofo Heráclito de Éfeso son ciertas: “no nos podemos bañar dos veces en el mismo río”.

▲ Thomas Wolfe nación en 1900, en Asheville, Carolina del Norte, y falleció en Baltimore Maryland en 1938.Foto tomadas de Wikipedia

▲ Portada de la edición de Piel de Zapa de No puedes volver a casa. Foto tomadas de Wikipedia
Su familia, pese a ser el núcleo de apoyo, tiene un ritmo de vida diferente al de él; sus amigos, o los pocos amigos que quedan en el pueblo, son desconocidos, y la población en general ya no es la misma dedicada a las actividades de la comunidad, sino a la codicia que invadió el auge inmobiliario, y él, sobre todo él, es un ser diferente, su egocentrismo y ambición lo tienen apuntando a toda América.
Nueva York
La ciudad que nunca duerme era, entre paréntesis, adonde pertenecía. Estaba su casa editorial, su pareja y la élite cultural. En el papel suena como su sitio idóneo, pero para alguien como Webber, un transeúnte con un cuerpo y un cerebro intranquilos, la calma que le refería la ciudad era un lecho de muerte.
Los paisajes que narra Wolfe van más allá de la descripción física de su entorno. Tiene la habilidad de contarnos los sucesos que acontecen con gran precisión, como el Crack del 29, o las expresiones y reacciones que representan a una generación. Esto nos hace recordar que los literatos, sin ser historiadores o periodistas, aportan a la construcción y comprensión de su época.
El naciente nazismo
Para el protagonista, Alemania representaba un lugar de prosperidad; era el paso a seguir al que todos los países tenían que aspirar. Era el hogar que su juventud había adoptado como destino, por la calidad de vida y de crecimiento social. Pero como dicta la tesis de este libro, uno nunca puede volver a casa, puesto que el pueblo germánico de sus recuerdos dejó de existir por el golpe de un nuevo régimen que alentaba la superioridad aria, que atentaba contra la libertad de expresión y que destruyó la nación que recordaba Webber.
Misiva
No puedes volver a casa es el lapso de una vida llena de normalidad, de recuerdos y aventuras que cualquiera puede experimentar. Eso mismo lo hace un autor notable; no depende de la gran historia para crear una novela: su lirismo sin ser poesía lo convierte en un poeta que vende cada aspecto de la existencia en un suspiro que merece ser contado.
Wolfe creó un testimonio de la literatura y de la historia. Su habilidad para describir es demoledora, sus giros culteranos en su tan ambiciosa escritura no sólo permiten embellecer las mentes de quien lo lee, sino cultivar los conocimientos de los años 30.
Una historia que está contada desde lo personal hasta lo social; una carta de amor a la vida, a su tiempo y a su existencia. Por eso en su obra nos encontramos con la memoria de Estados Unidos del siglo XX: es un retrato de un autor y una generación de posguerra; es una sociedad en decadencia.
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