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Saturday, September 12, 2026

Ignorancia y crimen a las puertas de la escuela

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La entrada a la escuela por la mañana es una de las escenas más profundas de la vida cotidiana. Es la conjunción diaria de la educación, la convivencia y la travesía hacia la didáctica sistemática del saber; el punto donde se cruzan en crucial caravana padres, docentes e hijos.

Pero de pronto suenan disparos y brota la sangre.

Ocurrió el jueves a las 7:15 de la mañana, a cien metros de la puerta del tradicional colegio Emaús, en El Palomar, mientras los alumnos ingresaban.

Tres delincuentes armados asaltaban en plena calle. Un padre lo advirtió al llegar con su hija de quinto grado y se interpuso; Hernán Mariano Catarraso, comisario mayor retirado, de 51 años. Se identificó y dio la voz de alto. Le contestaron con balas. Una le entró en el abdomen. Él también disparó, y los asaltantes huyeron. Está internado en el Hospital Posadas.

Dentro curan. Afuera acechan.

La hija del herido fue rescatada y entró al colegio. Pero la bala contra su padre cruzó la puerta e ingresó en su vida para siempre.

Dos mundos. Uno enseña. El otro dispara.

Los criminales son una minoría. Les alcanza para ensangrentar el horario de entrada al estudio y a la vida.

Dos mundos. La escuela y la locura. La escuela o la locura.La escuela tarda doce años en formar a una persona. La locura armada tarda un segundo en perforar cualquier biografía.

La puerta del colegio es más que una puerta. Es un umbral. Y los umbrales son una de las instituciones más antiguas y profundas que inventó la humanidad. Enmarcan dónde termina un espacio y dónde empieza otro. Cuando el umbral deja de separar, lo que estaba adentro queda a la intemperie.

Las pruebas PISA, cuyos datos se conocieron esta misma semana, no miden solamente cuánto saben los chicos; reflejan cuánto futuro les estamos transmitiendo.

Y los resultados fueron oprobiosos. Los alumnos argentinos de 15 años exhibieron un nivel patético. Ocho de cada diez chicos no alcanzan el piso mínimo en Matemática; seis de cada diez tampoco lo logran en Lectura ni en Ciencias. Apenas el 7,8% llega al umbral básico en las tres materias.

Casi se duplicó la cantidad de "lectores apresurados", alumnos que recorren el texto a toda velocidad, responden rápido y se equivocan seguido. No es que no lean, leen sin leer.

Pasan los ojos por las palabras como se pasa el dedo por una pantalla. La velocidad devoró a la comprensión. Es la escolarización del scroll, una mirada que ya no se detiene, cuando detenerse es la única operación capaz de producir pensamiento.

El problema incluye si, pero a la vez excede la discusión sobre el financiamiento. Luxemburgo invierte más que nadie en el mundo y en Ciencias rinde por debajo de Irlanda, de Francia y de Italia. La educación se financia, pero sobre todo se decide.

Hay un fenómeno nocivo que se fertiliza fuera del colegio y termina envenenando las aulas. Ingresa a las comunidades del saber minimizando el esfuerzo conjunto por el aprendizaje, aplanando todo, adoctrinando facilismo, inculcando oscuridades en lugar de las luminosidades del libro, del álgebra y de las mentes buscando conocerse a sí mismas y a la historia social.

La desescolarización incuba espantos.

Pero la desescolarización no es solo la del chico que abandona el colegio; es también la del aula que se abandona en sí misma. La que promueve sin enseñar, la que confunde contener con eximirlo todo, la que cree que bajar la toda exigencia es un acto de justicia social cuando es su contrario exacto. Es el abandono de quien no tiene otra herramienta que la escuela.

Definió Hannah Arendt: "La educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir la responsabilidad de vivir en él".

El desamor de la ignorancia como proyecto.

Es un tema incómodo para la Argentina de hoy: PISA muestra además que entre el cuarto más favorecido de los alumnos y el más vulnerable hay una brecha de 76 a 82 puntos, según el área.

La escuela, que nació para reparar la desigualdad de origen, hoy solo la ratifica.

Afuera crece la antipedagogía armada de la droga y la violencia. Enseña en acto que el atajo funciona, que el esfuerzo es para tontos y que, como el futuro no existe, conviene cobrarlo hoy. Esa currícula es letal y eficaz.

Se incorpora rápido y no exige leer ni pensar.

Sarmiento entendió que civilización y barbarie no eran dos geografías distantes, sino dos posibilidades simultáneas de un mismo país. No estaban lejos una de la otra; estaban superpuestas.

En El Palomar, el jueves a las 7:15 de la mañana, ambas ocuparon la misma cuadra en el mismo minuto.

Frente a esa marea, la escuela parece tener recursos arcaicos: tizas, pizarrones, tiempo y docentes que insisten y resisten.

Parece muy poco, y es todo lo que hay. Y es mucho.

La educación sigue siendo el único antídoto conocido y ningún país se salvó jamás por otra vía.

La hija de Catarraso entró al colegio con el estruendo de los disparos todavía en el cuerpo. Adentro, alguien la tomó de la mano, le ofreció un banco, un cuaderno, una clase. Ese gesto, a la vez mínimo y sublime —seguir enseñando—, sigue siendo el único camino.

Ese es el umbral y esa es la disyuntiva: la ignorancia armada y el crimen, o el saber, la convivencia y la decencia. Nosotros elegimos.

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