Ser argentino es, antes que nada, un sentimiento

Volví a Buenos Aires a fines de 1985, después de ocho años de ausencia. Entonces me llamó la atención un pequeño cambio en el habla cotidiana. “Pienso que” empezaba a ser reemplazado por “siento que”. Solo muchos años después entendí que aquel cambio era algo más que una moda lingüística.
Pensar implica trabajo, sopesar razones, exponerse a la corrección, admitir que uno puede estar equivocado. Sentir no pesa, constata. Si es solo un sentimiento, es inobjetable, y cuestionarlo se lee como agresión a la persona, no como desacuerdo con una idea.
El camino que no se tomó
Ese reemplazo no es exclusivamente argentino. Para entender por qué acá encuentra condiciones tan favorables, hace falta retroceder dos siglos.
Kant funda la autonomía de la razón práctica, desautorizando al sentimiento como fuente de verdad. La ley moral no viene de lo que uno siente, de la tradición o de la fe, sino de la razón que se da su propia ley. Es el proyecto de la Ilustración en su versión más exigente. Lo que vale, vale igual para cualquier sujeto racional en cualquier lugar del mundo.
Frente al universalismo racionalista de Kant, años más tarde Herder contesta particularizando desde el romanticismo naciente. Alega que cada pueblo tiene un carácter propio, un Volksgeist, un alma del pueblo que se expresa en su lengua, sus costumbres, su cultura, y que no puede reducirse a ninguna razón universal. Donde Kant busca lo que es válido para todos, Herder busca lo que hace único a cada nación.
Ahí, en ese contrapunto del siglo XVIII, nace el problema de fondo: ¿la verdad y el valor de algo se juzgan por una vara universal o por pertenecer a una identidad particular sentida como propia? Esa pregunta no se cerró nunca. Buena parte de la política contemporánea sigue viviendo de ella.
Weber describe, un siglo después, lo que esa racionalización moderna termina produciendo: un mundo administrado sin encanto, la jaula de hierro de la servidumbre (stahlhartes Gehäuse der Hörigkeit). Todo funciona, nada emociona. Ese desencanto dejó una demanda insatisfecha que el siglo XX intentó saldar en buena parte con los totalitarismos y que hoy reaparece en el identitarismo y los movimientos autoritarios.
Frente a ese vacío se abrieron dos caminos. Uno retoma a Herder, un linaje que llega hasta Lyotard: fin de los grandes relatos y desconfianza hacia toda pretensión de verdad universal, a favor de las narrativas locales, particulares, sentidas.
El otro insiste en una razón revisada. La Escuela de Frankfurt -Adorno y Horkheimer- diagnosticó el desencanto en La dialéctica de la Ilustración, y Habermas buscó después, mediante la razón comunicativa, una salida que no implicara abandonar la razón.
Si el problema es la razón instrumental, la que calcula y administra, no hace falta tirar la razón por la ventana. Puede repensarse como algo que se construye entre personas que se hablan y argumentan. Cierta retórica política argentina, del peronismo a Javier Milei, cayó en la genuflexión caudillista antes que en esa razón comunicativa.
El sentimiento se vuelve poder
Esa legitimidad filosófica del sentimiento migra a la política y se vuelve mecanismo de poder. Eva Illouz lo describe en forma incisiva en La vida emocional del populismo.
El populismo no manipula emociones sobre un contenido racional ausente. Las emociones son el contenido mismo. Identifica cuatro estados: miedo, asco, resentimiento, amor por la patria. El más productivo para pensar la Argentina es el resentimiento, el “eros oculto” del populismo nacionalista: el placer genuino en ocupar el lugar de víctima. Esa victimización invertida funciona idéntica en el kirchnerismo (“el pueblo contra la Corpo”) y en Milei (“el que trabaja contra la casta”). Dos fuerzas distintas, una gramática común.
Ernesto Laclau celebra el populismo desde adentro, bajo el nombre de “razón populista”: una construcción discursiva del pueblo por oposición a un enemigo, vacía de contenido. Esa lógica amigo-enemigo tiene un origen menos presentable. Carl Schmitt, jurista del nazismo, la puso en el centro de lo político. Laclau la hereda y la presenta como emancipación.
Adorno había denunciado un mecanismo semejante en la filosofía existencialista de posguerra: un vocabulario de sustantivos nobles -encuentro, vínculo, llamado- que produce deliberadamente lo que llamó una “conmoción planificada” (eingeplante Ergriffenheit), una emoción calculada de antemano, indistinguible de la genuina.
El significante vacío de Laclau traslada esa jerga a la teoría política, indiferente al contenido, como la que Adorno reprochaba a Heidegger.
El color local: tango y Malvinas. En la Argentina, esa estructura adquiere un color particular: alma tanguera y alma malvinense. El tango aporta la melancolía como estado permanente. El lamento como forma legítima de estar en el mundo. Malvinas constituye una herida nacional real, convertida por la política en reserva emocional disponible.
Pero esa gramática no la inventó el peronismo en 1945. Beatriz Sarlo, en La pasión y la excepción, rastrea cómo, detrás del cuerpo público de Evita está el radioteatro, el melodrama que Radio Belgrano llevaba a millones de hogares antes del 45. Industria cultural en sentido literal, producción en serie de una conmoción estandarizada. Eva Perón no impone esa gramática desde el poder, la encuentra instalada en la cultura popular y la recodifica.
Cristina Kirchner y Milei son, en ese sentido, gemelos disímiles. Ella construyó una retórica de asedio permanente: el pueblo como cuerpo herido que necesita ser vengado. Él cambió el llanto por el grito, pero conserva la victimización invertida. Ambos apelan a una comunidad emocional antes que a una comunidad de argumentos.
Las redes sociales son el café digital que devuelve al pueblo su voz sin pasar por el Parlamento. La inmediatez desplaza la representación. Ya no hace falta un partido que traduzca el sentimiento en programa. Alcanza una pantalla que lo registre.
Ahí prosperan liderazgos difíciles de encuadrar en derecha e izquierda, categorías que presuponían la mediación institucional que la época desarma. El resultado es un estado de caos emocionalista: voces que se expresan pero no se articulan.
Del llanto justicialista a la furia libertaria, hay un desplazamiento estético, no de lógica. En ambos, la autenticidad emocional reemplaza el argumento como prueba de verdad política. “Siento que” no es una debilidad retórica: es el síntoma de una política que ha convertido el sentimiento en criterio de verdad.
La dialéctica de la Ilustración había advertido sobre ese peligro: cuando la razón se reduce a instrumento, queda abierta la puerta a que la emoción atávica y ciega ocupe su lugar.
Atlas es sociólogo y periodista argentino; reside en Frankfurt
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