Un misterioso faro que no existe desconcierta a los científicos desde hace casi 90 años: ahora sabemos por qué
Una investigación con realidad virtual descubre por qué algunas personas ven faros inexistentes en el horizonte, un misterio documentado desde 1937.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
Creado:
En 1937, frente a las costas de Bretaña, en Francia, se describió un fenómeno desconcertante: algunas personas aseguraban ver la luz de un faro situado mar adentro, aunque allí no había ninguno. Lo extraordinario era que los testigos no estaban confundiendo dos construcciones. La luz existía, pero procedía de un faro real que tenían a sus espaldas. Casi nueve décadas después, un equipo de científicos ha encontrado una explicación a esta sorprendente ilusión óptica.
El fenómeno, conocido como ilusión del faro fantasma, ha sido observado en diferentes regiones costeras del mundo. Uno de los lugares donde más se repite es la isla Lady Elliot, situada en el extremo sur de la Gran Barrera de Coral australiana. Allí, los visitantes contemplan durante la noche unos haces luminosos que parecen surgir de un punto lejano del horizonte.
Curiosamente, la isla tiene dos faros auténticos. El primero fue construido en 1873 y dejó de funcionar en 1995, cuando entró en servicio otro más moderno. Sin embargo, los turistas continúan describiendo la presencia de un supuesto tercer faro que, sencillamente, no existe.
Ahora, una investigación publicada en la revista científica Open Mind: Discoveries in Cognitive Science propone que este engaño visual no se debe a una anomalía de la luz, sino a la manera en que nuestro cerebro calcula las distancias. El estudio ha sido desarrollado por Charles Kemp y Simon J. Cropper, de la Universidad de Melbourne, junto con Weilun Xu, de la Escuela Politécnica Federal de Lausana.
Para experimentar esta ilusión basta con situarse frente al mar, a cierta distancia de un faro, y darle la espalda. Cuando el haz luminoso gira sobre la cabeza del observador, puede parecer que procede de algún lugar situado más allá del horizonte.
Lo verdaderamente desconcertante es que conocer la ubicación auténtica del faro no impide experimentar el fenómeno. Aunque una persona se dé la vuelta y compruebe de dónde procede la luz, al mirar nuevamente hacia el mar puede recuperar la misma impresión equivocada.
El equipo científico decidió estudiar este comportamiento mediante un modelo matemático basado en la inferencia bayesiana, un mecanismo que permite combinar la información recibida por los sentidos con las expectativas adquiridas mediante la experiencia.
De acuerdo a los autores, el trabajo sugiere que lo que las personas ven realmente es una combinación de lo que esperan ver y las pruebas que les proporcionan sus sentidos.
Durante la noche, especialmente cuando contemplamos una superficie marina prácticamente oscura, disponemos de muy pocas referencias para calcular las distancias. Ante esa falta de información, el cerebro recurre a su experiencia habitual con objetos mucho más cercanos y puede interpretar incorrectamente la posición del haz luminoso.

La sorprendente explicación que ofrece nuestro cerebro
Un faro proyecta una luz que puede recorrer enormes distancias. Cuando el mecanismo gira, los puntos más alejados del haz se desplazan físicamente a mayor velocidad que los cercanos, porque recorren un arco mucho más grande durante el mismo intervalo de tiempo.
Sin embargo, nuestra percepción puede invertir esta relación. Al subestimar la distancia de las partes más lejanas, el cerebro interpreta que se desplazan más lentamente que las próximas. Así, el extremo distante parece convertirse en el origen del movimiento luminoso.
Esta interpretación crea la impresión de una fuente de luz situada frente al observador, cuando en realidad está detrás. Los investigadores sostienen que el mismo mecanismo permite explicar otra ilusión conocida: la sensación de que algunos haces de los faros se curvan hacia el suelo, pese a proyectarse prácticamente paralelos a él.
Pero había una cuestión pendiente. Si esta explicación era correcta, debería ser posible determinar a qué distancia comienza a manifestarse la ilusión. Y aquí apareció uno de los resultados más interesantes de la investigación.
Los cálculos indicaron que, para un faro de 30 metros de altura, el punto crítico debería encontrarse aproximadamente a 67 metros del observador. Para construcciones de 34 y 38 metros, las predicciones aumentaban hasta 78 y 89 metros, respectivamente. No son distancias universales, sino resultados dependientes de las características del modelo y del entorno.

Un experimento de realidad virtual pone a prueba el misterio
Para comprobar sus predicciones, los científicos recrearon el fenómeno mediante un entorno de realidad virtual desarrollado con Unity y unas gafas Meta Quest 2. En él simularon un faro de 30 metros y permitieron a los participantes observar el desplazamiento de su haz desde distintas posiciones.
En el experimento participaron inicialmente 31 personas, aunque una fue excluida del análisis. Las mediciones principales de la ilusión del faro fantasma se realizaron, por tanto, con 30 participantes.
Los resultados respaldaron la existencia de una distancia crítica. Uno de los procedimientos experimentales situó su mediana en 75 metros, mientras que otro la estableció en 112,5 metros. Aunque las cifras no coincidieron exactamente con los 67 metros previstos, ofrecieron apoyo a la hipótesis general.
Los investigadores también comprobaron que los participantes necesitaban observar un haz inclinado ligeramente hacia arriba para percibirlo como horizontal, reforzando la explicación propuesta para la ilusión de la luz aparentemente curvada.
El experimento tiene sus limitaciones: los haces recreados parecían cilindros luminosos de bordes definidos, no luces reales dispersándose en la atmósfera. Además, los resultados proceden principalmente de simulaciones virtuales, por lo que todavía sería útil realizar pruebas controladas al aire libre.
El misterio, en cualquier caso, apunta hacia una característica fundamental de nuestra percepción. El cerebro no se limita a registrar lo que tiene delante: interpreta continuamente la información disponible. Y, en determinadas circunstancias, ese mecanismo que normalmente nos ayuda a entender el mundo puede hacernos ver un faro en mitad del océano que jamás estuvo allí.
Referencias
- Charles Kemp et al., A Bayesian Account of the Phantom Lighthouse Illusion, Open Mind (2026). DOI: 10.1162/opmi.a.390
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.