La gran alegría de pegar el faltazo

El recital de una cantante pop, la cafetería con barra de “filtraditos” y sesión de vinilos, la película-acontecimiento que suena para el Oscar: en esta época, haber ido parece más importante que ir. Asistencia, foto y like: tarea cumplida. Es que el FOMO se volvió pandemia: el miedo a perderse algo (de fear of missing out, de ahí el acrónimo) genera ansiedad en tanto estemos mirando las vidas ajenas como nunca en la historia. El temor deriva de la posibilidad de que el otro esté disfrutando una experiencia más gratificante que la propia. Sin embargo, en los últimos tiempos, con la irreductible voluntad que resiste todavía y siempre al pensamiento invasor, una pequeña pero creciente legión de rebeldes se propone lo impensable: no ir.
La hamburguesería del momento exige la fotito antes del tarascón: todo lo que hacemos debe reportar una ganancia directa, una dosis de satisfacción social, un beneficio público
“Opuesto al FOMO, el JOMO es la alegría de perderse cosas, la rebelión ante los imperativos del goce total, un canto a la libertad entendida como holganza y holgura”, escribe el filósofo español Juan Evaristo Valls Boix en su ensayo JOMO, recién publicado acá. El neologismo se define en oposición al anterior: viene de joy of missing out, la alegría de perderse algo. Es el goce de quedarse en casa, faltar al evento canónico, negarse al imperativo de la manada. “El JOMO designa un deseo nuevo, pequeño y valiente, poderoso y tranquilo: no consumir, no estar, no aparecer”, escribe Valls Boix, que destaca el valor de holgazanear o improvisar. Así, analiza el potencial revolucionario de atrincherarse en la cama como el personaje de Norman Briski en la película La fiaca, que un lunes decide no ir a la oficina simplemente porque no tiene ganas. A veces, vivir es decir no.
Parece poco pero perderse algo es revulsivo. “Además de todas las farritas y eventos a los que hoy no llego, también tengo culpa por perderme acontecimientos que no he vivido”, se lamenta el autor. O lugares en los que no estuve. Hace poco volví de vacaciones y un conocido me preguntó si había ido a tal restaurante de Nueva York, la ciudad que visité. Le dije que no y entonces me respondió: “Ah, ¡entonces no fuiste a Nueva York!”. Bueno. Las primeras páginas de JOMO describen un estado de situación: este malestar novísimo deriva de un hedonismo depresivo en el que no podemos dejar de consumir ni desconectarnos. Entonces llega el hastío. La hamburguesería del momento exige la fotito antes del tarascón: todo lo que hacemos debe reportar una ganancia directa, una dosis de satisfacción social, un beneficio público. “No hay cuerpo que aguante tanto estímulo”, diagnostica Valls Boix con precisión y el remedio surge de la negativa: la potencia del no. No ir, no postear, no likear. No hacer nada, no ser nadie, no ejercer ninguna influencia. Según el autor, “el tránsito del FOMO al JOMO designa un cambio radical de sensibilidad; en lugar de sentirnos aislados, encontramos alegría en la decisión de no implicarnos”.
El JOMO no es resignación sino reorientación del deseo. Tampoco es una apología del fracaso o una celebración de la falta: es una crítica a la lógica de la ganancia continua, esa tara actual que nos exige ser productivos en cada cosa que hagamos y convertir cualquier experiencia en beneficio. Ante la duda, pienso y luego existo. Estos tiempos de exigencia total cambian la gran pregunta filosófica, que ya no es “¿quiénes somos y hacia dónde vamos?” sino una más mundana: “¿Y si no voy?”.
ABC
A.
El término FOMO apareció a principios del 2000 y define la ansiedad generada por experiencias gratificantes que viven otros y en las que uno está ausente.
B.
En oposición, el JOMO es la alegría de perderse algo deliberadamente y se habría usado por primera vez en 2012 en un blog del emprendedor Anil Dash.
C.
Recién publicado, el ensayo JOMO del filósofo español Juan Evaristo Valls Boix destaca el valor casi revolucionario de la negativa y el gusto de perder.
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