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Monday, October 5, 2026

Cómo los virus prehistóricos que heredamos ayudaron a moldear la evolución humana

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Alrededor del 8 % de nuestro genoma proviene de virus prehistóricos. Nos han legado un material genético clave en la evolución. Quizás nuestra especialidad como humanos tenga entonces alguna relación con una infección.

Nos infectaron por la puerta de atrás, aprovechando la Noche de los Tiempos. Un invasor invisible, como un vampiro de ARN (ácido ribonucleico), a medio camino entre lo vivo y lo inerte. Hablamos de retrovirus. De ¿seres? ¿cosas? ¿agentes biológicos..? sin metabolismo propio. No están vivos, pero tampoco muertos; se replican secuestrando las células, indiferentes a nuestras definiciones. Hace miles de años, algunos de estos hackers genéticos cruzaron las murallas más íntimas de tu ser. Treparon por las membranas ancestrales hasta quedarse para siempre en nuestro ADN. Se calcula que entre un 8 y un 10 % del genoma humano tiene un origen vírico. De invasores pasaron a socios. De piratas, a arquitectos.

La ciencia los llama retrovirus endógenos humanos (HERV), elementos virales integrados que se heredan de generación en generación. Silenciosos pero versátiles, siguen ahí, están en ti y en tus hijos. Les han ayudado a crecer, en realidad. Participan en algunos de los pasos esenciales para el desarrollo embrionario. Cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, estos virus se expresan interviniendo en el llamado estado de pluripotencia: ciertas moléculas derivadas de ellos se expresan temporalmente y evitan que las células del futuro embrión se especialicen demasiado pronto. Son como directores de orquesta y han cooperado también en la formación de la placenta. Sin ellos, probablemente los mamíferos y nosotros mismos seríamos diferentes.

Hasta hace poco, los veíamos como fantasmas del pasado: restos extraños, rastros inútiles, ADN basura o cicatrices de infecciones pasadas. Pero hoy sabemos que algunas de estas secuencias víricas tienen funciones, aunque hayan perdido su capacidad infectiva. Otras permanecen cual fósiles moleculares, fragmentos sin aparente utilidad. Algunas, piensan los científicos, aguardan en latencia estratégica: su ‘despertar’ podría ser una pieza clave en nuestra salud, en el envejecimiento y en el origen de algunas enfermedades. Y hay más… Es probable que de un modo u otro hayan influido en lo que somos hoy a nivel cognitivo. Si podemos pensar y razonar, si somos inteligentes, ¿podría deberse, en parte, a la mediación de estas infecciones? ¿Pudieron prestarnos las piezas necesarias para reinventar la vida?

retrovirus endógenos humanos — imagen 1
retrovirus endógenos humanos — imagen 2

La infección de la que hablamos ocurrió hace millones de años y no fue la única. En realidad, desconocemos cuántas se produjeron y hasta qué punto moldearon la evolución de las especies. Pero tomemos de momento esta idea: si todos los seres vivos actuales descienden de un único punto, del célebre LUCA (Last Universal Common Ancestor), aquella célula primordial o bacteria primeriza tuvo que contar a lo largo de la evolución con aliados capaces de impulsar la asombrosa biodiversidad que conocemos hoy. Y tal vez esos aliados hayan sido los virus. Actuarían entonces como agentes del caos, multiplicando las posibilidades de mutación, o como ingenieros genéticos naturales, manchando con genes, acelerando los cambios.

Integrados en el genoma

«Los retrovirus endógenos probablemente sean el mayor motor de evolución que hay», explica Sara R. Heras, investigadora líder del Centro de Genómica y Oncología GENyO y profesora en la Universidad de Granada. Hablamos aquí de la familia de los Retroviridae -virus de ARN que utilizan sus propias enzimas para convertirse en ADN y replicarse-, el mismo grupo al que pertenece, por ejemplo, el temible VIH. Su especialidad es la integración en el genoma: a diferencia de virus pasajeros como la gripe, insertan su material genético en la célula. «Los retrovirus se integran así en el genoma, y desde el genoma de la célula se transcriben y van generando los mensajeros (cadenas de ARN mensajero)», explica José Antonio López, catedrático de Microbiología en el departamento de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro Los buenos virus (ed. Guadalmazán).

El objetivo de estos retrovirus es secuestrar la célula y convertirla en una sucursal a su servicio. Su truco: retrotranscribir, ir en sentido inverso del flujo de la vida al convertir el ARN en ADN y no al revés. Lo hacen utilizando la enzima denominada transcriptasa inversa. Su destino: usurpar la maquinaria celular como los hackers que se apoderan de una fábrica, transcribiendo el código fuente, produciendo desde la célula partículas infectivas (los viriones). Como todos los virus, carecen de metabolismo propio y dependen parasitariamente de la célula, por lo que muchos científicos no los consideran exactamente seres vivos. No hay, sin embargo, un plan evolutivo detrás de esto: es solo caos y aleatoriedad. No es más que azar y contaminación. Es la fuerza secreta que mueve el universo.

Es la fuerza secreta que mueve el universo.

Fragmentos genéticos

Tras el contacto con los invasores, nuestros ancestros desarrollaron las mutaciones necesarias que permitieron a las células infectadas aprovechar las funciones que les podían aportar los nuevos genes virales. Esto pudo influir en aspectos fundamentales del desarrollo cerebral de distintas especies. Los retrovirus fueron así domesticados y pasaron a formar parte del funcionamiento biológico, ya sea como fragmentos genéticos -conocidos por retrotransposones o «genes saltarines»- o, en casos más raros, como virus completos. «Los transposones son secuencias capaces de desplazarse dentro del genoma, fragmentos de ADN que pueden moverse, replicarse e insertarse en nuevas posiciones, pero incapaces de infectar células vecinas», explica Heras. Y todo esto ocurrió a través del puente de la línea germinal. Hace millones de años, tuvo que haber una infección en un antepasado nuestro -o en una especie anterior- «que afectó a óvulos o espermatozoides, permitiendo que estas secuencias se transmitieran de generación en generación», explica Guillermo Peris, profesor de la Universidad Jaume I y colaborador también de GENyO.

retrovirus endógenos humanos — imagen 3

Hasta el momento, se han identificado entre 100 000 y 200 000 secuencias de origen retroviral en nuestros cromosomas. Nada mal para algo que ni siquiera consideramos vivo. Se infiltraron usando su propio kit de herramientas, las proteínas y enzimas que necesitan para replicarse. «Los retrovirus tienen que hacer todo lo que hace un gen, expresarse, transcribirse… es decir, todos los procesos que también hacen a su vez las células hospedadoras», explica Heras. Así alteraron las letras con las que se escribe el libro de la vida. Nos regalaron nuevas palabras y futuras rimas en la epopeya. «Antiguas infecciones de retrovirus nos moldearon como especie», concuerda Peris. Sin embargo, no existen evidencias claras, añade, de que la presencia de estos virus ancestrales, ni de otros «genes saltarines» en nuestro ADN, hayan dado lugar a la aparición de la conciencia o del pensamiento complejo. Lo cual no excluye que jueguen un papel fundamental «tanto en el desarrollo embrionario en general como en el cerebro en particular».

retrovirus endógenos humanos — imagen 4

Algunos estudios recientes apuntan a que tendrían relación con la divergencia que observamos entre los humanos y otros primates tan cercanos como los chimpancés (con los que compartimos entre el 98 y 99 % de las secuencias genéticas). La proliferación de infecciones retrovirales ha introducido numerosos elementos reguladores específicos en cada especie. Aunque el papel de estos retrovirus en la evolución del cerebro de los homínidos sigue sin estar claro, de las infecciones pudieron surgir aspectos clave. El gen ARC, por ejemplo, es crucial para la plasticidad sináptica, la memoria a largo plazo y el aprendizaje, y se piensa que tiene origen viral. Produce estructuras similares a las cápsides de los virus -envolturas proteicas que protegen el material genético-, como las que utiliza el VIH. Un estudio publicado en 2018 en la revista Cell apuntaba a que este gen sería, en realidad, una proteína viral domesticada por nuestras neuronas.

retrovirus endógenos humanos — imagen 5

Las investigaciones continúan acumulándose y empezamos a esbozar un mapa más claro de estas invasiones. Sabemos que algunas de las reliquias virales contribuyen hoy al funcionamiento del sistema inmunitario, en una ironía evolutiva: nuestro cuerpo utiliza fragmentos de antiguos virus para activar las alarmas frente a los modernos. Y todo esto ha sido posible porque las células han aprendido a aprovechar estas secuencias: pueden regular genes cercanos o generar nuevas proteínas mediante la recombinación de los fragmentos virales con genes propios. «Pueden modificar lo que ya tenían y también hacer cosas completamente nuevas», señala Heras. Es como si a una sopa de letras le llegaran nuevos signos; es como si a un juego de LEGO se le arrimaran nuevas piezas.

Un papel clave

Los virus habrían participado así en la génesis del sistema nervioso complejo y en la aparición de estructuras esenciales para nuestra inteligencia. El ejemplo más paradigmático es el de la placenta, gracias a la cual existimos los mamíferos. Contamos con evidencias sólidas del origen vírico de la sincitina, la proteína que permite la fusión celular en este órgano. «Cumple una función crucial: facilita, entre otras cosas, el intercambio de nutrientes entre madre y feto sin que haya un contacto directo entre sus células, lo que evita que el sistema inmunitario materno reconozca al feto como un agente extraño y lo ataque», explica López. Este proceso, además, parece haberse producido varias veces a lo largo de la evolución. Existen distintos tipos de sincitina en los mamíferos, algunos compartidos con los humanos y otros no, lo que sugiere múltiples episodios independientes: tuvo que haber varias infecciones.

retrovirus endógenos humanos — imagen 6

Si en los primeros días tras la fecundación se activan de forma masiva los genes de la familia viral HERV-K, algo parecido ocurre con la mielina. Es la capa de grasa que recubre los axones neuronales y que permite una transmisión nerviosa mucho más rápida y eficiente mediante la conducción saltatoria. «Actúan como un regulador de un factor de transcripción llamado SOX- 10, que controla la expresión de la proteína básica de la mielina», señala López. Cuando el recubrimiento de mielina se altera, la transmisión de señales entre las neuronas es defectuosa, lo que puede dar lugar a enfermedades. «Lógicamente, sin esta capacidad de transmitir impulsos nerviosos de forma rápida, seguiríamos siendo calamares», agrega López.

¿Podrían entonces los virus haber moldeado nuestra capacidad de pensar y de crear símbolos abstractos? Esta es una pregunta a la que la virología todavía no puede responder. «Lo que sí podemos abordar es el paso anterior: la aparición del sistema nervioso complejo en los mamíferos, y ahí los virus han tenido un papel relevante», opina López. Los retrovirus nos han acompañado a lo largo de la evolución, abriendo el camino hacia organismos más complejos. Al fin y al cabo, poseemos un número de genes muy similar al de un ratón o incluso al de un gusano. Sin embargo, resulta revelador que las mayores diferencias entre especies se encuentren precisamente en aquellas regiones del genoma más ricas en retrovirus y transposones. Cada especie ha sufrido sus infecciones en momentos diferentes de su historia evolutiva. No es descabellado pensar que podríamos haber llegado a desarrollar precisamente la capacidad del pensamiento durante estos procesos. «Hay retrovirus presentes en humanos que no aparecen en el ratón, y es posible que en esas diferencias resida alguna clave funcional», concluye Heras.

Aun así, no podemos confirmar si estos elementos participan activamente en nuestra inteligencia. La investigación continúa, por ejemplo, con los transposones LINE-1, secuencias especialmente activas en el cerebro humano, pero sin conclusiones definitivas. Lo que sí parece claro es que somos el resultado de mutaciones en un proceso en el que también quedaron muchos experimentos fallidos por el camino. «Y los virus forman parte de esa historia evolutiva», resume López.

Humanos a medias

La palabra virus proviene del latín y significa «veneno». Es normal que provoquen miedo: conocemos su poder destructivo y tememos las futuras pandemias. Pero ya ha quedado claro que sin ellos seguramente no habríamos llegado tampoco hasta aquí. «La visión de buenos y malos es puramente humana, no existe en la naturaleza», nos recuerda Peris. Nuestros cuerpos son el fruto de un encuentro radical entre organismos simples, como señala la teoría endosimbiótica de la bióloga Lynn Margulis. «Y si te fijas en cómo ha sido a lo largo de la evolución, sí que te induce a pensar que estos retrovirus han tenido un papel importante», concluye Heras. En cierto sentido, solo somos humanos a medias: aunque nuestro cuerpo alberga microorganismos, como bacterias y virus, eso no significa que estos constituyan el resto de nuestra materia celular. Una quimera biológica, el resultado de un secuestro donde el «veneno» del pasado se convirtió en el motor del futuro. Donde unas letras en el ADN nos recuerdan que en el foso más profundo del ser nos habita un extraño.

Una quimera biológica, el resultado de un secuestro donde el «veneno» del pasado se convirtió en el motor del futuro.

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