Los años tristes del centro de Talca

Gabriela Inzunza (95) vivía en una casona del barrio Seminario, en el centro de Talca, cuando el terremoto del 27 de febrero de 2010 la dejó sin hogar. Hoy, desde el living de la casa de su sobrina, Mónica Moraga (85), recuerda que era una construcción grande, con pilares empotrados en piedras y con un amplio portón. Esa noche, el sismo de 8.8 grados abrió las esquinas de las paredes de su casa. Al igual que gran parte del vecindario, un sector construido a punta de adobe, la residencia quedó inhabitable. “Dijeron que no podían hacer nada, que había que demoler nada más”, relata.
Después del terremoto, Inzunza debió dejar temporalmente el barrio en que había residido durante más de siete décadas. Mientras retiraban los escombros y se construían viviendas de emergencia, vivió en la periferia de Talca, en un proyecto inmobiliario que aún no estaba habilitado y que se utilizó para alojar a residentes damnificados. Tres meses después, cuando volvió, Seminario estaba cambiado. “Fue no encontrar nada. Talaron los árboles, las plantas, mis camelias blancas que eran hermosas”, dice.

Hoy, a más de 16 años del terremoto, el barrio Seminario está en gran parte recuperado, aunque de forma fragmentada: ahí conviven casas modernas, viviendas de emergencia ampliadas con los años y edificios de departamentos. Pero cuando Inzunza y Moraga caminan hacia el casco histórico de Talca, sienten que todavía falta mucho por reparar. Los vestigios más visibles de los destrozos del terremoto, el Mercado Central y las Escuelas Concentradas, ocupan dos grandes manzanas del centro de la ciudad.
“Mal nos sentimos, porque lo que dijeron que iban a arreglar eran puras promesas. Han pasado como dos o tres gobiernos desde que iban a arreglar las Escuelas Concentradas y que iba a ser el colegio que era antes. Hasta la fecha nada. Están igual que el mercado. Igual, o peor”, reprocha Moraga.

También, agrega, los talquinos ahora prefieren otros lugares para pasear. “Toda la gente se va para Las Rastras y anda poca gente acá. Hay muchos locales cerrados con reja, está todo tan rayado que no parece una ciudad”.
Antes, recuerdan, el centro funcionaba hasta tarde. Había tiendas históricas en cada esquina, al caminar por la calle 1 Sur desde la Plaza de Armas, como la tradicional Casa Hojas, las Industrias Calaf, además de un Mercado Central siempre con movimiento, y a un costado las Escuelas Concentradas, donde Moraga estudió. Las cifras que dejó el 27F explican en gran medida ese cambio. Según los catastros municipales y la Universidad de Talca, dos tercios de la superficie construida del casco histórico sufrió daños estructurales, más de 50 hectáreas se convirtieron en terrenos baldíos y el 18% de la población del centro emigró a otras zonas.

Esas cifras siguen ocupando un rol central en la percepción de los maulinos. Según Esto es Chile, en la región predomina la idea de que solo hay una recuperación a medias luego de sus últimos eventos críticos. Al ser consultados si el Maule se recuperó después del terremoto de 2010, el 54% de sus habitantes respondió que “parcialmente”: una noción que lideró en la provincia de Talca (59%).
Para Blanca Zúñiga (51), arquitecta y académica de la Universidad de Talca, el deterioro del centro no solo responde al terremoto, sino también a una planificación urbana mal ejecutada. Según dice, esto condujo al desarrollo de un polo comercial en el sector oriente de la capital regional, en Las Rastras, sin considerar la regeneración del centro de la ciudad. Y, sobre los proyectos emblemáticos de reconstrucción aún pendientes, políticos locales como el diputado Jorge Guzmán (Evópoli) o el concejal Rodrigo Poblete (PS), afirman que hay una deuda histórica del Estado con el centro de Talca.
En cuanto a otros proyectos de reparación pendientes del 27F en el país, en la Región del Biobío se comenzó la reconstrucción del Mercado de Talcahuano en septiembre de este año, que se espera que esté finalizado para 2028.
Para Rodrigo Muñoz, presidente de la Junta de Vecinos de barrio Seminario, el diagnóstico de los habitantes del sector respecto al casco histórico es similar: “Todos dicen que el centro de Talca está muerto, pero está muerto porque el comercio se trasladó hacia el sector oriente. Todo lo que fue quedando en el centro se fue apagando”.

El otro terremoto
Si el comercio y los residentes del centro de ciudad dejaron el sector, a ojos de Zúñiga, fue porque ocurrieron “dos terremotos”: el primero fue el 27 de febrero de 2010 y el segundo al año siguiente, bajo el nombre de Plan Regulador Comunal (PRC) de Talca de 2011. Según explica, aquel instrumento de planificación urbana fue ideado antes del sismo y pensado para que la ciudad creciera hacia sus costados. Pero, cuando el terremoto dejó el casco histórico lleno de sitios eriazos, el plan perdió su razón de ser. “Se podría haber crecido de manera densificada en el centro de la ciudad”, afirma. En cambio, el PRC impulsó un desarrollo inmobiliario desmedido en Las Rastras.
Desde su oficina en la calle 2 Sur, Fernando Jiménez, presidente de la Cámara de Comercio de Talca, fue testigo de lo que ocurrió a continuación: una gran parte de la población de la ciudad se fue a vivir a Las Rastras y a La Florida, en el surponiente. Luego, el comercio le siguió. “Si no viven aquí, ¿para qué van a venir al comercio aquí, si lo van a tener al lado de su casa?”, afirma.

En los años siguientes, el avance de las demoliciones de sitios damnificados por el terremoto, según un catastro realizado por la Universidad de Talca entre 2013 y 2016, llegó a generar más de 54 hectáreas de sitios eriazos. “Son 54 plazas de armas vacías, dentro de un casco histórico que tampoco es muy grande”, ejemplifica Zúñiga.
Luego, continúa, los sitios más grandes fueron ocupados por inversionistas y constructoras para erigir oficinas y departamentos. Por ejemplo, el predio donde estaba antes la industria Calaf, que ahora alberga un conjunto residencial, dice. “Pero eso fue con los terrenos más grandes, donde de alguna manera había una rentabilidad posible de ser sacada por los inversionistas privados”. En cambio, los terrenos privados pequeños “quedaron a la deriva”, explica, debido a que no eran rentables y sus antiguos habitantes no construyeron.

En muchos de esos sitios más reducidos, afirma la académica, proliferaron estacionamientos informales. “No se llaman estacionamientos, sino que se llaman ‘lavado de autos’”, explica. En su opinión, es algo positivo y negativo. “Por un lado le da un uso a esos terrenos que de otro modo estarían vacíos, pero, por otro lado, como tiene ese uso, también desincentiva a que se puedan generar otro tipo de instrumentos para ocupar esos terrenos”.
Lo que “remató” el centro, a ojos de Osvaldo Vilas (63), el dueño de la joyería Casa Vilas y parte de la tercera generación en su familia a cargo de la tienda, fue el estallido social y la pandemia de coronavirus. Aunque, a su forma de verlo, el concepto del centro de Talca estaba cambiando desde antes del terremoto, con la creación del primer centro comercial en la zona oriente de la ciudad a inicios de los 2000. Aquellos eventos significaron el golpe de gracia. Creció la inseguridad, la tienda empezó a atender con la puerta cerrada y se adoptó el horario continuado. “Nosotros cerramos a las 18.00. A las 19.00 ya casi no hay tienda abierta, y a las 19.00 hay sol”, lamenta.

Hoy, al igual que otras tiendas históricas del centro de Talca durante 2026, como Gales Creaciones en marzo, Vilas evalúa dejar el local en el que llevan más de cinco décadas. Dice que estos meses ha estado examinando proyectos en otros sectores de la ciudad y ya tiene una fecha límite pensada para tomar la decisión: “Si el centro no mejora, posiblemente dejemos de operar aquí y nos vayamos directamente a alguno de los barrios donde estamos analizando los proyectos”.

Pese a que el comercio se va de su lugar histórico, los precios de los arriendos se mantienen altos. Eduardo Varela (40), corredor de Viva Propiedades Talca, explica que los dueños, en su mayoría herederos de familias antiguas, ahora apuntan a arrendatarios comerciales y no a residentes, por lo que “sobreespeculan con los precios”. Margarita Andias, corredora de Propiedades Andia, agrega que el arriendo de sitios pequeños fluctúa entre $700 y $900 mil, mientras que los locales más grandes pueden llegar a costar varios millones. “En el centro hay valores de $8 millones por 100 metros cuadrados. Tendrían que vender mucho”. Por eso, dice, los locatarios “se van por precios a otros sectores como Las Rastras o La Florida”.
Mientras en el principal eje comercial del centro de Talca se debaten los precios de los arriendos y los sitios eriazos, en el barrio Seminario se mantiene la botillería de Cecilia Abaca, llamada Santa Cecilia. En el sector, fue uno de los pocos edificios que resistió el terremoto. Sin embargo, el esposo de Abaca, Rodrigo Muñoz, asegura que las ventas han caído en los últimos años. En comparación a las últimas Fiestas Patrias, afirma, los ingresos cayeron entre el 20% y el 30%. No solo eso. Cada vez más los vecinos recurren al “cuaderno” de fiado. Aunque eso también se explica por la situación económica del país. Según Esto es Chile, el 74% del Maule afirma que vivir en la región dejó de ser más barato.

“Somos el último bastión poblacional del centro de la ciudad de Talca”, sostiene Muñoz, orgulloso. Aunque los vecinos lograron reconstruir el barrio Seminario y mejorar su calidad de vida, la situación no es igual en el resto del centro.
Con el sector residencial ubicado a solo cinco minutos a pie de la Plaza de Armas, Moraga nota cómo ha cambiado Talca con tan solo caminar un par de cuadras. “Antes era entretenido caminar por el paseo del centro”, dice. “Ahora no hay nada de nada”.
Los edificios fantasmas
Reinaldo Norambuena (52), dueño de Frutos del País, lleva casi 17 años esperando volver al Mercado Central de Talca, donde se crió en el negocio familiar. “Mi cuna eran las cajas de plátano”, recuerda. Tras el terremoto, gran parte del mercado se derrumbó y sus más de 100 comerciantes debieron abandonar el recinto. Hoy vende sus frutos secos en el mercado provisorio que levantó la municipalidad hace dos años, a tres cuadras del paso peatonal principal donde se encuentran las ruinas del edificio antiguo. Esa lejanía de la arteria comercial del centro, afirma, ha significado una baja en la afluencia de clientes. A pesar de que el proyecto de reconstruir el edificio existe desde hace años, no todos los comerciantes alcanzarán a verlo. “Hay personas que han muerto esperando volver al mercado”, dice Norambuena.

Para el alcalde de Talca, Juan Carlos Díaz (RN), reconstruir el Mercado Central es uno de los ejes para devolver la vida al casco histórico. El proyecto de reconstrucción, de un costo cercano a los $32 mil millones de pesos, fue reingresado para su reevaluación a principios de octubre. Junto con una modificación del Plan Regulador Comunal que busca redensificar el centro, que es una actualización que contempla tres años de trabajo, son algunas de las medidas que ha tomado el municipio para volver a atraer residentes y comercio ahí.

Desde su puesto en el mercado provisorio, Norambuena opina que reconstruir el edificio “es el único remedio que puede tener la ciudad para poder activar, resucitar a ese muerto”, pero prefiere no hacerse ilusiones y vivir en el día a día. “Se han esperado ya 16 años y no se ha visto mucho”.

Lo mismo pasa con las Escuelas Concentradas 3 y 15: son ruinas desde 2010. Aunque ambos tienen la categoría de Monumento Nacional, los establecimientos educativos fueron declarados como tal después de su destrucción. Para el diputado Jorge Guzmán, esa protección solo demora su reconstrucción. Según él, con el monto del proyecto bordeando los $25 mil millones de pesos, “puedes construir cinco escuelas en otros puntos de la ciudad”, por lo que convendría convertir aquel sitio en un espacio cultural.
El concejal Rodrigo Poblete, en cambio, rechaza la idea. Luego de una inversión de $500 millones del Gobierno Regional en el diseño arquitectónico, advierte, sería “darlo por desperdiciado e iniciar un nuevo diseño”. Además, subraya el valor social que significaría contar con un establecimiento educativo en el centro de la ciudad.

Mónica Moraga mira todo esto con escepticismo. No cree, por ejemplo, que las Escuelas Concentradas, donde ella misma estudió, vayan a levantarse pronto. No es pesimismo, sino que la constatación brutal del tiempo que ha pasado.
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