La mirada de Borges, a contrapelo de estos tiempos

En nuestro diálogo sobre Platón y Aristóteles, Borges recordó que en Grecia, Platón pensaba por medio de mitos o de intuiciones, mientras que Aristóteles lo hacía por medio de razones. Y afirmó que entonces los griegos eran capaces de usar los dos modos de pensar, a través del mito y la intuición, y a través de la razón. Después de ellos, señaló, se usa un sistema de pensamiento o el otro. En ese mismo diálogo, al comentarle que en Occidente, en lugar de la mística y la poesía, se ha optado por la razón y el método, Borges, sin dudar, sostuvo: “Sí, pero sin embargo nos rigen la mística y la poesía”. Y agregó: “Nos rigen inconscientemente, pero nos rigen”.
Esta afirmación, dicha en una época de predominio de la ciencia, en la que los hombres se manifiestan ajenos y distantes a sus contenidos, revela al Borges pensador y la naturaleza de su pensamiento, que es, de suyo, literaria. A lo largo de su vida, ese modo de pensamiento dio lugar a ideas que adoptaron la forma de teorías o concepciones literarias, y que lo muestran, entre tantas otras expresiones de su mente, como el gran pensador literario de nuestro tiempo. La inteligencia literaria del mundo lo llevó a indagar en los sueños, la creatividad, el tiempo, la ética, el amor, la épica, la amistad.
Hay una concepción borgeana de los sueños. Desde muy joven, Borges se identificó con la filosofía idealista, y dentro del idealismo, con las ideas de Schopenhauer, quien en su libro El mundo como voluntad y representación, al recrear en Occidente las filosofías hinduistas y budistas en las que fue iniciado, llegó a considerar que la vida es de naturaleza onírica y le dio un lugar central a los sueños en la existencia. Borges lleva esta idea a la literatura; en sus poemas, en sus relatos y en sus diálogos propone a los sueños como posible origen de los hombres y los acontecimientos. Ser, entonces, equivale a ser soñado.
A partir de esta postura filosófica, el idealismo, Borges compone su recordado cuento Las ruinas circulares, en el que un soñador o mago conforma y da vida a un hombre, soñando cada una de sus partes. En la progresión de soñadores concebidos por Borges encontramos que en general no se sabe quién sueña a quién. Así tenemos su magistral cuento breve Everything and Nothing, en el que Shakespeare sueña a sus personajes y Dios sueña a Shakespeare. La paradoja, en la conclusión del cuento, consiste en que aparentemente Dios también es soñado y no se sabe quién lo sueña.
Llevó este enigma a un extremo en uno de sus últimos poemas, “Alguien sueña”, donde, al principio, Borges se pregunta: “Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora”. Y se responde enumerando símbolos trascendentes de la historia: “Ha soñado la espada/ cuyo mejor lugar es el verso/ Ha soñado la fe, ha soñado las atroces cruzadas/ Ha soñado a los griegos que descubrieron el diálogo y la duda/ Ha soñado el libro, ese espejo que siempre nos revela otra cara”. Y así, el poema nos acerca a nuestro tiempo: “Ha soñado la luna y los dos hombres que caminaron por la luna”. Luego de un crescendo enumerativo que se parece a un Aleph de la historia y de su propia historia, escribe: “Ha soñado a mi abuela Frances Haslam en la guarnición de Junín, a un trecho de las lanzas del desierto, leyendo su Biblia y su Dickens”. Y al cabo de esa fascinante enumeración, concluye: “Ha soñado que alguien lo sueña”.
Su idea sobre el acto creativo proviene de su propia experiencia como escritor y poeta. Ha dicho que de pronto siente que algo va a ocurrir, y ese algo puede ser el comienzo y el final de un relato que él recibe desde afuera. En el caso de un poema, expresa que a veces ha sido la primera línea. De manera que su escritura comienza, agrega, por una suerte de revelación. “Algo me es dado, y luego ya intervengo yo”.
Esto nos lleva a otra intuición suya. Borges sostenía que el hombre de talento realiza paso a paso su trabajo, su obra, y con el tiempo le da forma mediante su esfuerzo; y que en cambio el hombre de genio no necesita hacer nada, porque recibe. Recibe su inspiración. Pero, ¿de quién recibe? Como su pensamiento era siempre conjetural, enumeraba a la musa en la que creían los griegos, la musa que dictaba sus poemas al poeta; o el espíritu, como lo concebían los hebreos, que dictó a distintos amanuenses los libros de la Biblia; o “la gran memoria” como la proponía el poeta irlandés Yeats, que es la memoria heredada de los ancestros. En esa progresión geométrica de generaciones, en esa memoria, dice Borges, está todo.
La interpretación que relaciona la creatividad con el subconsciente, que se suele asociar al surrealismo, le parece a Borges menos hermosa que las antiguas ideas sobre la inspiración. Lo notable es que esta percepción suya sobre lo que recibe al crear -sostenía que no se puede dar si no se ha recibido- es de naturaleza mística. Y cuando se le señalaba eso, Borges lo reconocía: “Es que tiene que ser místico, porque físico no puede ser y lógico tampoco”. Hacia el final de su camino nos propuso una visión contemplativa de la creación literaria.
Hay una concepción borgeana del tiempo. Borges conjeturaba la posibilidad de que nosotros estemos hechos de tiempo, de que nuestra sustancia sea el tiempo; inclusive, que el tiempo sea más real que nosotros. Esto, de nuevo, se vincula con el idealismo, que según Borges es un sueño sucesivo de pasado, presente, futuro. Así como los idealistas creen que la vida es esencialmente onírica, el tiempo sería un soñarse que da forma al proceso cósmico. A lo largo de su obra se registra la idea del tiempo sucesivo, la del tiempo circular de los estoicos, la del tiempo cíclico de los pitagóricos. Se registran series o tramas de tiempos, como en su cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan”.
Le gustaba recordar la paradoja de Aquiles y la tortuga; según la cual el veloz Aquiles no puede alcanzar a la lentísima tortuga, porque un instante siempre supone otro anterior, y éste, otro, y este último otro, en una infinita sucesión que, en definitiva, decía, se parece a la eternidad. Borges tenía presente una frase de Bernard Shaw, “God is in the making” (Dios está en el hacerse) Dios está haciéndose, y ese hacerse del tiempo, que sería a la vez el hacerse de Dios, sería lo que se llama el proceso cósmico o la historia universal. Lo que implicaría que todos somos tiempo y parte del proceso cósmico.
También hay una concepción borgeana de la ética. La ética fue la preocupación primordial de Borges a lo largo de su vida. No se llega a comprender a Borges si no se tiene presente lo que he llamado “su pasión ética”, que vivió paralelamente a su pasión literaria. En nuestro diálogo “La ética y la cultura”, dijo: “La ética, como dijo Stevenson, es un instinto. Es decir, no es necesario definir la ética; la ética no son los diez mandamientos, la ética es algo que sentimos cada vez que obramos”. Cada uno de nosotros, al actuar, sabe si lo está haciendo en el bien o en el mal; criterio que lo asemeja al conocido imperativo categórico de Kant.
Sostuvo que el escritor debe creer -aunque se trate de un texto proveniente de su imaginación- en su relato, y debe “escribirlo con sinceridad”. Mantuvo siempre la duda en cuanto a los recursos que el escritor o el artista utiliza para embellecer o articular la obra de arte, en cuanto a si esos recursos concuerdan o no con la ética; la duda sobre si el “artificio”, que remite a la idea de lo artificial -herramienta propia del arte-, es lícito en términos éticos. Eso muestra hasta dónde llegaba su inquietud moral. Incluso llegó a conjeturar si es posible soñar con probidad.
Recordemos que a la segunda parte de su libro Ficciones la llamó “Artificios”. Cuando en nuestro diálogo le dije que la fe y la falta de fe podrían ser dos formas de aproximarse a la verdad, afirmó: “Sí, y yo he sido fundamentalmente un hombre de fe”. Pero especificó: “He sido un hombre de fe en la ética y de fe en la imaginación. Sobre todo de fe en la imaginación de los que me enseñaron a imaginar”. Se refería, claro, a todos los escritores y poetas que veneró a lo largo de su vida: “Los que me enseñaron a imaginar”, su fe en la ética y en la imaginación: el Borges esencial está en estas palabras.
En nuestro diálogo sobre el amor, afirmó que uno está enamorado cuando descubre que la otra persona es única. Dijo que cuando uno ve en la otra persona lo que nadie vio, lo que solo uno vio, es que uno se ha enamorado. Se trata, el amor, de un descubrimiento y de una revelación. “He pensado alguna vez que quizá una persona que esté enamorada vea a la otra tal como Dios la ve. Es decir, la ve del mejor modo posible”. Y en este sentido, comentó: “Yo creo que he estado enamorado siempre a lo largo de mi vida, desde que tengo memoria, siempre”. Se trató de diversas mujeres a lo largo del tiempo, dijo, pero que cada una de ellas fue única para él. Le señalé que el amor por la mujer es uno de los motivos centrales en su obra, y mencioné su famoso cuento “El Aleph”. Borges reconoció que había estado enamorado de Beatriz Viterbo, nombre que le dio al personaje del cuento. “Eso me sirvió para el cuento, ya que yo estaba sintiendo esa emoción y ella (puntos suspensivos) nunca me hizo caso”. Y concluyó: “Parece que si uno cuenta algo increíble, en este caso el Aleph, tiene que haber un estado de emoción previa”.
Luego tenemos su concepción de la épica. En nuestro diálogo “El sabor de lo épico”, Borges declara que a él lo mueve más lo épico que lo lírico o que lo elegíaco. Solía recordar que la literatura, la poesía en particular, comenzó inspirándose en la épica.
Hablaba del “inconfundible sabor de lo épico”. Y curiosamente, a manera de reproche al olvido de la épica en la actualidad, dice en nuestro diálogo sobre el cine: “Creo que Hollywood salvó la épica en un tiempo en que los poetas habían olvidado que la poesía empezó por la épica, y eso se salvó en los westerns”.
“Los westerns o la épica en el cine” se llamó nuestro diálogo en el que Borges rescata la figura del cowboy frente a la ausencia de otras figuras épicas. Hay tres relatos de tema criollo, “El Sur”, “El fin” y “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” en los que podemos apreciar su familiaridad con la épica. En estos dos últimos cuentos, inspirados por su lectura del Martín Fierro, Borges describe duelos a cuchillo que se desarrollan durante la noche y al amanecer. “Amanecía en la desaforada llanura”, escribió, y ese amanecer anticipa el desenlace último del duelo: “Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente, y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro”. La fuerza, el sabor épico, se expresa en la situación insólita que describe: el jefe de la partida policial se pone del lado de aquel a quien iba a apresar, en contra de los que estaban a su mando. Parece inconcebible. Y esto proviene, no obstante, de la lectura que Borges hizo de esa parte del libro de Hernández que identifica con lo desaforado. Lo desaforado del paisaje sin límites, y la desaforada acción de los dos hombres, Fierro y Cruz, tan desenfrenada o sin límites como la llanura.
Borges sostenía que la amistad es una hermosa pasión, la principal de los argentinos. Recordaba, dentro de las amistades “literarias” argentinas, la amistad de Martín Fierro con Cruz. Dijo incluso que el tema esencial del Martin Fierro era el de esa amistad. También recordaba la amistad de Don Segundo Ramírez Sombra con Fabio, en el Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Asoció esa amistad con la de de Kim y el Lama, ya que en la novela de Kipling se da la amistad del hombre muy joven con el hombre mayor, como ocurre en la novela de Guiraldes. Y con Huckleberry Finn y Jim, los amigos de la novela de Mark Twain.
Vio en el Fausto de Estanislao del Campo “un alegre sentimiento de la amistad”, y dijo que la amistad entre los dos aparceros, Anastasio y Laguna, era el verdadero tema del libro. Afirmó una vez en Los Estados Unidos que sentía a Alonso Quijano, el lector alucinado de La Mancha antes de convertirse en Don Quijote, como a su mejor amigo. Una especie de confraternidad de lectores entre el gran personaje de Cervantes y el lector Borges. Pero también está su amistad en espíritu con otros escritores. Borges no pensaba solo: “A veces pienso con Chesterton, a veces pienso con Bernard Shaw, a veces pienso con Schopenhauer”, decía.
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