El motivo del fracaso del español José Mari Bakero cuando dirigió al Juan Aurich: “No se dio cuenta dónde estaba”

José Mari Bakero aterrizó en Chiclayo en enero de 2013 con el aval de haber sido figura del FC Barcelona y con la misión de modernizar al Juan Aurich. Edwin Oviedo, entonces presidente del club norteño, lo presentó como el hombre que instalaría un fútbol competitivo en el “Ciclón del Norte”.
Lo que nadie anticipó —quizás ni el propio Bakero— fue que la distancia entre la Champions League y el Torneo Clausura peruano no se mide solo en kilómetros.
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El técnico español aplicó en Chiclayo los mismos criterios de gestión de plantel que había visto y vivido en Europa. Eso implicaba, entre otras cosas, otorgar tres días de descanso tras cada partido. Una práctica habitual en las grandes ligas del Viejo Continente, donde los futbolistas administran su tiempo libre con una disciplina forjada en academias de alto rendimiento. En Perú, la ecuación no funcionó igual.
Óscar Vílchez, uno de los jugadores que estuvo bajo sus órdenes durante esa temporada, lo recordó con una mezcla de afecto y humor en el podcast Pitucos Marrones. “Con José Mari Bakero aprendí muchísimo”, arrancó el exfutbolista antes de detallar el desmoronamiento progresivo de la experiencia. Según Vílchez, el entrenador no tardó en quedar desbordado por un plantel que no respondía a los parámetros que él conocía.
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“Él tenía mentalidad europea y junta a unos galifardos, hermano”, graficó Vílchez, quien enumeró a varios de sus compañeros —Jair Céspedes, la ‘Sombra’ Ramos, el ‘Loco’ Delgado, Atoche, Khan, Velarde— como parte de un grupo que distaba bastante del perfil de los futbolistas con quienes Bakero estaba acostumbrado a trabajar.

El episodio que mejor ilustra el abismo cultural que separaba al técnico de su plantel ocurrió, según Vílchez, en el hotel del equipo tras los partidos. Bakero, fiel a su concepción de cercanía y confianza con los jugadores, colocaba una caja de cervezas sobre la mesa como gesto de camaradería. En su cabeza, la lógica era simple: los futbolistas tomarían con moderación y se retirarían a descansar, tal como —según le contó al propio Vílchez— hacían Andrés Iniesta o Sergio Busquets cuando él los invitaba a compartir una copa de vino en Barcelona.
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“Yo salgo a tomar un vino con Iniesta, yo salgo a tomar un vino con Busquets y se van a su casa y no pasa nada”, le confesó Bakero a Vílchez en una de las charlas que ambos mantenían con frecuencia. La respuesta del jugador peruano fue lapidaria: “Profe, eso no va a pasar acá”.
Y no pasó. Lo que Bakero interpretaba como un gesto de proximidad y honestidad con su grupo terminó siendo, según Vílchez, el detonante de situaciones que el entrenador no supo —o no pudo— controlar. “Él la estaba empezando”, resumió el exfutbolista entre risas, usando una expresión coloquial que en el Perú describe el inicio involuntario de una fiesta o descontrol.
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El deterioro fue paulatino pero inevitable. Vílchez relató que en las últimas dos semanas antes de su destitución, Bakero ya no dirigía los entrenamientos. El técnico estaba, en sus propias palabras según el jugador, saturado. “No entendía”, repitió Vílchez, subrayando la perplejidad del español ante un contexto que escapaba por completo a sus marcos de referencia. “Creo que usted no se ha dado cuenta dónde está. Acá no va a suceder eso”, le llegó a decir.
La directiva del Juan Aurich tomó la decisión en septiembre de 2013, cuando los resultados se habían vuelto insostenibles y el equipo ocupaba los últimos puestos de la tabla. El contrato se rescindió de manera anticipada con el pago de una penalidad equivalente a un mes de salario. Daniel Valderrama asumió de forma interina y luego llegó Roberto Mosquera para hacerse cargo del plantel.
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Al abandonar el país, Bakero no se guardó sus conclusiones. En declaraciones que tuvieron amplia repercusión en los medios peruanos, el exvolante catalán disparó sin filtros contra las estructuras del fútbol local: “El fútbol peruano es un fútbol de supervivencia... Al jugador peruano hay que enseñarle a ser profesional”. Fue más allá y advirtió que si el torneo local mantenía ese modelo de informalidad y contratos cortos, el destino del fútbol en el país iría directo al “desastre”.
En total, Bakero dirigió 31 partidos oficiales en la liga local, además de los compromisos de la Copa Sudamericana 2013. Números que, a la luz del relato de Vílchez, cuentan solo una parte de la historia. La otra parte —la de las cajas de cerveza, los días libres y las conversaciones sobre Iniesta— quedó guardada durante años hasta que un podcast la sacó a la luz.
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