Susi Sánchez, actriz: "¿Por qué no puede una mujer de pueblo medir 1,76 y ser delgada como yo? Las hay, yo las he visto"

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Susi Sánchez conversa con nosotros en el Festival de San Sebastián coincidiendo con la presentación de ‘El mal hijo’, la película de Jaime Lorente que inaugura la sección Nuevos Directores. Ganadora de dos premios Goya por ‘La enfermedad del domingo’ y ‘Cinco lobitos’, la actriz interpreta en esta adaptación parcial de la novela de Salvador S. Molina a Pascuala, una abuela que acoge en su casa a Rubén, su nieto de once años, tras la desaparición de su padre. En un entorno rural marcado por la adicción y las heridas heredadas, ambos construyen una relación de cuidado mutuo que podría romper el ciclo de violencia familiar.

Qué personaje tan bonito, Pascuala, y qué bonito también que después de una carrera tan dilatada sigas teniendo esta sensación de reto ante un personaje, ¿no? ¿Qué te llevó a decirle que sí a Jaime?
Pues mira, lo primero que me atrajo fue una mujer murciana, de la huerta de Murcia, porque prácticamente toda mi familia, mi madre y mis hermanos, son murcianos. Era como un homenaje a mis raíces, una forma de decir: “Mira, aquí puedo tener la ocasión de brindar por ellos”. Pero después me fui dando cuenta de que era una mujer que, como decía en una entrevista, representa la bondad. Para mí, el reto de Pascuala era que tenía una capacidad de amor incondicional que a mí me venía dando vueltas desde hacía mucho tiempo. Yo no me siento capaz de eso. No soy una persona que crea en el amor incondicional, o que creyera en él, y este personaje sí es así.
El amor incondicional lo sienten algunas madres por algunos hijos, no siempre, y por los perros, que eso sí que parece ser algo general, ¿no? Entonces, el reto para mí era ver cómo había llegado esa mujer a ser así, cómo había llegado a dar todo lo que tenía. Parecía que había nacido para ayudar, que su presencia en este mundo era solo para eso. Y eso me llamaba mucho la atención, porque necesitaba, como persona, acercarme a esa visión de la vida. Como actriz también era un reto, porque el personaje está contado en dos etapas y hay una caracterización fuerte de una a otra. Es una elipsis.
En los últimos tiempos, lo que más me atrae son este tipo de retos: personajes que, en apariencia, no me pegan nada o no son los típicos que me han ido dando durante muchos años. Empezar a hacer personajes en los que, aunque el físico no me acompañe mucho en muchas ocasiones, ese sea precisamente el reto. ¿Por qué no puede una mujer de pueblo medir 1,76 y ser delgada como yo? Las hay, yo las he visto. No son imposibles. Darle carne y verdad a esa Pascuala, a esa mujer, era lo que más me entusiasmaba. Los retos me entusiasman. No es un reto que me haga pensar: “Ay, qué peligro”, sino que directamente voy a ver qué pasa con esto.

También ha sido precioso ver cómo te has entregado físicamente a este personaje. Hay una secuencia de desnudo que resulta muy valiente. ¿Cómo viviste ese momento?
A ver, se trata de contar personajes, no de salir guapa o de salir de una forma u otra. Se trata de contar la historia y los momentos, a veces duros y difíciles, de los personajes.
El desnudo está sobrevalorado, te digo. Desde mi punto de vista, entiendo que a lo mejor hay muchas actrices que, por pudor o porque no se sienten suficientemente agraciadas físicamente, tienen reparos. A mí eso me da un poco igual, la verdad. Sentía que esa secuencia era importante y que había que contarla como se contaba. Tampoco está planteada como una exhibición. Es un desnudo necesario para contar algo muy importante relacionado con los cuidados. Para mí fue una secuencia más.
Siempre hubo muchísimo respeto por parte del equipo técnico, no solo en esa secuencia, sino en toda la película. No siento vergüenza ni nada parecido. De hecho, improvisaba y jugaba con mi nieto, Hugo Arbués. Mientras me estaba lavando, jugaba con él y le hacía gestos con el agua. Había cosas que improvisábamos y eso es lo bonito de trabajar un personaje: poder entregarte a él con toda la libertad y darle todo el permiso que se merece. Eso es lo bonito.

¿Crees que el amor puede salvarlo todo?
Pues mira, ayer hablábamos justo de esto en el encuentro con el público después de la proyección. Yo creo que es lo único que puede salvar el mundo, lo único.
En los momentos que estamos viviendo ahora mismo no se sabe hacia dónde va el mundo, y muchas cosas suceden por la ausencia de amor y de empatía, por la falta de capacidad para ver al otro y sus necesidades. Entonces, el amor es lo único que puede cambiar esto.
¿Qué destacarías de Jaime como director?
Jaime ha sido una sorpresa maravillosa para mí. Creo que es un hombre con muchísimo talento y sensibilidad. Es un poeta.
Me escribió una noche un texto maravilloso que aparece en la película, leído por el niño, sobre la despedida de la mujer a la que voy a acompañar a morir. Es emocionante, maravilloso, de una gran precisión y con una espiritualidad y un contacto con la vida y la muerte increíbles.
Y como director es un compañero. Es un hombre al que le gusta hacer equipo y que valora muchísimo el trabajo de los actores. Los cuida mucho, porque él también es actor y sabe lo importante que es. La verdad es que ha sido un regalo muy grande, una sorpresa y un regalo enorme para mí.

Jaime decía que esta película es también una oda a la mujer, porque las mujeres han salvado su vida. ¿Cómo se refleja esa idea en Pascuala?
Sí. De alguna manera, parece que en esta película Pascuala es un eslabón que se rompe a favor del amor, que decide no continuar la cadena de violencia.
En general, esa violencia se expresa a través de los hombres ante la dificultad de expresar otras cosas relacionadas con lo emocional y con su propia sensibilidad. Ante esa sensación de castración que la educación ha generado en los hombres a lo largo de la historia, utilizan la violencia como respuesta a la imposibilidad de expresarse.
En este caso hay una ruptura a través del contacto con la abuela. Nace un hombre nuevo, por decirlo de alguna forma, una nueva generación de hombres en la que la violencia ya no tiene cabida.
¿Estamos ahí ahora? ¿Estamos ante una nueva generación de hombres en la que la violencia ya no tiene cabida?
No. Ya quisiera yo, ya quisiera. De hecho, creo que vamos un poquito para atrás, porque tenemos a los hombres un poco asustados con el feminismo. Creen que vamos en contra de ellos y todo eso. Es una pena, porque lo único que queremos es estar codo con codo con ellos, que no nos dejen de lado. Queremos estar con ellos, no atacarles ni nada de eso.
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