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Friday, September 18, 2026

No han creado un agujero negro: agitan átomos para atrapar su caos cuántico en el laboratorio

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Estos átomos no se convierten en un agujero negro. Ni se abre un horizonte de sucesos en el laboratorio ni brota radiación de Hawking entre las partículas ultrafrías. La confusión, sin embargo, tiene raíces científicas legítimas, porque el modelo que estos investigadores imitan comparte parentesco matemático con ciertas descripciones simplificadas de la gravedad.

Lo que un equipo europeo propone es algo más sutil y, en cierto modo, más interesante: agitar una red de átomos con un ritmo preciso para que su comportamiento colectivo reproduzca las firmas estadísticas del caos cuántico extremo. Un banco de pruebas, no un portal.

Qué han hecho realmente: sacudir la red con método

El punto de partida es un sistema muy conocido en la física de átomos ultrafríos, el modelo de Bose–Hubbard. Imagine una rejilla de trampas de luz, una red óptica, donde los átomos pueden saltar de un pocito a otro vecino y donde, además, dos átomos que coinciden en el mismo sitio se estorban mutuamente. Esa es toda la física básica: saltos entre vecinos e interacciones locales.

La novedad consiste en modular ese salto de forma periódica en el tiempo, una técnica llamada ingeniería de Floquet. Dicho de otro modo, se sacude la arquitectura microscópica del sistema siguiendo un patrón rítmico, de manera que, al observarlo en intervalos sincronizados con esa sacudida, emergen reglas de interacción distintas de las originales.

El estudio, publicado el 21 de julio de 2026 en Physical Review Letters (volumen 137, artículo 046302), lo firman Charles Creffield, Fernando Sols, Marco Schirò y Nathan Goldman, investigadores vinculados a la Universidad Complutense de Madrid, el CNRS, el Collège de France, los International Solvay Institutes y la Université Libre de Bruxelles. Conviene notar que la técnica de las redes ópticas sacudidas no es nueva en sí misma; lo llamativo es el destino al que se dirige aquí, un régimen de física de muchos cuerpos que hasta ahora resultaba difícil de alcanzar con montajes convencionales.

Red óptica de átomos ultrafríos vista en perspectiva, nodos luminosos y pequeños átomos como puntos, vibración rítmica abstra

El truco fino: no basta con agitar de cualquier manera

Aquí conviene detenerse, porque la innovación no es simplemente "mover la red". El equipo modula el salto con una función que en física se escribe como J(t)=J₀ cos(ωt), es decir, una oscilación cuyo promedio temporal es cero y cuya frecuencia ω es mucho mayor que la escala de interacción local U.

Esas dos condiciones son el verdadero catalizador. Al cancelar en promedio el salto ordinario y llevar la frecuencia a un régimen elevado, el movimiento convencional de una sola partícula queda suprimido en el Hamiltoniano efectivo. En su lugar aparecen procesos de orden superior, los llamados términos cuárticos, que conectan varios sitios a la vez. En otras palabras, la conducción periódica actúa como un interruptor que apaga la dinámica dominante y enciende otra que estaba latente.

El parámetro que gobierna la intensidad de esta sacudida se resume en un número adimensional, κ=J₀/ω, con valores representativos estudiados de 0,6; 0,7; 0,8 y 0,9. En varias simulaciones se emplea, por ejemplo, una frecuencia ω=20 en unidades donde U=1. Elegir bien esos valores no es un capricho técnico: si la modulación es demasiado suave o su frecuencia insuficiente, el salto ordinario reaparece y el sistema vuelve a comportarse como un Bose–Hubbard corriente, sin las interacciones efectivas que buscan los autores. Es, en cierto sentido, un equilibrio fino entre agitar lo bastante para transformar el sistema y no tanto como para descontrolarlo.

El modelo SYK, o cómo pasar de una fila a una asamblea

¿Y qué se busca reproducir con todo esto? El objetivo es el modelo Sachdev–Ye–Kitaev, conocido por sus siglas SYK, un sistema teórico que fascina a la física por dos motivos: es un ejemplo casi perfecto de caos cuántico y mantiene vínculos con las descripciones holográficas de ciertos agujeros negros.

Para entenderlo sin ecuaciones, sirve una comparación. En una cadena convencional, cada partícula solo dialoga con sus vecinas inmediatas, como personas sentadas en fila que apenas se hablan con quien tienen al lado. El modelo SYK se parece más a una asamblea donde, en principio, todos interactúan con todos, y además lo hacen con acoplamientos aleatorios. Esa estructura de todos con todos genera una mezcla de información extraordinariamente rápida, hasta el punto de que el SYK se ha convertido en uno de los banderines teóricos del caos cuántico máximo.

Esa etiqueta, eso sí, hay que interpretarla con cautela. El sistema físico de partida solo conecta sitios vecinos; la conectividad extensa emerge únicamente en la descripción efectiva de Floquet. No equivale a disponer de una interacción independiente y perfectamente aleatoria entre cada par de grados de libertad, sino de una aproximación bosónica que se acerca a ese comportamiento dentro de los tamaños y parámetros estudiados. Aquí reside una de las tensiones más finas del trabajo: la palabra "aproximación" en la expresión aproximación SYK no es un adorno, sino un límite real. El sistema no es idéntico al modelo ideal; solo comparte con él ciertos rasgos estadísticos y dinámicos medibles.

Cadena tipo Bose-Hubbard con sitios vecinos iluminados y un mapa de energía espectral abstracto en el aire, sin texto, luz te

Dos huellas del caos: la rampa espectral y las OTOC

Demostrar que un sistema es genuinamente caótico a nivel cuántico exige pruebas más exigentes que observar cierto desorden aparente. Los autores recurren a dos indicadores complementarios que se refuerzan mutuamente.

El primero es el factor de forma espectral, una herramienta que analiza el espectro completo de energías del sistema. Cuando hay caos cuántico, esta cantidad dibuja una silueta muy característica de caída, rampa y meseta, lo que en inglés se conoce como drop–ramp–plateau. La rampa es la parte decisiva: refleja que los niveles de energía se repelen y se reorganizan estadísticamente, algo propio de las matrices aleatorias que describen el caos. Un modelo de Bose–Hubbard ordinario puede mostrar en algunos regímenes estadísticas locales que parecen caóticas, pero no reproduce esa rampa universal. El sistema sacudido, sí. Esa diferencia es más importante de lo que parece, porque distingue el caos cuántico auténtico de una simple apariencia de desorden. Los autores refuerzan el resultado al comprobar que, tras reescalar el factor de forma espectral por la dimensión del espacio de estados, curvas de tamaños distintos colapsan sobre una misma silueta aproximadamente universal, un comportamiento coherente con el modelo SYK bosónico.

El segundo indicador son las correlaciones fuera de orden temporal, u OTOC. Sirven para seguir cómo una perturbación inicialmente localizada se propaga por el sistema. Dicho de modo sencillo, miden hasta qué punto una operación aplicada en un rincón acaba contaminando observables que estaban lejos. Es el equivalente cuántico a preguntarse con qué rapidez se difumina una gota de tinta en el agua, salvo que aquí lo que se difumina es la información. Este puente conecta directamente con la computación cuántica: entender cómo se distribuye una perturbación y cómo se pierde la información local resulta esencial para diseñar y verificar procesadores cuánticos, aunque las OTOC por sí solas no constituyan una medida universal de esa pérdida.

La letra pequeña: números modestos, límites reales

Conviene subrayar algo que los titulares suelen omitir: se trata de una propuesta teórica respaldada por simulaciones numéricas, no de un experimento realizado ni de firmas medidas en un laboratorio de átomos fríos.

Además, los tamaños analizados son deliberadamente pequeños. El factor de forma espectral se calculó mediante diagonalización exacta en sectores con simetrías controladas, y el mayor caso citado corresponde a 11 bosones en 12 sitios, con una dimensión aproximada de 29 264 estados tras restringir el espacio a un sector de momento cero y simetría de reflexión. El estudio de las OTOC fue todavía más modesto: seis bosones en una red periódica de seis sitios, con operadores de número separados por distancias de uno, dos y tres, y una comparación con un modelo bosónico SYK promediado sobre 25 realizaciones de acoplamientos aleatorios. Son sistemas diminutos frente al límite termodinámico, y la diagonalización exacta se vuelve inviable en cuanto crecen las partículas y los sitios. Por eso la coincidencia con SYK debe entenderse como evidencia finita y dependiente de la escala, no como una demostración de equivalencia universal.

Hay, además, un enemigo específico de estos montajes: el calentamiento de Floquet. Un sistema sacudido tiende, con el tiempo, a absorber energía y a escalar hacia estados de alta energía que borran la dinámica efectiva que se pretendía observar. En otras palabras, existe una ventana temporal útil, y todo el reto experimental consiste en medir las firmas del caos antes de que esa ventana se cierre.

Montaje experimental simulado: átomos en una trampa óptica con halo térmico sutil aumentando, indicadores visuales de “ventan

Qué reproduce y qué no reproduce la analogía

La pregunta que atraviesa todo el trabajo es sencilla de formular y difícil de acotar: ¿hasta dónde puede llegar una analogía de un agujero negro? La respuesta honesta exige separar dos columnas.

Del lado de lo que reproduce, o aspira a reproducir, encontramos patrones estadísticos del modelo SYK, caos cuántico genuino, mezcla acelerada de información, procesos cuárticos efectivos y señales compatibles con interacciones extensas de tipo todos con todos. Del lado de lo que no reproduce están la gravedad, la curvatura del espacio-tiempo, el horizonte de sucesos, la singularidad, la masa gravitatoria de un agujero negro, la radiación de Hawking y una geometría holográfica completa. La conexión con los agujeros negros es, por tanto, indirecta: procede de que ciertos modelos SYK admiten descripciones holográficas en las que un sistema gravitatorio tiene un representante cuántico de menor dimensión. Lo que se imita es esa cara cuántica, no la geometría relativista.

La relación con los modelos de Hubbard y con la superconductividad merece la misma cautela. Los modelos de Hubbard son la herramienta estándar para estudiar sistemas de muchos cuerpos con correlaciones fuertes, incluidos mecanismos relevantes en materiales superconductores. Este trabajo transforma dinámicamente la arquitectura de interacciones de un modelo bosónico, pero no demuestra superconductividad ni propone un material concreto. Es contexto, no resultado.

Nos queda una lección llamativa: en física cuántica, imitar con precisión una arquitectura matemática puede ser científicamente valioso incluso cuando el fenómeno original, un agujero negro, permanece muy lejos de cualquier laboratorio. El siguiente paso, implementar el protocolo con átomos fríos y medir esas firmas, dirá cuánto de la analogía sobrevive al tamaño, al ruido y al calentamiento de un experimento real. Y ahí, más que en cualquier titular sobre portales, se juega su verdadero interés.

Referencias

Creffield, Charles; Sols, Fernando; Schirò, Marco; Goldman, Nathan. «Sachdev-Ye-Kitaev Physics from the Hubbard Model: A Floquet-Engineering Approach». Physical Review Letters, vol. 137, 046302, 21 de julio de 2026. DOI: 10.1103/r8zs-qvj3.

Creffield, Charles; Sols, Fernando; Schirò, Marco; Goldman, Nathan. «Reaching Sachdev-Ye-Kitaev Physics by Shaking the Hubbard Model». arXiv:2512.02755, 2025.

Sachdev, Subir; Ye, Jinwook. «Gapless Spin-Fluid Ground State in a Random, Quantum Heisenberg Magnet». Physical Review Letters, vol. 70, n.º 21, 1993, pp. 3339–3342. DOI: 10.1103/PhysRevLett.70.3339.

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