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Friday, October 30, 2026

La FAO frente a los desafíos de un mundo en transformación

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Es evidente que el papel de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se ha complejizado dramáticamente durante las últimas décadas. Ya no podemos concebirla como una institución dedicada exclusivamente a promover el aumento de la producción de alimentos y combatir el hambre. Su misión ha adquirido una dimensión mucho más amplia, en un mundo atravesado por profundas transformaciones económicas, tecnológicas, ambientales y geopolíticas.

Hoy, la FAO debe contribuir a transformar los sistemas agroalimentarios en toda su complejidad. Esto implica fortalecer las cadenas agroalimentarias y agroindustriales de valor, garantizar la seguridad alimentaria, facilitar el acceso a dietas saludables y mejorar las condiciones de vida de las poblaciones rurales. Al mismo tiempo, debe enfrentar desafíos igualmente apremiantes relacionados con la gestión inteligente del ambiente y de los recursos naturales, sometidos a presiones crecientes.

El problema es de gran magnitud. Según estimaciones de la propia FAO, alrededor de 645 millones de personas padecen hambre y unos 2.700 millones carecen de recursos económicos suficientes para acceder a una dieta saludable. Estas cifras reflejan una contradicción inquietante: mientras la humanidad dispone de capacidades científicas y tecnológicas sin precedentes, una parte considerable de la población mundial continúa privada de un derecho tan elemental como alimentarse adecuadamente.

A ello se agrega un escenario internacional caracterizado por la incertidumbre geopolítica, las guerras, los conflictos internos, las tensiones entre civilizaciones, las amenazas sanitarias y la irrupción de tecnologías cuyo desarrollo plantea interrogantes sobre nuestra capacidad para controlarlas.

Pero el desafío no consiste solamente en producir más alimentos, de mejor calidad nutricional y económicamente accesibles. Debemos producirlos también con menores emisiones de gases de efecto invernadero, menos contaminación y una presión reducida sobre los ecosistemas, los hábitats naturales y la biodiversidad.

En términos prácticos, necesitamos avanzar hacia modelos productivos de eficiencia creciente, adaptados a las particularidades de cada país. Sistemas capaces de utilizar menos agua, menos energía fósil y menos tierra por unidad de producto, sin comprometer la productividad ni la capacidad de abastecimiento. No existen recetas universales: las soluciones deben reconocer la diversidad de condiciones ambientales, económicas y sociales de las distintas regiones.

Una parte de estos desafíos podrá abordarse mediante una visión geoestratégica inteligente, acuerdos internacionales y negociaciones políticas eficaces. Pero otra parte decisiva dependerá de nuestra capacidad para movilizar conocimiento científico, tecnología e innovación.

La digitalización, la inteligencia artificial, la ciencia de datos, la tecnología satelital, la robótica, los sensores, los modelos predictivos, la edición génica y la biotecnología ya están modificando las posibilidades de la agricultura. Estas herramientas ofrecen oportunidades extraordinarias para aumentar la productividad, anticipar riesgos, optimizar recursos y mejorar la capacidad de adaptación de los sistemas productivos.

La FAO debe convertirse en una institución capaz de acercar esas oportunidades a quienes verdaderamente las necesitan: los agricultores, especialmente aquellos que enfrentan mayores dificultades para acceder al conocimiento, al financiamiento y a las tecnologías.

La sucesión en la Dirección General que sucederá en 2027 constituye, por lo tanto, una oportunidad para reflexionar sobre el liderazgo que necesita la organización. No se trata simplemente de administrar una estructura multilateral de gran tamaño. Se trata de conducir una institución que debe responder con eficacia a problemas concretos, urgentes y crecientemente interconectados.

Considero que quienes ya han enfrentado desafíos semejantes mediante acciones ejecutivas concretas poseen ventajas que merecen ser especialmente valoradas.

La FAO necesita un constructor de consensos, un estratega de las alianzas internacionales y, fundamentalmente, un dirigente capaz de transformar diagnósticos en resultados. Alguien que pueda movilizar gobiernos, organismos financieros, universidades, organizaciones no gubernamentales, empresas, productores y sociedad civil alrededor de objetivos compartidos.

Entiendo que buena parte de esos atributos se encuentran sintetizados en el conocimiento y la experiencia de un argentino, el doctor Manuel Otero.

Entre 2018 y 2026, Otero condujo el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), un organismo multilateral integrado por 34 países, cuya gestión constituye una experiencia relevante para pensar el futuro de la cooperación agrícola internacional.

En 2025, el IICA gestionó 358 proyectos junto con 500 socios estratégicos, movilizando alrededor de 600 especialistas y consultores. Sus acciones y las de sus equipos alcanzaron a más de diez millones de productores y actores rurales.

Más allá de las cifras, lo verdaderamente significativo fue una concepción institucional que colocó la búsqueda de soluciones prácticas en el centro de la cooperación internacional, promoviendo alianzas entre el conocimiento científico, los gobiernos, el sector privado y los agricultores.

Esa experiencia resulta particularmente valiosa en momentos en que los organismos multilaterales necesitan demostrar su utilidad. La legitimidad institucional no puede descansar exclusivamente en declaraciones, diagnósticos o grandes compromisos. Debe construirse también mediante respuestas verificables a las necesidades de los países y sus poblaciones.

La próxima conducción de la FAO tendrá que combinar visión global con capacidad de ejecución, diplomacia con conocimiento científico y ambición transformadora con pragmatismo. Necesitará comprender que la seguridad alimentaria, la productividad agrícola y la protección ambiental no son objetivos necesariamente contrapuestos, sino dimensiones de un mismo desafío que exige inteligencia, innovación y cooperación.

Si tuviera que resumir el legado de Manuel Otero al frente del IICA, y la razón por la cual considero que su experiencia merece ser tenida en cuenta para conducir la FAO, recurriría a cinco palabras que expresan una filosofía de gestión: resolución de problemas concretos y apremiantes.

Quizás sea precisamente esa la capacidad que más necesita hoy la principal organización mundial dedicada a la alimentación y la agricultura.

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