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Sunday, October 4, 2026

Lectores. Salud mental: “Pedir ayuda cuando uno está en crisis”

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Estoy escribiendo esto porque estoy cansado y porque hay momentos en los que uno ya no sabe qué hacer, entonces escribe, podría decir que es mi forma “amable” de insultar o hacer catarsis. No porque crea que escribir vaya a solucionar algo, sino porque al menos permite decir en, “voz alta”, aquello que, de tanto guardárselo, termina siendo pesado.

Últimamente escucho hablar mucho de salud mental. Nos dicen que tenemos que hablar, que tenemos que pedir ayuda, que nadie debería atravesar una crisis en soledad. Uno escucha todo eso y piensa que, al fin, estamos empezando a entender algo que durante mucho tiempo se escondió. Pero después llega el momento en que necesitamos ayuda… Y ahí aparece otra realidad, y esa realidad es bastante fea. Primero hay que conseguir un turno, después encontrar un psicólogo. Conseguir psiquiatra. Comprar la medicación. Averiguar qué cubre la obra social. Pedir una autorización, presentar certificados. Hacer otro trámite porque el primero no alcanzo. Llamar a un número donde muchas veces nadie atiende, y cuando alguien atiende puede ocurrir que te diga que eso corresponde a otra oficina. Y, cuando llamas a la otra oficina… el mito del eterno retorno, empieza de nuevo.

Todo esto puede parecer simplemente molesto cuando uno está sano, es más, fue y es motivo de innumerables monólogos humorísticos. Pero cuando en tu casa hay una persona que está atravesando una depresión, una crisis de angustia o cualquier otra situación de salud mental, deja de ser una molestia, y se convierte en otra carga. Y una carga bastante pesada, porque la persona que está enferma muchas veces no tiene fuerzas ni siquiera para levantarse de la cama. Y alguien de la familia tiene que hacerlo. Y ese alguien también se cansa, tiene miedo, duerme mal y se angustia. Pero parece que eso no importa demasiado porque, en los papeles, el enfermo es uno solo y “el gestor administrativo” debe trabajar como cualquier hijo de vecino mientras intenta cumplir con cuanta “cuota” burocrática administrativa aparezca.

Y en ese contexto es puntualmente donde nos damos cuenta que en materia de salud está todo podrido. Porque una enfermedad mental no afecta solamente a quien tiene el diagnóstico, atraviesa una casa entera. Modifica rutinas, relaciones, trabajo, dinero, horarios, proyectos, etc. Hay familias que terminan organizando toda su vida alrededor de esa persona que necesita ayuda. Y yo, mísero mortal que apenas aprendió a mal leer y a escribir peor, no termino de entender. ¿Cómo puede ser que se hable tanto de prevención y que, al mismo tiempo, acceder a la atención siga siendo tan complicado? ¿Cómo puede ser que se diga que hay que pedir ayuda y después, cuando alguien la pide, se encuentre con una cantidad de obstáculos que muchas veces hacen que esa ayuda llegue tarde? Y están las obras sociales, eso merece una discusión aparte. Porque todos los santos meses te descuentan, y si una persona tiene dos trabajos, debe aportar en las dos. Para eso el sistema funciona muy bien: el descuento llega, no se pierde, no necesita autorización. Pero cuando llega el momento de necesitar aquello por lo que se aportó, empieza el problema. Pedir un profesional de la salud, un psicólogo, psiquiatra. De solicitar medicamentos, un tratamiento, una internación, el seguimiento, de cosas que deberían formar parte de cualquier sistema de salud que pretenda llamarse así.

Y después está el trabajo, que es otro problema, porque enfermarse también puede convertirse en una situación de exposición y vergüenza. Hay que pedir una licencia y presentar certificados, ir a un médico, explicar qué sucede, a los amigos y compañeros de trabajo. Uno termina contando cosas que quizás no quiere contar simplemente porque parece que tiene que justificar que está enfermo. Cuando la enfermedad está en la cabeza, hay que explicar demasiado.

No estoy escribiendo esto para atacar a los médicos, el problema es un sistema que parece estar preparado para atender enfermedades cuando todo está relativamente ordenado, pero que se vuelve tremendamente difícil de atravesar cuando una persona está en crisis. Hay que dejar de hablar de salud mental como una frase linda y empezar a hablar de ella como lo que es: salud. Eso es lo que hace falta y no discursos. Hace falta que cuando alguien pida ayuda, la encuentre. No podemos seguir esperando a que ocurra una tragedia para empezar a preguntarnos qué falló. Ningún expediente es más importante que una persona. Ninguna autorización puede valer más que una vida. Y ningún sistema que obligue a alguien que está sufriendo a demostrar que merece ser ayudado puede llamarse humano.

Héctor Brikman / hectorismaelbrikman@gmail.com

EL COMENTARIO DEL EDITOR

Por César Dossi

Hacerle perder la rudeza a la burocracia

La carta de Héctor Brikman pone en palabras una de las contradicciones más dolorosas. Para muchas familias pedir ayuda sigue siendo una carrera de obstáculos. Expresamos el sufrimiento, no lo escondemos, buscamos ese acompañamiento. Pero cuando la crisis golpea la puerta de una casa, aparecen los trámites, las autorizaciones, las demoras y la burocracia. Es entonces cuando la distancia entre las palabras y los hechos se vuelve insalubre.

El lector no habla del paciente, del que está sufriendo, pero pone en evidencia algo que pocas veces se ve: el padecimiento de quienes lo acompañan. Detrás de cada persona con depresión, ansiedad o cualquier otro trastorno de salud mental suele haber una madre, un padre, una pareja, un hijo o un hermano sosteniendo una carga emocional enorme. Ellos tiene que conseguir los turnos, reclaman coberturas, gestionan internaciones y tratan de mantener en pie una vida cotidiana que también se tambalea. Son los que tienen la plomiza misión de hacerle perder la rudeza a la burocracia.

Ese desgaste rara vez aparece en las estadísticas, pero forma parte de la enfermedad. La carta señala otro prejuicio: el dolor es psíquico. Entonces aparecen la sospecha, la incomprensión y, muchas veces, la vergüenza. Por eso el reclamo del lector, porque la atención en salud mental no debería depender de la fortaleza de quienes atraviesan una crisis. Cuando una persona o una familia pide ayuda, el sistema no debería multiplicar barreras. Porque detrás de cada formulario hay una historia humana. Y porque, como dice Brikman, “ninguna autorización puede valer más que una vida”.

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