Cita del día, de Muhammad Ali: “La pelea se gana o se pierde lejos de los espectadores, detrás de las líneas, en el gimnasio y ahí afuera, en la carretera; mucho antes de que baile bajo esas luces”

Para Muhammad Ali, uno de los mejores boxeadores de la historia, el combate sobre el ring solo era el momento final de un desafío. “La pelea se gana o se pierde lejos de los espectadores, detrás de las líneas, en el gimnasio y ahí afuera, en la carretera; mucho antes de que baile bajo esas luces”, dijo una vez. Es que, para el deportista, la verdadera pelea ocurría durante las horas de entrenamiento, los kilómetros recorridos, la preparación física y mental y la disciplina necesaria para presentarse ante el público.
Los espectadores solo ven unos pocos minutos de todo lo que ella representa, no ven los duros entrenamientos de los atletas, sus dudas, las palabras de sus entrenadores ni todos los hechos que preceden al encuentro en el cuadrilátero. Detrás del evento deportivo se esconden meses de entrenamiento y preparativos que el público desconoce. Ali transforma esa realidad en una metáfora aplicable a otros ámbitos.
Por ejemplo, un examen se decide antes de entrar al aula. Una actuación depende de los ensayos que nadie observa, incluso una carrera profesional puede estar determinada por años de aprendizaje. El éxito, desde esta perspectiva, es la parte visible de un trabajo mucho más extenso y muchas veces invisible.
La reflexión también invita a pensar sobre la diferencia entre trabajar para ser visto y para estar preparado. En las sombras del gimnasio, desaparece buena parte de la recompensa inmediata porque no hay aplausos ni reconocimiento. Solo la decisión de continuar.

Escritas en su autobiografía, My Own Story (1975), estas palabras se han convertido en un GPS sobre la disciplina y la preparación necesarias para alcanzar el éxito.
Quién fue Muhammad Ali
Nacido como Cassius Marcellus Clay Jr. en Louisville, Kentucky, en 1942, el joven se convertiría con los años en uno de los boxeadores más destacados y, para muchos, en el mejor de la historia.
Ali comenzó a boxear a los 12 años y rápidamente destacó por su velocidad y carisma. En 1960 ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma, en la categoría semipesado.
En 1964 derrotó a Sonny Liston y consiguió el cinturón de campeón mundial de los pesos pesados. Poco después anunció su conversión al islam y adoptó su nuevo nombre: Muhammad Ali. Pero su transcendencia superaría su fantástica agilidad en el cuadrilátero. A los 25 años y con una carrera en pleno ascenso, Muhammad Ali se negó aquel 28 de abril de 1967 a ser reclutado para la guerra de Vietnam alegando convicciones religiosas y éticas.

El gobierno de Estados Unidos permitió entonces que, como sanción, le quitaran su licencia de boxeador y títulos, manteniéndolo inactivo durante aproximadamente tres años y medio (desde abril de 1967 hasta octubre de 1970). Una locura para un deportista de ese nivel mundial.
Pero volvería en la década del 70 ganando el título mundial en otras dos ocasiones, protagonizando combates históricos como el llamado “Rumble in the Jungle” frente a George Foreman, en 1974, en Zaire.
Foreman era el campeón mundial de los pesos pesados y estaba invicto, gracias a un estilo muy agresivo y un poder de golpeo devastador. Ali era visto como un boxeador que ya había pasado por su mejor momento. Pero aún no había dado lo máximo: enfrentó a Foreman con una estrategia arriesgada y brillante que consistía en recostarse contra las cuerdas, cubrirse y dejar que su rival agotara su fuerza golpeando sin cesar.
Ante esta táctica psicológica y física, Foreman, frustrado por no poder derribar a Ali, comenzó a perder ritmo y resistencia. En tanto, Ali mantenía la calma, controlando la distancia y esperando el momento adecuado para contraatacar. En el octavo asalto derribó al campeón y ganó por nocaut. Murió en Scottsdale, Arizona, en 2016.
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