El estudio que reescribe el Neolítico: decenas de investigaciones demuestran que no hubo una sola vía hacia la civilización
Un estudio de 2025 revisa décadas de excavaciones y concluye que el Neolítico no fue una revolución súbita, sino un mosaico de procesos regionales muy distintos entre sí.
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El término Neolítico sintetiza uno de los saltos culturales más profundos que ha experimentado nuestra especie. Bajo esa etiqueta, se agrupan fenómenos y prácticas como la construcción de templos monumentales, aldeas fortificadas y las primeras cosechas de trigo. ¿Describe realmente un fenómeno único o hemos comprimido demasiadas historias distintas bajo una sola etiqueta?
Un extenso artículo, publicado en 2025 en la revista Journal of World Prehistory y firmado por la arqueóloga Melinda A. Zeder, del Instituto Smithsonian, revisa esta pregunta. La estudiosa se apoya en décadas de excavaciones y estudios realizados en todo el planeta para desmontar la imagen del Neolítico como una revolución repentina y uniforme. Se trató, pues, de un mosaico de procesos dispares que compartieron un destino parecido, pero nunca un camino idéntico.
Los distintos ingredientes del "paquete neolítico" no aparecieron a la vez: se repartieron a lo largo de unos 4.000 años, con ritmos muy distintos. Así lo analiza un nuevo estudio.
De las piedras pulidas a la revolución de Childe: el origen de una palabra con siglo y medio de historia
A mediados del siglo XIX, el arqueólogo danés Jens Jakob Worsaae propuso dividir la Edad de Piedra en subetapas. Para ello, se basó en la tecnología lítica mayoritariamente empleada en cada una de ellas. El naturalista británico John Lubbock recogió esa idea en 1865, en su libro Prehistoric Times. Bautizó las fases como Paleolítico, caracterizada por el uso de la piedra tallada, y Neolítico, en la que predominó la piedra pulida. Lubbock, vecino y protegido de Charles Darwin, pronto asoció el Neolítico con el origen de la agricultura.

Setenta años más tarde, el prehistoriador V. Gordon Childe amplió radicalmente el concepto. En su obra Los orígenes de la civilización (Man Makes Himself), de 1936, describió el Neolítico como una auténtica revolución. Fue, según él, un episodio que transformó de golpe la tecnología, la economía y la organización social humana. Para Childe, la domesticación de plantas y animales había sido el núcleo de ese cambio. Esa domesticación permitió, por primera vez, controlar el propio suministro de alimento. A ello, sumó la vida sedentaria, el crecimiento demográfico y el nacimiento del almacenamiento de excedentes. Esa imagen de ruptura súbita es la que ha pervivido en los libros de texto.
Göbekli Tepe funcionó como un gran centro ceremonial cuando sus constructores todavía no cultivaban cereales de forma sistemática.
Un proceso de 4.000 años: las últimas excavaciones en Oriente Próximo
El propio Oriente Próximo, la región mejor documentada, desmiente la idea de una revolución instantánea. Los distintos ingredientes del "paquete neolítico" no aparecieron a la vez, sino que se repartieron a lo largo de unos 4.000 años, con ritmos muy distintos según la zona.
La vida sedentaria fue uno de los primeros elementos que surgieron. Comunidades como Ohalo II, junto al mar de Galilea, ya se instalaron de forma semipermanente hace unos 23.000 años. Mucho después, hacia el año 12.000 AP, aparecen los primeros indicios claros de banquetes rituales. Los restos de tres uros y 71 tortugas hallados en un enterramiento de la Baja Galilea así lo sugieren.
Por otro lado, antes de que existiera la agricultura tal como la entendemos, ya se levantaban santuarios descomunales. Göbekli Tepe y el yacimiento vecino de Karahan Tepe, en el sureste de Turquía, funcionaron como grandes centros ceremoniales entre 11.500 y 10.500 años AP. En ese periodo, sus constructores todavía no cultivaban cereales de forma sistemática.
Ese auge de la vida comunitaria también provocó tensiones nuevas. En Çayönü, en la actual Turquía, se erigió un edificio conocido como la Casa de los Cráneos. Hace unos 10.000 años, en esta estructura se exhibieron los restos óseos de 49 personas, dispuestos sobre una repisa. Para Zeder, hallazgos como estos reflejan un esfuerzo por mantener la cohesión de grupo.
No existió una secuencia obligatoria de pasos hacia la civilización, sino experimentos paralelos con resultados muy distintos.

China, Japón, América: seis formas distintas de llegar a la agricultura
Fuera de Oriente Próximo, el patrón se vuelve aún más diverso. En China, el cultivo de mijo se remonta a más de 11.000 años. El arroz se convirtió en el alimento básico de la población hace unos 6.000 años. Pero, a partir de entonces, China y Japón siguen rumbos opuestos. China avanza hacia una agricultura intensiva. Las comunidades Jōmon de Japón, en cambio, mantuvieron durante milenios una economía mixta. Combinaban los recursos silvestres con una agricultura incipiente, sin llegar a adoptar nunca el cultivo a gran escala.
Algo parecido ocurre en la costa noroeste de Norteamérica, donde surgieron sociedades jerarquizadas. Basaban su sustento casi por completo en la gestión de especies silvestres, no en cultivos domesticados. Esto contradice la idea comúnmente aceptada de que la complejidad social exige la práctica sistemática de la agricultura.
Mesoamérica invierte incluso el orden clásico. En Guilá Naquitz, en Oaxaca, ya se domesticaban calabazas hace unos 10.000 años. Eso ocurrió miles de años antes de que aparecieran la vida sedentaria o la estratificación social en la región. No existió, por tanto, una secuencia obligatoria de pasos que condujeran a la "civilización", sino experimentos paralelos con resultados muy distintos.
El Neolítico puede entenderse mejor como un terreno intermedio flexible que como una etapa única y universal de la historia humana.

¿Podemos seguir utilizando el término Neolítico?
Ante esta diversidad, Zeder se pregunta si aún tiene sentido reunir todos estos procesos bajo una sola etiqueta, sobre todo en regiones como América u Oceanía, donde el término nunca formó parte de la tradición arqueológica local. Su respuesta no es abandonar la palabra, sino redefinirla.
Así, propone entender el Neolítico como un terreno intermedio muy flexible. Se situaría entre los pequeños grupos móviles e igualitarios de cazadores-recolectores y las sociedades jerarquizadas que dependen de una producción de alimentos intensiva. En ese terreno intermedio conviven, sin un orden fijo, muchos elementos, entre ellos, la alternancia entre movilidad y asentamiento, la gestión de recursos, la domesticación y la agricultura, además de las redes comerciales y los mecanismos rituales de cohesión social.
Por tanto, no hubo una sola receta para convertirnos en grupos socialmente complejos y jerarquizados. Hubo comunidades que solo recorrieron parte de ese camino. Otras retrocedieron tras probarlo y algunas jamás lo necesitaron. Repensar el Neolítico en estos términos no resta importancia a esta etapa, sino que le devuelve su complejidad real y nos recuerda que la historia humana rara vez avanza en línea recta.
Referencias
- Zeder, M. A. 2025. Unpacking the Neolithic: Assessing the Relevance of the Neolithic Construct in Light of Recent Research. Journal of World Prehistory, 38(11). DOI: https://doi.org/10.1007/s10963-025-09198-0
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